Ariel murió… y despertó como un omega condenado.
Un “villano” acusado de traición y asesinato, aunque no recuerda nada.
Su destino: un matrimonio con un alfa violento… una sentencia de muerte.
Hasta que aparece Kael, un delta temido que lo protege…
como si ya lo hubiera perdido antes.
Porque en cada vida…
Kael lo ha estado buscando.
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CAPÍTULO 13 – CUANDO EL AMOR RECUERDA ANTES QUE LA MENTE
La noche cayó lenta, envolviendo el refugio en una calma casi irreal.
Ariel permanecía despierto, recostado contra el pecho de Kael, escuchando el ritmo firme de su corazón. Era un sonido profundo, constante, que parecía decirle —sin palabras— que estaba a salvo.
El cuerpo del delta era cálido.
Sólido.
Una presencia que no exigía nada… y lo ofrecía todo.
Durante años, Ariel había dormido con miedo.
Miedo a ser observado.
Miedo a ser reclamado.
Miedo a no despertar.
Ahora…
por primera vez desde que tenía memoria —desde antes incluso de esta vida— el sueño no era una huida.
Era descanso.
—No te duermes —murmuró Kael, rompiendo el silencio.
Ariel negó apenas.
—Cuando cierro los ojos… recuerdo cosas.
El cuerpo de Kael se tensó, casi imperceptible.
—¿De esta vida… o de antes?
Ariel respiró hondo.
—De antes. De muy antes.
El silencio cambió.
Se volvió más antiguo.
Más pesado.
—Te veo —continuó Ariel—. No siempre con este rostro. A veces eres mayor… otras más joven. A veces… no eres humano del todo.
Sus dedos se aferraron levemente a la tela de Kael.
—Pero siempre eres tú.
Kael cerró los ojos.
No fue sorpresa.
Fue confirmación.
—En una de esas vidas —susurró Ariel— te esperé demasiado.
Kael inclinó la cabeza, apoyando la barbilla sobre su cabello.
—En otra… no llegué a tiempo.
Ariel giró el rostro para mirarlo.
Sus miradas se encontraron en la penumbra.
No había miedo.
Solo una tristeza compartida.
Una herida que ya no sangraba… pero que aún existía.
—¿Por eso duele a veces? —preguntó Ariel—. Como si el amor fuera más grande que este cuerpo.
Kael alzó la mano y acarició su mejilla.
—Duele porque sobrevivió.
Ariel cerró los ojos.
Se apoyó contra él.
—En esta vida me llamaron villano —murmuró—. Me enseñaron a creer que todo lo que tocaba se rompía.
Kael lo rodeó con más fuerza.
—Y aun así… —dijo— sigues siendo lo más gentil que he conocido.
Ariel soltó una risa baja, incrédula.
—Gentil… —repitió—. Nadie me llamó así antes.
—Porque nadie te miró de verdad.
El beso llegó a su sien.
Lento.
Cálido.
Como una promesa que no necesitaba palabras.
Ariel se estremeció.
—Kael…
—Aquí estoy.
—Tengo miedo.
Kael no lo negó.
No lo suavizó.
—Dime.
Ariel dudó.
—Tengo miedo de acostumbrarme a esto —confesó—. A que me cuiden… a sentirme amado.
Su voz bajó.
—Porque si lo pierdo… no sé si podría sobrevivir otra vez.
Kael tomó su rostro entre ambas manos.
—Escúchame.
Ariel lo miró.
—No te prometo un mundo justo. No te prometo que no dolerá.
Una pausa.
—Pero te prometo esto:
Su voz se volvió más firme.
Más profunda.
—No volverás a enfrentar nada solo.
Las lágrimas llegaron.
Sin aviso.
Sin resistencia.
Kael no las detuvo.
Las dejó existir.
—Te he amado —continuó— incluso cuando no sabía tu nombre. Incluso cuando eras solo una sensación en el pecho.
Su frente se apoyó en la de Ariel.
—No voy a huir ahora.
Ariel cerró los ojos.
—Yo tampoco.
El beso fue lento.
Casi tímido.
Como si se reconocieran otra vez.
Sus labios se rozaron primero.
Luego se quedaron.
Sin urgencia.
Sin hambre.
Solo certeza.
Ariel suspiró contra él.
Kael lo acercó más.
Como si no hubiera distancia suficiente en el mundo.
La mano del delta descendió hasta su vientre.
Se detuvo allí.
Con cuidado.
Con respeto.
—Hola… —susurró.
Ariel abrió los ojos, sorprendido.
—¿Le hablas?
Kael sonrió apenas.
—Siempre. Aunque aún no pueda oírme.
Ariel cubrió su mano.
—A veces siento que ya nos conoce.
—Debe saber que es esperado.
Ariel tragó saliva.
—Durante mucho tiempo creí que un omega como yo no merecía ser padre… que mi existencia era un error.
Kael besó sus nudillos.
—Entonces el mundo estaba equivocado.
Algo dentro de Ariel se quebró.
Pero no en dolor.
En liberación.
Lloró.
Sin esconderse.
Sin contenerse.
Kael lo sostuvo.
Sin apuro.
Sin miedo.
Como si ese momento fuera tan importante como cualquier batalla.
Cuando las lágrimas se apagaron, Ariel quedó en silencio.
Respirando.
Existiendo.
—Kael…
—¿Sí?
—Si alguna vez dudo… si me cierro…
Kael apoyó su frente en la suya.
—Te esperaré.
Una pausa.
—Como siempre lo he hecho.
Ariel sonrió.
Cansado.
Pero en paz.
Esa noche se durmió entre sus brazos.
Una mano sobre su vientre.
La otra aferrada a la ropa de Kael.
Como si, incluso ahora, una parte de él temiera perderlo.
Kael no se movió.
No se apartó.
Se quedó.
Observándolo.
Memorizándolo.
Pensó en todas las vidas que no recordaban del todo.
En todas las veces que llegaron tarde.
En todas las veces que no pudieron salvarse.
Y en esta.
Esta vez.
Que era distinta.
—Esta vez… —susurró— no te voy a perder.
Afuera, el viento soplaba suave.
Dentro…
dos almas que habían sido separadas demasiadas veces…
por fin estaban aprendiendo a quedarse.
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”