Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 15: La cena comienza
Keily
Me miré por última vez al espejo antes de bajar las escaleras. El vestido blanco caía sobre mi cuerpo con un aire romántico, ajustándose suavemente en la cintura y abriéndose en una falda amplia que rozaba mis piernas con cada movimiento. Las mangas cortas abullonadas y el escote cuadrado me daban un aire clásico, como sacado de un cuadro antiguo.
Y aunque al principio había dudado mucho en ponérmelo, ahora entendía por qué Luciana y Sofía insistieron: no era un vestido que buscara esconder mis curvas, sino que las enmarcaba con naturalidad.
Mis rizos rebeldes descansaban sobre mis hombros, y el brillo leve del maquillaje me hacía sentir, por primera vez en mucho tiempo, que quizás estaba a la altura de una cena tan importante.
El murmullo de voces se filtraba desde el comedor de la casa de mis padres. Al bajar, las miradas se giraron hacia mí. Sentí mi corazón apretarse, como si todos estuvieran evaluando no solo mi vestido, sino cada parte de mí.
Entonces lo vi. Gastón estaba de pie, impecable en su traje negro, con esa postura segura que parecía dominar cualquier lugar al que entraba. Pero cuando me miró, por un instante, esa seguridad se suavizó. Sus ojos recorrieron mi vestido, y la sonrisa leve que apareció en su rostro me hizo olvidar, aunque fuera un segundo, el peso de todas las miradas.
—Lista, cerebrito —murmuró cuando me ofreció su brazo.
Me aferré a él con discreción, agradeciendo esa pequeña ancla en medio del océano de tensión que era esa cena.
El comedor estaba preparado con un lujo que me intimidaba: candelabros encendidos, copas de cristal que brillaban bajo la luz cálida, y socios de mi padre elegantemente vestidos, riendo y conversando en tonos medidos. Apenas entramos, las voces bajaron un poco.
—Qué linda pareja hacen —dijo un hombre de cabello gris, sonriendo con diplomacia.
—Sí, ella luce preciosa —añadió una mujer con un vestido de seda.
Forcé una sonrisa y asentí con gratitud, aunque por dentro sentía que las palabras pesaban más de lo que deberían. El vestido blanco, que horas antes me había parecido un disfraz, ahora me convertía en el centro de una atención que me incomodaba.
Nos sentamos, y la cena comenzó. El sonido de los cubiertos y las conversaciones se mezclaba con el aroma de los platillos preparados especialmente para la ocasión. Mis padres irradiaban orgullo, mientras mi padre dirigía el rumbo de la charla, hablando de negocios y del futuro de la empresa.
—Y claro —dijo, levantando su copa—, todo se fortalece cuando hay familias unidas y compromisos sólidos.
Sentí cómo todos los ojos caían sobre nosotros otra vez. Gastón, sin perder la calma, apretó suavemente mi mano sobre la mesa.
—Estamos comprometidos a dar lo mejor de nosotros —respondió, con esa seguridad suya que llenaba cada palabra.
El gesto me desarmó. Él no lo sabía, pero ese simple contacto me hacía sentir menos sola en medio de aquel escenario elegante.
La conversación siguió entre brindis y risas forzadas, hasta que un socio de mi padre, con una sonrisa
demasiado afilada, me lanzó una pregunta:
—Dime, Keily, ¿cómo hizo una chica como tú para conquistar al chico más prometedor?
El vestido blanco, que minutos antes me había hecho sentir especial, de pronto se convirtió en una especie de recordatorio cruel. Una chica como tú. La frase se clavó en mi pecho como una espina, reviviendo todas mis inseguridades: mis curvas, mi torpeza, mi manera de ser distinta.
Abrí la boca para responder, pero las palabras se me atoraron en la garganta.
Gastón no lo dudó.
—Lo hizo porque es brillante, auténtica y porque nunca intenta ser alguien que no es —dijo con firmeza—. Créame, no cualquiera tiene ese valor.
El silencio que siguió fue breve, incómodo para algunos, pero para mí fue como un bálsamo. Mis mejillas se encendieron, no de vergüenza esta vez, sino de algo más profundo: orgullo.
El socio carraspeó y cambió de tema, mientras yo bajaba la mirada hacia mi vestido blanco, acariciando un pliegue de la falda con mis dedos. El chico que antes me había juzgado, el que alguna vez me había lanzado comentarios hirientes, ahora estaba allí, defendiéndome delante de todos.
Me incliné un poco hacia él y susurré apenas:
—Gracias.
—No tienes que agradecerme —contestó sin apartar la vista del resto de la mesa.
El resto de la cena siguió con la misma mezcla de tensión y sonrisas sociales. Pero yo ya no veía solo las copas de cristal ni los trajes caros. Veía el reflejo de mi vestido blanco en los ojos de Gastón, y cómo, en medio de todo, él lograba que me sintiera menos fuera de lugar.