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CREI AMAR A MI ESPOSA

CREI AMAR A MI ESPOSA

Status: En proceso
Genre:Sustituto/a / Novia sustituta / Traiciones y engaños
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

¿QUE SABE CORA?

...ARLET:...

Veníamos del spa.

La verdad me la pasé bien. Reímos, hablamos de cosas tontas, y la vi tranquila, contenta. Me di cuenta de que sí estaba enamorada de Gonzalo, de verdad, no solo emocionada por la boda.

Por eso no sospeché nada cuando más tarde estábamos comiendo todos juntos.

—Perdóname por dejarte solo un momento —le dijo Gonzalo.

El hombre era guapo, alto, fuerte.

Sentiría celos de no ser porque mi corazón ya estaba ocupado.

—Me sirvió para conocer mejor a tus padres, tranquila.

Gaby se sentó frente a ellos. Al lado de Gonzalo.

Yo, a un costado, como siempre.

—Tenemos algo que decirles —anunció.

Fijamos nuestra vista en ellos.

—Hemos decidido casarnos en dos meses —continuó—.

El silencio fue inmediato.

No incómodo.

Sorprendido.

Mi padre frunció apenas el ceño. No por enojo. Por cálculo.

Mi madre, en cambio, abrió los ojos como si hubiera despertado de golpe.

—¿Dos meses? —repitió.

—Sí —respondió Gaby, segura—. Es lo que queremos.

Mi padre carraspeó.

—Es… pronto —dijo, sin dureza.

—Lo sé —contestó ella—. Pero estamos listos.

No hubo discusión.

Solo un segundo más de silencio.

Mi madre fue la primera en reaccionar de verdad.

—Si va a ser en dos meses —dijo, ya de pie—, apenas nos dará tiempo de organizarla como se debe.

Gaby sonrió.

Esa sonrisa que no pedía permiso.

—Por eso es en dos meses.

Mi madre ya estaba en modo acción.

—Gonzalo —se giró hacia él—, necesito tu lista de invitados lo antes posible. Hoy, si puedes. No podemos perder tiempo.

Él asintió sin dudar.

—La preparo hoy mismo.

—Bien —continuó—. Tendremos que hablar con el lugar, el menú, la música…

La vi hacer una lista mental que no incluía pausas.

—Y el vestido —añadió, mirándola con emoción—. Tendremos que empezar a buscarlo desde mañana.

Ahí fue cuando hablé.

—Mamá —dije—. Mañana teníamos lo del diseñador. Dijiste que iríamos juntas.

No fue un reproche.

Ni siquiera una queja.

Solo un dato.

Mi madre me miró.

Un segundo apenas.

—Lo sé, amor —respondió—. Lo movemos, ¿sí? Esto… esto no puede esperar.

Asentí.

—Claro —dije—.

Normal.

No la había visto en mucho tiempo.

Se iba a casar.

Era lógico.

Me repetí que estaba bien.

Que no pasaba nada.

Que solo sería un tiempo.

Pero aun así, sentí esa presión conocida en el pecho.

No eran celos.

Era competencia.

Y lo peor de todo era que nadie más la estaba jugando; aun así, yo no soportaba perder.

...****************...

...GABRIELA:...

Habíamos estado paseando por la ciudad. Mi padre no podía ausentarse mucho del despacho jurídico, pero mi madre tenía todo el tiempo libre del mundo. Así que habíamos pasado los días caminando, buscando cosas para la boda, entrando y saliendo de tiendas, hablando de todo y de nada.

Pero algo llamó mi atención cuando, en las pantallas de la calle, se estaba reproduciendo la repetición de un debate legislativo.

Mi prima Cora era una de las debatientes de la propuesta.

Su postura era en contra. Debatía con pasión, esmero y convicción.

El tema.

La eutanasia voluntaria en personas sanas.

Su lucha me parecía muy noble. Alguien que buscaba preservar la vida como un valor y una garantía únicos.

—¿Es patética, no crees? —me preguntó Arlet.

—A decir verdad, me parece una causa muy noble. No conozco los detalles, pero por lo que alcancé a comprender no es un tema que deba tomarse a la ligera —me giré hacia Gonzalo, quien también había observado las pantallas—. ¿Y tú qué piensas?

Él debía tener una opinión psicológica para este asunto.

—Es complicado —dijo Gonzalo al fin—. Entiendo la postura de tu prima. La vida no es solo un derecho, también es un vínculo… con otros, con lo que todavía no ocurre. Cuando alguien decide terminarla, no lo hace en aislamiento, aunque así lo crea.

Hizo una pausa breve, como midiendo el peso de sus propias palabras.

—Pero también creo que reducirlo a blanco o negro es peligroso. La mente humana puede llegar a lugares muy oscuros sin estar “enferma” en términos clínicos. El sufrimiento no siempre es visible ni cuantificable.

Volvió a mirar la pantalla.

—Dicho eso… legislar algo así para personas sanas exige una responsabilidad enorme. Porque una ley no evalúa matices, solo casos generales. Y ahí es donde me parece que el riesgo es real.

No levantó la voz.

No sentenció.

Solo dejó la idea suspendida, incómoda, como debía estar.

—Cora solo está buscando destacar en algo, es todo —añadió Arlet—. Es por eso que entré a una obra de teatro en la que ella está. Que yo esté ahí llamará la atención de la gente y, si hace una buena actuación, la ayudará a despegar.

—Me alegra que la ayudes y que sus riñas de adolescentes hayan quedado atrás.

—Claro.

Gonzalo iba detrás de nosotras; mi madre charlaba con él, mientras Arlet me tomaba del brazo.

—Mañana por la tarde es el cumpleaños de Vania. Deberías asistir, así puedes ver a toda la familia.

—Por supuesto que sí, tengo muchas ganas de verlos a todos.

—Yo voy cada tanto con mis tíos. Mis primos son prácticamente mis hermanos, ya que me dejaste sola —me reclamó.

—Entonces qué suerte que ellos estuvieran ahí para ti.

Sonrió.

Nos detuvimos porque le pidieron unos autógrafos a Arlet y algunas fotos.

Duró más de lo esperado, pero me alegraba verla en su hábitat, en ese espacio que le era tan propio. Saber que había logrado aquello con lo que siempre había soñado me llenaba el corazón de alegría.

...****************...

Cuando llegamos a la fiesta de Vania, mis padres y Arlet ya estaban ahí, nosotros llegamos la después por que olvide algo y tuvimos que volver.

El bullicio de la fiesta se interrumpió cuando Gonzalo y yo nos acercamos a la mesa. No llegamos tarde por drama ni por urgencias; simplemente el tiempo se nos fue en casa de mis padres. Aun así, sentí cómo varias miradas se levantaban al mismo tiempo.

—¡Gaby! —exclamó Arlet, poniéndose de pie de inmediato.

—Hola —dije simplemente.

—¡Gaby! —Cora se levantó enseguida y me abrazó de verdad.

Le correspondió con el mismo cariño.

Ella y yo nos entendíamos cuando yo vivía aquí, ambas teníamos el mismo problema, no queríamos seguir los pasos que nuestros padres tenían destinados para nosotras pero hubo una diferencia, yo me atreví a romper el esquema y ella no.

—Ay, Cora, qué gusto verte. Siempre tan hermosa —le dije, sonriendo sin esfuerzo.

Saludamos a todos. Presente a Gonzalo, tomando asiento desoues de felicitar a Vania y saludar a todos y y como siempre, se integró con naturalidad: respondió preguntas, aceptó bromas, escuchó más de lo que habló. Me tranquilizaba tenerlo a mi lado.

Entonces Vania se inclinó hacia mí, con esa sonrisa curiosa que siempre anuncia algo.

—Oye… ¿y ese anillo?

Bajé la vista de inmediato. Me sentí un poco expuesta, como si hubiera llegado con una luz encima sin darme cuenta.

—Bueno… sí —admití—. Estoy comprometida con Gonzalo. No lo había dicho porque no quería quitarte protagonismo hoy. Íbamos anunciárlo en otro momento.

—¡No digas tonterías! —dijo Vania levantándose para abrazarme—. ¡Esto se celebra!

El resto se sumó rápido: felicitaciones, copas levantándose, sonrisas. Vi a mis padres orgullosos. Gonzalo entrelazó su mano con la mía, firme, tranquilo.

Arlet sonreía, pero no decía nada. Bebía en silencio. Algo le pasaba a mi hermana. Tal vez se sentía mal.

—Ya veremos cuánto dura —soltó de pronto, con una sonrisa torcida.

El comentario cayó seco.

Me desconcertó totalmente.

Antes de que yo reaccionara, Gonzalo habló.

—Durará lo que nosotros decidamos —dijo con calma—. Y tenemos muy claro lo que queremos.

Arlet rió apenas y se llevó la copa a los labios, evitando mirarlo.

La conversación siguió, aunque algo había quedado marcado.

Vania empezó a preguntarme por mi vida fuera, por mis proyectos, por la boda. Yo respondía lo justo. No quería ser el centro, pero tampoco esconderme.

En un momento, miré a Cora.

—He visto tus intervenciones en los debates —le dije—. Admiro mucho tu postura. Y quiero que sepas que la comparto.

Parpadeó sorprendida.

—¿De verdad?

—Sí —asentí—. Y Gonzalo también tiene una opinión muy clara al respecto.

Ella giró hacia él, interesada.

—¿Cuál es tu postura?

Gonzalo no buscó protagonismo. Habló con serenidad, como siempre. Dijo que la eutanasia voluntaria, presentada como un derecho absoluto, podía convertirse en una forma de presión; que no todos los silencios son libertad, ni todas las decisiones son plenamente libres cuando hay dolor de por medio. Que una ley no distingue matices, y ahí estaba el riesgo.

Cora lo escuchó con atención real.

—Tienes razón —dijo al final—. ¿Has pensado en participar en el debate?

—Vine de vacaciones —respondió él con una sonrisa ligera—. Pero lo pensaré.

—Te ayudaría mucho —intervino Lauro, con voz firme.

Cora le tomó la mano, agradecida.

—Gracias.

La última vez que los vi fue en su boda, tan enamorados.

Vine me presente me fui, así fue.

—¿Cómo no te apoyan? —pregunté, confundida.

Cora soltó una risa breve, amarga.

—Te sorprenderías.

Antes de que pudiera preguntar más, Arturo habló, cortando el aire.

—No es falta de apoyo. Es que hay apellidos que pesan más de lo que deberían.

No insistí. No era mi lugar.

Tomé la mano de Cora.

—Solo quiero que sepas que admiro tu lucha. Y que, en lo que pueda, cuentas conmigo.

Me sonrió. De verdad.

El jardín volvió a llenarse de risas y ruido. Todo parecía normal otra vez.

...****************...

La fiesta estaba llena de risas. La relación de hermandad entre mis primos era tremenda.

Necesitaba un momento para ir al baño, así que se lo indiqué a Gonzalo. Asintió sin problema.

Al entrar, encontré a Cora frente al espejo, inclinada sobre el lavabo, con las manos apoyadas en el mármol. La música de la fiesta llegaba amortiguada, lejana, pero en ese espacio todo estaba en silencio… salvo su respiración irregular.

Tenía el rostro pálido.

—Cora —me acerqué rápido en cuanto la vi—. ¿Estás bien?

—Sí… solo un poco cansada —respondió, cerrando los ojos.

Dio un paso hacia mí. Sus piernas cedieron y apenas tuve tiempo de sujetarla antes de que cayera.

—Hey, hey… —murmuré—. Siéntate. Despacio.

La ayudé a deslizarse hasta el suelo y la apoyé contra la pared. Cerró los ojos un instante, buscando aire.

La palidez de su rostro era evidente.

—Voy por ayuda —dije, levantándome.

Me sujetó la mano.

—No —pidió—. Por favor… no digas nada. No quiero que se preocupen.

Suspiré, preocupada.

—Cora… ¿qué te pasa?

Desvió la mirada.

—Nada grave. Tal vez me bajó la presión. Ya se me va a pasar.

—Eso no suena a “nada” —respondí con suavidad, pero sin ceder—. Y no me voy de aquí hasta que estés bien.

Ya no insistí. Si había una persona reservada con sus cosas, esa era Cora.

Me senté junto a ella en el suelo, sin pensar en el vestido ni en nada más. Le tomé la mano. Estaba fría.

Poco a poco parecía estar mejor.

Entonces bajó la mirada y se quedó observando mi mano.

Mi anillo.

—Es muy bello —dijo, con una sonrisa débil.

Yo también lo miré.

—Lo es —respondí—. Pero es más bello lo que significa.

Levantó la vista hacia mí, con una expresión extrañamente vulnerable.

—Estás muy enamorada, ¿verdad?

No dudé.

—Muchísimo. Con toda mi alma.

Mi vista se desvió un momento hacia el techo.

Cora bajó la mirada a su propio anillo y lo acarició con el pulgar. Algo cruzó por su expresión, pero no supe descifrar qué.

—Sí… —susurró—. Es más bello lo que significa.

No aparté la mirada de ella.

—Prométeme algo —me pidió de pronto.

—Dime.

Me miró directo a los ojos.

—No dejes que tu hermana te quite esta felicidad. Sé que la amas… pero tú y yo sabemos que ella no te ama tanto como aparenta.

Respiré hondo.

Arlet era caprichosa, impulsiva, pero era adolescente, y eso era normal.

Aunque algo en las palabras de Cora me hizo pensar que ella no estaba tan en buenos términos como Arlet me había dicho.

—Arlet es difícil —admití—. Siempre lo ha sido. Y sí… la amo. Tal vez demasiado. Pero eso no cambia lo que siento. Ni lo que estoy viviendo ahora.

No soltamos las manos.

Fuimos las mismas niñas que alguna vez nos contábamos todo…

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