Haberle querido fue un error, pero seguía deseándole…
NovelToon tiene autorización de Alejandro Briñones para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 21
A Dan le encantaba tomarle el pelo a Helena.
–Por favor, Lena. No voy a poder esperar mucho más.
Era cierto. El sexo le palpitaba como si fuera un dolor de muelas. Ella le acarició el vientre y a él se le puso la carne de gallina. Probablemente era la primea vez que dejaba que Helena tuviera tanto poder sobre él.
–Hazme lo que quieras. Soy todo tuyo.
Era cierto que lamentaba haberse puesto el preservativo tan pronto. Estaba empeñado en penetrarla a cualquier precio.
La expresión de su rostro era intensa. Sus suaves caricias eran casi tan excitantes como si lo hubiera tomado en la boca. Ya lo haría. O eso esperaba.
Ella le acarició todo el cuerpo. Cuando le besó los empeines, él estuvo a punto de caerse de la cama.
–¿Es demasiado? –preguntó ella con ingenuidad.
Él se encogió de hombros.
–Me has pillado desprevenido, nada más. Tengo cosquillas.
–Ah –volvió a subir por su cuerpo besándole, y a veces mordiéndole, las pantorrillas, las rodillas y los muslos. Él se aferró a las sábanas con la frente perlada de sudor. El aroma de ella le llenó los pulmones.
Cuando Helena se saltó la parte de él que más la necesitaba, estuvo a punto de ponerse a gritar y a maldecir. Ella había aceptado su desafío. Aunque a él le costara la vida, no iba a rajarse.
Ella le acarició el tórax con ambas manos, Después le tomó el rostro entre los dedos y lo besó profundamente. Esa vez era la lengua de ella en la boca de él. Dos años atrás, él no habría descrito a Helena como una amante pasiva. Pero, sin proponérselo, esa noche había dejado suelta a una salvaje y sensual seductora.
No sabía qué era peor: cerrar los ojos o mantenerlos abiertos. Respiraba tan deprisa que corría el riesgo de hiperventilar.
–Helena –dijo. Era la única palabra que podía articular.
–¿Sí?
–Ya basta, por favor.
Ella estaba apoyada sobre el pecho de él. Se irguió y se quedó de rodillas.
–Sabía que conseguiría que te dieras por vencido –dijo ella. Pero sus palabras no expresaban ni sensación de triunfo ni superioridad. Lo miraba con dulzura y afecto.
Él estaba disfrutando. ¿Qué hombre heterosexual con sangre en las venas no lo haría? Pero algo alteraba levemente su calma, algo sobre la conversación que habían mantenido anteriormente: quedaban tres semanas.
Tal vez hubiera más. Tal vez él deseara más.
Había perdido a su padre y casi una pierna. Había renunciado al esquí de competición y cabía la posibilidad de que no volviera a esquiar en absoluto, debido a su comportamiento temerario. ¿Podrían los hados tratarlo con amabilidad? ¿No podría ser Helena su premio de consolación?
Ella se deslizó hacia atrás y lentamente se fue introduciendo en su masculinidad. Gracias a la resbaladiza fricción y la fuerte presión del cuerpo de ella, a él le pareció que alcanzaba el nirvana. Haber llegado al clímax hacía tan poco tiempo le permitió disfrutar plenamente de aquella segunda vez. Observar a Helen era casi tan excitante como estar en su interior.
Se mantuvo pasivo a propósito. Al ver que vacilaba, la animó a seguir.
–Toma lo que quieres, Lena. Danos lo que ambos deseamos.
Sus movimientos se aceleraron. Cabalgó bien sobre él, a pesar de que a su técnica la faltaba práctica. Él lanzó el cuerpo hacia arriba para ir a su encuentro cuando ella descendía. De repente, tuvo la necesidad de saber si había efectuado aquel ballet con otro hombre.
Un terremoto de fuego lo abrasó sin previo aviso. Creía tener controlada la situación, pero parecía que no era así.
Rodó con ella para situarla debajo de él. Había perdido el control por completo. La miró a los ojos.
–No quiero que se acabe, lena –se refería a aquel frenesí, pero podía estar hablando de la situación en general. La penetró a ciegas y la embistió cada vez más profundamente y con mayor fuerza. Se sentía invencible, como si estuviera en la cima de una montaña que quería escalar hacía tiempo. Entonces se produjo ese momento de intensa alegría cuando saltó y cayó al abismo.
Helena lo abrazó.
–Sí, Dan, sí…
Después, se hizo el silencio, salvo por los latidos del corazón resonándole en los oídos y la respiración entrecortada de ambos.
Podían haber transcurrido minutos u horas cuando volvió a ser él mismo.
En algún momento, Helena había tirado de la ropa de cama para taparlos, porque el aire acondicionado funcionaba a demasiada potencia. Ninguno de los dos se había preocupado de ajustarlo, y el aire frío envolvía sus cuerpos húmedos y les secaba el sudor.
Se separó de Helena y se levantó para ir al cuarto de baño. Al volver, la halló profundamente dormida. La observó con el corazón encogido. Ella tenía razón: se mirase por donde se mirase, eran una pareja insólita.
Desterró el desagradable pensamiento, resuelto a vivir el momento.
Esa noche, Helena era suya. Tendría que conformarse con eso.
***
Cuando Helena se despertó para ir al cuarto de baño, miró el móvil. Eran las cinco de la mañana. Dan le había vuelto a hacer el amor alrededor de las dos y media. Ahora dormía como un tronco, con un brazo sobre la cintura de ella, como si tratara de aprisionarla.
Soñolienta y saciada, se quedó en la cama porque no quería renunciar a aquellos momentos perfectos. Al final, se libró del abrazo inconsciente de Dan y fue al cuarto de baño. Tenía los músculos rígidos y el sexo hinchado y dolorido. Se puso una toalla mojada entre los muslos y suspiró.
Aquel era el recuerdo que se había esforzado en suprimir, aquella agradable sensación de plenitud. No era virgen cuando comenzó a salir con Dan, pero sus escasas relaciones no la habían preparado para el huracán que era el sexo con él.
No hacía nada que pudiera hacerla daño. Era infinitamente tierno, pero esa ternura se unía a la masculina resolución de hacerla alcanzar un éxtasis físico en el que ella casi se perdía.
A veces se preguntaba si había roto con él no por las discusiones sobre el dinero, sino porque los sentimientos que despertaba en ella la aterrorizaban.
Cuando volvió a meterse en la cama, él la abrazó y la atrajo hacia sí. Su cuerpo irradiaba calor. Ella se acurrucó junto a él y se calmó escuchando los rítmicos latidos de su corazón.
Estaba tan vivo, tan dispuesto a tentar la suerte en las pendientes, a vivir la vida a su manera.
Mientras se quedaba dormida rogó tener fuerzas para marcharse cuando llegara la hora…