Dicen que ten cuidado con lo que desees... ¡Pero yo pedí un trono!, bah, que más da. Y si no fuera poco, resulta que ahora soy un omega puro. La nueva cáscara, que, aunque tenga mi nombre, en realidad era un... ¡Idiota, migajero, sin nada de dignidad! Y para el colmo; un personaje que sería utilizado por el protagonista y luego desechado.
No gracias, arreglaré eso, y mientras tanto me voy a divertir, porque este mundo donde los alfas dominan; no va conmigo, es más, haré que se inclinen a mis pies.
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Epi 19; Sea cuál sea la relación que tienen ... mínimo invitenme a la...
Leonard, viendo que el hombre que creyó tener bajo control ahora estaba ante él con una mirada psicótica, reaccionó con el instinto de una rata acorralada. En un movimiento rápido, me agarró del cuello, tirando de mi silla hacia atrás y pegando el cañón de su arma contra mi sien.
—¡Atrás, Montana! —gritó Leonard, su voz quebrándose en una nota aguda de puro terror—. ¡Da un paso más y lo que quede de su precioso cerebro decorará esta pared!
Damián se detuvo en seco. Sus músculos se tensaron tanto que juraría que escuché sus fibras crujir. Sus ojos azules estaban fijos en el arma, brillando con una promesa de muerte que haría temblar al mismísimo diablo.
Yo, por mi parte, sentía el metal frío contra mi piel y el sudor de Leonard goteando sobre mi hombro. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, recordándome mi vergonzosa mortalidad, pero mi mente... mi mente seguía siendo un arma. "Piensa, Inel. Él espera que seas un omega asustado. Dale lo que quiere".
—Leonard... —gemí, dejando que mi voz temblara con una fragilidad fingida, mientras mis ojos buscaban los de Damián por un nanosegundo—. Por favor... no me hagas daño... me duele...
Dejé que mis feromonas, aún revueltas por el post-celo, soltaran una ráfaga concentrada de vainilla dulce y angustiada. Fue como lanzar un anzuelo dorado. Leonard, en su arrogancia y su necesidad de dominio, inhaló instintivamente, creyendo que finalmente me había quebrado. Su agarre flaqueó solo un milímetro, embriagado por lo que creía que era mi rendición.
—Eso es, Inel... admite quién manda —susurró Leonard en mi oído.
Fue el error más grande de su vida. En ese instante de distracción narcisista, eché la cabeza hacia atrás con toda mi fuerza, golpeando su nariz con un "crack" seco y delicioso. Al mismo tiempo, mordí su antebrazo con la ferocidad de un animal rabioso.
Leonard soltó un grito de dolor y el arma se desvió. No necesitó más.
Damián cruzó la habitación como un rayo de obsidiana. Antes de que Leonard pudiera recuperar el equilibrio, Damián le propinó un golpe en el plexo solar que le sacó todo el aire, seguido de un gancho de derecha que lo mandó a dormir directamente al suelo frío de concreto. Leonard Ruiz, el gran "alfa" cómo se hacía llamar, quedó tendido como un fardo de ropa vieja, inconsciente y patético.
Damián no perdió el tiempo. Se arrodilló ante mí, rompiendo las ataduras de mis muñecas con una fuerza bruta que hizo saltar las tuercas.
—Inel... —su voz era un susurro roto, cargado de una urgencia que me hizo vibrar.
Me puse de pie, tambaleándome un poco. Mis muñecas estaban ensangrentadas y mi ropa era un desastre, pero cuando mis ojos se encontraron con los suyos, no hubo rastro de la víctima. Solo quedábamos nosotros.
Sin mediar palabra, lo agarré por las solapas de su camisa desgarrada y lo atraje hacia mí. El beso fue una colisión violenta, un intercambio de aliento, sangre y adrenalina. No era tierno, no era una escena de película romántica; era algo adictivo, una posesión mutua que sabía a hierro y a victoria. Era como si estuviéramos tratando de devorar la existencia del otro para asegurarnos de que seguíamos vivos.
"¿Qué es esto?", me dije mientras mis dedos se enterraban en su nuca. "¿Amor? No seas idiota Inel. El amor es para los débiles". Pero mientras su aroma me inundaba, me di cuenta de que este sentimiento (fuera lo que fuese) era mucho más peligroso que el amor que yo pretendía entender.
Damián me sujetó la cara con sus manos manchadas, separándose apenas unos milímetros. Sus ojos me estudiaban, perdidos en la misma confusión que yo. Para dos personas que nunca se habían molestado en definir nada que no tuviera un precio o un objetivo, esto era territorio inexplorado.
—Tks... —murmuré, recuperando mi máscara de cinismo aunque mis labios seguían hormigueando—. Tienes un gusto pésimo para los momentos románticos Damián. Hay sangre en mi camisa de seda.
Damián soltó una risa ronca, una que parecía nacer del fondo de su alma herida.
—Curioso que lo digas cuando tu tomaste la iniciativa. Y agracede que sigues vivo gracias a mí.
—A medias —respondí, arreglándome el cabello con manos temblorosas—. Ahora, estoy seguro de que Marco ya viene en camino con la señal de auxilio que le envié, así que antes de este aquí y arruine el ambiente con su complejo de héroe, ¿podemos sacar a este pedazo de basura de aquí? Tengo una auditoría que terminar.
Justo entonces, el rey de Roma fue invocado. Marco entró en la habitación rodeado de un escuadrón que parecía sacado de un videojuego de guerra, con las linternas tácticas barriendo el lugar hasta detenerse en el cuerpo desplomado de Leonard y en nosotros dos, que todavía estábamos peligrosamente cerca.
Me separé de Damián con una lentitud calculada, sacudiéndome el polvo de los hombros como si acabara de salir de una reunión aburrida y no de una celda de tortura. Mi respiración aún era un desastre, pero mi lengua seguía siendo de plata.
—Llegas tarde, hermanito. Te perdiste la fiesta principal, pero supongo que aún queda algo del after party. Mira ahí —señalé con la barbilla el bulto inconsciente que solía ser Leonard Ruiz—. Considera que con esto estamos a mano. Ya no me debes ni un solo favor por haberte salvado el trasero no una, si no más de dos veces.
Marco se quedó mirando a Leonard, luego a las cadenas rotas en el suelo y, finalmente, a Damián, que se mantenía como un bloque de granito herido a mi lado, emanando una protección tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Marco no era tonto; vio la sangre, vio nuestras miradas y, sobre todo, vio esa chispa de algo indefinible que todavía vibraba en el aire entre el ex-mercenario y yo.
—Llévenselo —ordenó Marco a sus hombres, refiriéndose a Leonard—. Con cuidado. Quiero que despierte en una de nuestras celdas privadas, no en un hospital.
Se acercó a nosotros, guardando su arma. Nos estudió en silencio durante un segundo que se sintió eterno. Esperaba un regaño, una lección de moralidad o un interrogatorio sobre Cifra & Sombra, pero Marco simplemente soltó un suspiro cargado de una ironía que no le conocía.
—Inel, Damián... —dijo, recorriéndonos con la mirada—. No sé qué clase de pacto con el diablo han hecho, ni qué es exactamente lo que acaba de pasar aquí antes de que yo tirara la puerta abajo.
Se detuvo frente a mí, y por un momento, vi un rastro de respeto real en sus ojos verdes, mezclado con esa resignación de quien sabe que ha perdido el control sobre su hermano menor.
—Pero sea cual sea la relación que tienen... mínimo invítenme a la boda si es que llega a haber una. No me gustaría enterarme por la prensa de que mi socio y mi hermano se casaron en una isla privada comprada con el dinero de los Ruiz.
Damián soltó un gruñido que bien podría haber sido una risa, y yo sentí un calor extraño subir por mi cuello que no tenía nada que ver con el ciclo de calor.
—¿Boda? Por favor, Marco —bufé, recuperando mi máscara de arrogancia—. No seas tan convencional. Las alianzas de sangre son mucho más baratas y menos tediosas de organizar. Ahora, sácanos de aquí. Este lugar huele a fracaso y yo detesto el fracaso, oh. Y necesito una ducha de tres horas y un análisis de mercado antes de que amanezca.
Caminé hacia la salida sin mirar atrás, sabiendo que Damián me seguía como una sombra fiel y letal. He tenido suficiente por hoy, pero ahora tengo que resolver el nuevo problema que tengo para entender este sentimiento que aoenas y sé que es.
inel es simplemente inel