Después de amar obsesivamente y morir, Elijah Grant despierta con una segunda oportunidad y un juramento: esta vez no permitirá que el amor lo destruya. Decidido a huir del hombre al que amó unilateralmente durante años, planea una nueva vida lejos de él.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
El hombre que lo marcó se niega a dejarlo ir, y una amenaza inesperada vuelve a poner su vida en peligro.
Cuando el amor se confunde con posesión y el destino insiste en repetirse…
¿podrá Elijah escapar de su final o está condenado a revivirlo?
NovelToon tiene autorización de Wang Chao para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11. Ego
Definitivamente elegí mal mis palabras. Las cejas de Robert se fruncieron y, en cuestión de segundos, una de sus manos ya estaba alrededor de mi cuello. No apretaba con fuerza, pero la advertencia era clara: si me movía un solo centímetro, sus dedos se cerrarían sin dudarlo sobre mi garganta. La cercanía, la presión contenida, el silencio cargado… todo conspiraba para dejarme sin aire, aunque todavía respirara.
—Realmente eres una molestia —murmuró con rabia contenida.
Sus dedos apretaron apenas un poco más, lo suficiente para recordarme quién tenía el control en ese momento, mientras su pulgar descendía y rozaba mi labio inferior, presionándolo con una lentitud peligrosa.
—Debería hacer algo para cerrar esa boca insolente.
—Ya te dejé en paz, Robert —respondí con la voz cansada, porque lo estaba de verdad—. ¿Por qué sigues viniendo?
No era una pregunta retórica. Era agotamiento puro. Durante años lo perseguí y ahora que hice exactamente lo que él quiere: apartarme, desaparecer, dejarlo vivir su vida sin mi sombra persiguiéndolo, me busca. Me arranqué de su vida aunque me doliera. ¿Por qué mierda seguía empeñado en mantenerse en la mía? Ahora, por primera vez, creí entender lo que él había sentido cuando yo lo acosaba sin descanso.
—Solo quiero saber por qué de pronto has cambiado… —dijo con voz baja—. Es como si fueras otra persona.
Su dedo abandonó mi labio y subió a mi mejilla, acariciándola con una falsa suavidad mientras sus ojos recorrían mi cuerpo sin pudor. Al mismo tiempo, una de sus rodillas se colocó entre mis piernas, obligándome a abrirme un poco más. Me sentí atrapado. Bajo su control. Exactamente como antes.
—Morí y renací —solté sin vacilar—. Y ahora sé que seguir detrás de una mierda como tú no me servirá de nada.
Las palabras salieron limpias, afiladas. No me arrepentí.
Robert me miró de forma extraña durante unos segundos, como si intentara decidir si estaba bromeando o había perdido la cordura. Luego soltó una carcajada que rompió el silencio de la habitación, fuerte, incrédula.
Por supuesto que no iba a creerme. Y eso, curiosamente, lo hacía todo más fácil.
—¿De verdad? —preguntó inclinándose hacia mí, bajando el rostro hasta que nuestros labios quedaron peligrosamente cerca. Tan cerca que podía sentir el roce de su piel, su respiración tibia mezclándose con la mía—. ¿Entonces qué? ¿Irás detrás del tipo que te envió las putas flores?
—Quizá lo haga —respondí, esbozando una sonrisa ladeada, cargada de provocación—. Tú te coges a medio mundo… ¿por qué yo no haría lo mismo?
Lo miré fijamente, sin bajar la mirada, disfrutando apenas del destello de molestia que cruzó por sus ojos. Porque si algo había aprendido esta vez, era que ya no pensaba agachar la cabeza por él.
—No te atreverías —murmuró, con la voz más ronca y grave de lo habitual.
Sus ojos brillaron a pesar de la escasa luz de la habitación. Su mano en mi cuello se apretó un poco más, obligándome a levantar el rostro. No era un gesto impulsivo, sino calculado, como si quisiera recordarme que aún creía tener poder sobre mí.
—¿Por qué no? —elevé una ceja, provocando todavía más su ira—. No tengo ninguna relación. ¿A quién debería serle fiel?
—A mí —respondió descarado, cínico.
Quise reír, pero me contuve. No porque no fuera ridículo, sino porque, en el fondo, sabía que tenía razón, sin embargo, no estaba dispuesto a admitirlo.
—A tu amor por mí —añadió con total seguridad.
Su confianza era enorme. Excesiva. Pero no podía culparlo del todo; era una confianza que yo mismo había construido con los años. Siempre le demostré que podía serle fiel. Él era mi mundo, mi prioridad absoluta, y aun así nunca supo valorarlo.
A pesar de mi carácter, siempre hubo alguien dispuesto a intentar algo conmigo. A veces una relación, otras solo sexo. Nunca faltaron candidatos, incluso mujeres, aun sabiendo que no soy heterosexual ni bisexual. Sin embargo, siempre los rechacé por mi amor a Robert. Incluso cuando nunca existió una relación real entre nosotros, yo decía —y creía— que le era fiel.
Y sigo pensándolo: cuando alguien nos importa de verdad, debemos serle fieles, sin importar qué.
Pero el cabrón que tenía frente a mí siempre fue un maldito. Aunque comprendía que nunca me debió felicidad —al final del día no éramos nada—, aun así… mierda, dolía. Dolía saber que estaba con alguien más. Aunque muchas veces logré impedirlo, aunque eso me destrozara por dentro.
—Dios, Robert —solté una pequeña risa mientras apretaba las manos—. Eso es pasado. ¿No querías que te dejara en paz? Ya lo hice, así que deja de buscarme.
—No puedo creerte…
—No me importa si me crees o no —solté un suspiro y pasé una mano por mi cabello, que comenzaba a estorbarme en el rostro—. Mierda, solo quiero vivir una vida lejos de ti, ¿comprendes?
Lo miré con cansancio, con un desgaste que ya no podía ocultar.
—Puedes hacer lo que quieras. Ya no me importa. Si quieres meter a dos o diez personas a tu departamento, hazlo. Ya no interrumpiré. ¿No era eso lo que querías? Felicidades, ya lo tienes. Así que déjame en paz.
Me agotó decirlo, pero necesitaba sacarlo. Nunca imaginé que dejarlo sería lo que provocaría que ahora fuera él quien me persiguiera.
—Una vez aclarado todo —añadí con un deje evidente de cansancio—, te pido que salgas de mi habitación. —Señalé la puerta—. Quiero dormir.
La palabra dormir fue el detonante.
Lo vi tensarse de inmediato. Su mandíbula se apretó con fuerza y su mano, que aún descansaba en mi cuello, dejó de ser solo una amenaza contenida. Sus dedos se cerraron un poco más, no lo suficiente para lastimarme, pero sí para dejar claro que había perdido la paciencia.
—No —dijo en voz baja.
No fue una súplica. Fue una orden.
Levanté la mirada y me encontré con sus ojos completamente oscuros, llenos de algo que ya no era solo enojo. Era frustración, orgullo herido… y algo más peligroso.
—No puedes decirme que me vaya —continuó, su voz quebrándose apenas—. No después de todo esto.
—Robert… —intenté apartar su mano, pero él no cedió.
—¡No! —estalló de pronto, alzando la voz por primera vez—. No digas mi nombre como si ya no significara nada para ti.
Su mano bajó de mi cuello a mi hombro, apretándolo con fuerza, como si necesitara comprobar que seguía ahí, que era real. Su respiración estaba descontrolada, chocando contra mi rostro.
—Pasé años intentando librarme de ti —confesó con rabia—. Años convenciéndome de que eras una molestia… y ahora vienes y me miras como si yo fuera el que sobra.
Reí sin humor.
—Porque ahora lo eres.
Eso terminó de romperlo.
De un movimiento brusco, empujó el sillón hacia atrás, haciéndolo chocar contra la pared. Su cuerpo quedó peligrosamente cerca del mío, invadiendo todo mi espacio. No me tocaba, pero estaba ahí, rodeándome, acorralándome con su presencia.
—Mientes —dijo entre dientes—. Me miras distinto, pero no me has dejado de querer. Lo sé. Lo siento.
—Lo que sientes es que perdiste el control —respondí, manteniendo la voz firme aunque el pulso me traicionaba—. Eso no es amor, Robert. Es ego.
Sus labios se curvaron en una sonrisa rota, casi desesperada.
—Llámalo como quieras —susurró—, pero no soporto la idea de que vivas sin mí.
Por primera vez, vi algo parecido al miedo en su expresión.
—No soportas que ya no te necesite —añadí.
Eso lo dejó sin palabras.
Retrocedió un paso, luego otro, pasándose una mano por el cabello como si intentara recomponerse. Su respiración seguía agitada, su mirada clavada en mí, como si apartarla fuera perderme para siempre.
—Vete —repetí, más bajo, pero con más peso—. Antes de que cruces un límite del que no puedas volver.
Me sostuvo la mirada unos segundos más, luchando consigo mismo… y finalmente, giró sobre sus talones y salió de la habitación, cerrando la puerta de un golpe que hizo vibrar las paredes.
Solo entonces me permití temblar.
Gracias por la actualización
yo si quisiera que quedarán juntos claro después que el sufriera bastante y cambiará completamente para poder recuperar a Eli, o por lo menos que fuera un trío para que el papucho de Dominick no quede por fuera
I hate you
Bastard