una joven que le costó superar las intrigas que se le presentaron en su camino.
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Descubriendo un nuevo secreto
Luego de que Lorenzo, mi nuevo primo, me dejara al frente de la casa, entré, pero en mi cabeza seguían las palabras de él.
Me encuentro con Lucy, a quien abrazo, y le cuento todo lo sucedido en el cementerio y cómo Héctor me dejó botada, sin importarle cómo iba a regresar, y también le hablo de Lorenzo y le cuento todo lo que me dijo. Lucy me escucha en silencio y luego me dice:
Lucy: Voy a llamar a mi mamá, ella debería saber algo, recuerda que ella y tu mamá eran grandes y unidas amigas.
Elena: Tienes razón, llama a la tía.
Lucy: Ring, ring, ring. ¿Mamá, dónde estás?
Gladys, mamá de Lucy: Estoy aquí, a las afueras de tu casa. Ábreme que traigo cosas para mis nietos.
Salgo a abrir la puerta y entra mi madre, con muchos juguetes para los trillizos. La sentamos cerca de nosotros y le digo a Elena que le cuente todo lo que pasó y lo que le contó Lorenzo. Mi madre se queda en silencio escuchando y luego me dice que va a estar en el despacho, que hará una llamada.
Mi madre regresa y nos dice que mis tíos y mi primo Ernesto vienen en camino, ya que van a comer en la casa. Nos cambia la conversación, cosa que me deja pensativa. Elena me hace señas de que no comprende la actitud de mi madre y yo le asiento con la cabeza en señal de estar igual, no entiendo la reacción de mi madre. De repente entra Ernesto con los tíos, él no toca ya que tiene llave de la casa y todo asustado pregunta por los trillizos que si están bien. Elena le responde que sí, que están jugando con la niñera y la nana en el jardín. Él ve a sus padres y les dice cuál es el misterio que se traen y ellos nos mandan a sentarnos.
Tía, quiero que escuchen en silencio esta historia, no quiero que interrumpan hasta que termine de contarles.
Hace años, trabajando en la clínica "La Milagrosa", dio a luz de gemelos una joven mujer.
Al segundo día, cuando la daban de alta, se le perdió el niño varón. La madre de la muchacha, Emilia de Seuitt, le había pagado a una compañera para que matara al niño aficciándolo. Mi compañera no se atrevió y me dijo: "Llévate este niño y sal del país, para que esta mujer no dañe al bebé que es un sol". Yo le pregunté por qué hacía esto y me dijo que ella no era asesina, pero que había que salvarlo de esa señora, ya que tarde o temprano lograría su objetivo de matar al niño. Ese día salimos tu padre y yo contigo en brazos, nos establecimos en Italia y no regresamos más. Hasta ahora que supimos lo del juicio y pensamos contarte todo y más que nos dijiste que querías proponer matrimonio a Elena, ella es tu hermana gemela. Esto nunca lo contamos antes por protección de ustedes. La señora Emilia era una mujer de un negro corazón ❤️. Tu, Ernesto, siempre supiste que eras adoptado, que yo no podía tener hijos, ya que tu padre es estéril. Que tú siempre has sido la razón de nuestras vidas, que yo moría si te pasaba algo, por eso las veces que me hablabas de Elena, yo te decía que esperaras, que ella no era la correcta ante Dios, no porque era mala mujer, sino que era tu hermana. Cuando nacieron los trillizos, nos vinimos para cuidarlos, que Emilia Seuitt no fuera a hacer lo que le hizo a la pobre Laudelina, madre de ustedes. Si yo hubiera hablado en su momento, los que estamos aquí estaríamos muertos. Tan es así que a esa señora no le tembló la mano ni la conciencia para mandar a matar a su propia hija y su esposo, o sea, a sus padres. Esta es la única verdad de esta historia. Yo, Ernesto, no te robé, llegaste a nuestras vidas. Sin saberlo, eres y serás siempre mi hijo amado. Yo no tuve la culpa de su separación. A mi hermana le conté esta historia a los días de nacer los trillizos. Por eso nos llamó, ya que este secreto lo conocían varias personas fuera de nosotros, por otras fuentes. Ya que por miedo a que les pasara algo nunca conté. Perdónenme si no les conté antes, espero que me comprendan.
En la sala de la casa se hizo un gran silencio. Ernesto se puso de pie y abrazó a sus padres. Luego levantó a Elena y la abrazó como si no quisiera separarse nunca de ella. Elena hizo lo mismo. Los dos no dejaban de llorar. Fue una escena tan triste y a la vez reconfortante que todos nos integramos a ese abrazo de unión familiar.
En eso llegó mi padre, a quien le contamos todo. Enseguida dijo que, para estar seguros, hablaría con su amigo dueño de la clínica genética para realizar una prueba de ADN. Ernesto le comentó a papá que no era necesario, pero Elena dijo que sí. Que ella no quería tener dudas al respecto. Que no era desconfianza, sino para que no quedaran dudas.
Mi padre llamó a su amigo y nos dio la cita para el día siguiente en la mañana.