Cataleya Dunner es una joven que ha aprendido a ocultar las cicatrices de un pasado que la marcó profundamente. Decidida a no volver a amar, ha construido muros alrededor de su corazón para protegerse del dolor.
Sin embargo, la llegada de alguien que no esperaba amenaza con derribar esas barreras.
Él representa todo lo que Cataleya no busca, pero también todo lo que necesita para volver a sentirse viva. A medida que sus caminos se entrelazan, Cataleya se enfrenta a la difícil decisión de abrir su corazón nuevamente o mantenerse en la seguridad de su mundo cerrado. ¿Podrá el amor sanar las heridas más profundas o el pasado doloroso será un obstáculo insuperable?
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La tormenta en sus ojos
Deaclan Müller
Cuando Zev me comentó que la muñeca estaba en Polonia, no podía creerlo. Saber que estábamos tan cerca no hacía más que aumentar mis ganas—y mis deseos—de verla.
Mi mañana se resumió en averiguar sobre la feria y reunirme con algunos socios aquí, en Polonia.
Pasé el día deseando verla... Y cuando llegó la hora del evento, no esperé más. Fui directo. Sinceramente, en estos momentos lo que menos me importa es la feria. Saber que ella está aquí ha cambiado todos mis planes.
Me encuentro en medio del bullicio, observándola desde lejos. Es tan tierna, sencilla y, a la vez, tan difícil y fuerte, que confunde a cualquiera con esa mezcla enigmática de dulzura y carácter.
Sé que aún no me ha visto; nuestras miradas no se han cruzado. Pero puedo notar cómo su celular vibra y, al leer el mensaje, todo su cuerpo se tensa. Se levanta y se mueve, adentrándose entre las bodegas. Instintivamente, me dispongo a seguirla, pero alguien se interpone.
—Señor Müller, es un placer verle por aquí —dice con una sonrisa.
—Caruso, el placer es mío —respondo, forzando una sonrisa.
Estoy desesperado por salir tras ella, pero no puedo dejar a Caruso hablando solo. Es uno de los amigos más cercanos de mis padres, un hombre al que respeto mucho.
La conversación se alarga, y se nos une alguien más a quien no conozco. Esa es mi excusa perfecta.
—Caruso, nos veremos más tarde —me despido con premura.
Comienzo a caminar rápidamente, buscando con la mirada, pero no la encuentro. Giro la cabeza a todos lados, sintiendo que se me escapa de las manos... hasta que choco con alguien.
Y justo es a quien buscaba.
No esperaba encontrarla así.
Está hecha un desastre. Tiembla, llora y su rostro refleja una consternación que duele.
Sin pensarlo, la rodeo con mis brazos. Siento cómo alguien se acerca y ella se tensa aún más.
—Sácame de aquí —susurra con la voz rota.
Sin dudarlo, le tomo la mano y la alejo de todo. La subo a mi auto sin pensarlo dos veces.
Sé que iban a presentarme oficialmente en la feria, y seguro que había otros compromisos... Pero eso ahora no importa. Solo quiero que ella esté bien.
No sé a dónde llevarla. Solo se me ocurre el hotel donde me estoy quedando.
Durante el camino, no deja de llorar. Quiero preguntarle qué ha pasado, quiero que se desahogue conmigo, pero no quiero presionarla. Solo aprieto su mano y conduzco.
En algún punto, se queda dormida.
Bajo del auto y la rodeo con mis brazos. Es liviana y cálida. Subo por el ascensor hasta mi piso. La observo: incluso devastada, es hermosa. Algo muy fuerte debió pasarle para que terminara así.
La dejo en la cama y me alejo un momento a revisar algunos mensajes y llamadas.
Entonces la escucho sollozar.
Me acerco, me siento a su lado y acaricio su rostro. No sé qué tiene, pero me nace cuidarla, protegerla. Nunca he sido un hombre de estar pendiente de una mujer, pero con ella... simplemente me sale serlo.
Pido algo de comida. Una hora después, despierta. Está desorientada, confundida.
—¿Estás más calmada? —pregunto con suavidad.
—Sí… gracias. ¿Dónde estoy?
—En mi apartamento. No sabía a dónde llevarte y esto fue lo único que se me ocurrió. ¿Quieres hablar de lo que pasó?
—Recibí un mensaje... Fui donde me decían. Al principio no entendía nada, pero luego escuché voces... y era mi padre. Con una mujer.
La envuelvo entre mis brazos. La acerco más a mí, y aunque no quiera admitirlo, este es el lugar donde quiero que esté.
—Pedí comida —le digo—. Ven, comamos algo. Sé que quizás no tengas hambre, pero al menos intenta. Seguro que no has comido nada con todo el estrés de la feria.
Durante la cena, apenas pronuncia palabra. Mantiene la mirada clavada en el plato, pero sin realmente verlo.
Después, volvemos a la cama. La veo tan callada, tan frágil, que me parte en dos.
Se recuesta y, sin decir nada más, comienzo a acariciar su rostro. Así, poco a poco, se queda dormida nuevamente.