Alessia Ferrer acepta casarse con el heredero de una familia rival para investigar la muerte de su hermano.
Lo que no esperaba descubrir es que su nuevo esposo también está buscando al asesino… y que ambos podrían estar viviendo con el enemigo dentro de sus propias familias.
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El funeral
La lluvia comenzó justo cuando el ataúd tocó el fondo de la tumba.
Alessia Ferrer no se movió.
Permanecía de pie frente al agujero oscuro en la tierra, con las manos entrelazadas delante de su vestido negro. El viento húmedo agitaba ligeramente su cabello, pero ella ni siquiera parecía notarlo.
A su alrededor, el cementerio estaba lleno de paraguas negros.
Familiares. Socios. Hombres armados disfrazados de guardaespaldas.
Todos habían venido a despedir a Gabriel Ferrer.
El heredero de la familia.
El orgullo de su padre.
El hermano mayor de Alessia.
Y ahora… un cadáver bajo tierra.
—Señorita Ferrer —murmuró alguien detrás de ella.
Alessia no se giró.
Sabía quién era.
—Los periodistas están intentando acercarse a la entrada del cementerio.
La voz pertenecía a Marco, uno de los hombres de seguridad de su familia.
—Que lo intenten —respondió ella con calma.
—Su padre no quiere escándalos hoy.
Alessia finalmente se volvió.
Sus ojos oscuros no mostraban lágrimas.
—Mi hermano fue asesinado —dijo con frialdad—. El escándalo ya existe.
Marco bajó la mirada.
No había respuesta para eso.
El sacerdote terminó sus últimas palabras mientras la lluvia caía con más fuerza.
—Que Dios reciba su alma en paz.
Unos cuantos asistentes hicieron la señal de la cruz.
Otros simplemente observaron en silencio.
Alessia miró fijamente el ataúd.
Todavía le parecía irreal.
Gabriel siempre había sido invencible.
El más fuerte.
El más inteligente.
El único capaz de mantener unida a la familia Ferrer cuando los negocios se volvían peligrosos.
Pero tres noches atrás lo habían encontrado en su coche.
Un disparo.
Directo al corazón.
Ejecutado.
Y lo peor era que nadie sabía quién lo había hecho.
O al menos…
nadie lo decía.
Alessia respiró profundamente.
En su mundo, las muertes raramente eran accidentes.
Siempre había un responsable.
Y ella pensaba encontrarlo.
—Alessia.
La voz grave de su padre la sacó de sus pensamientos.
Vittorio Ferrer estaba a su lado ahora.
Su rostro mostraba más cansancio que tristeza.
—Deberíamos irnos —dijo.
—Todavía no.
Vittorio observó la tumba.
—No podemos quedarnos aquí todo el día.
Alessia no respondió.
Sus ojos recorrían lentamente a los asistentes del funeral.
Empresarios.
Aliados.
Rivales.
Y entonces lo vio.
Un rostro que no pertenecía a su familia.
Un hombre alto, vestido con un impecable traje oscuro, permanecía a unos metros del grupo principal.
No hablaba con nadie.
No parecía incómodo.
Simplemente observaba.
Cuando sus miradas se encontraron, él no apartó la vista.
Eso fue lo primero que llamó la atención de Alessia.
La mayoría de las personas evitaban mirar demasiado a un Ferrer.
Ese hombre no.
—¿Quién es él? —preguntó en voz baja.
Su padre siguió la dirección de su mirada.
Durante un segundo, su expresión cambió.
Apenas un segundo.
Pero Alessia lo notó.
—Es un invitado.
—No parece uno.
Vittorio guardó silencio antes de responder.
—Es Thiago Castellani.
El nombre cayó como una piedra.
Alessia volvió a mirar al hombre.
Los Castellani.
La única familia con suficiente poder como para desafiar a los Ferrer.
—¿Qué hace aquí? —preguntó.
—Presentar sus respetos.
Alessia soltó una risa sin humor.
—¿En serio?
En ese momento, el hombre comenzó a caminar hacia ellos.
Sus pasos eran tranquilos.
Seguros.
Como si aquel cementerio también le perteneciera.
Cuando llegó frente a Vittorio, inclinó ligeramente la cabeza.
—Señor Ferrer.
Su voz era grave y controlada.
—Lamento la muerte de su hijo.
Vittorio lo observó con cautela.
—Aprecio el gesto.
Thiago asintió.
Entonces miró directamente a Alessia.
Sus ojos eran oscuros.
Imposibles de leer.
—Señorita Ferrer.
Alessia sostuvo su mirada sin pestañear.
—Señor Castellani.
Hubo un breve silencio.
La lluvia golpeaba los paraguas a su alrededor.
—Su hermano tenía muchos enemigos —dijo Thiago finalmente.
Alessia inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso suele ocurrir cuando uno es poderoso.
—También cuando alguien se acerca demasiado a la verdad.
Eso llamó su atención.
—¿Qué quiere decir?
Thiago sostuvo su mirada unos segundos más.
Luego simplemente respondió:
—Que espero que encuentren al responsable.
Pero Alessia no creyó en su tono neutral.
Había algo en sus palabras.
Algo calculado.
Algo que parecía una advertencia.
—Lo encontraré —dijo ella.
Thiago no discutió eso.
En cambio, una leve sombra de sonrisa apareció en su rostro.
—Estoy seguro de que lo intentará.
Luego se volvió hacia Vittorio.
—Debo retirarme.
—Buen día, señor Castellani.
Thiago dio media vuelta y comenzó a alejarse.
Alessia lo observó marcharse bajo la lluvia.
Algo en su instinto gritaba que ese hombre sabía más de lo que decía.
—Padre.
Vittorio la miró.
—¿Sí?
Alessia no apartó los ojos de la figura que se alejaba entre las tumbas.
—Quiero saber todo sobre los Castellani.
Vittorio frunció el ceño.
—¿Por qué?
Alessia finalmente respondió:
—Porque tengo la sensación de que el hombre que acaba de irse…
sabe algo sobre la muerte de Gabriel.
Y si estaba en lo correcto,
Thiago Castellani acababa de convertirse en la persona más peligrosa de su vida.