Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
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CAPÍTULO 14
Lara llevaba toda la mañana intentando concentrarse en sus responsabilidades, pero el recuerdo de lo sucedido la noche anterior seguía molestándola. No podía olvidar la osadía de Izan ni la manera en que la había besado sin su consentimiento. Aunque le avergonzaba reconocer que durante unos instantes había respondido a aquel beso, tenía claro que eso no justificaba lo ocurrido ni cambiaba su decisión de mantenerlo lejos.
Estaba revisando los registros de los caballos cuando su madre apareció en el establo.
—Lara, necesitamos hablar.
La joven levantó la mirada y notó la seriedad de su madre.
—¿Qué sucede?
Alondra se acercó, procurando mantener la calma.
—Me contaron que tuviste un altercado en una cantina del pueblo. Al parecer, un hombre te besó y terminaste golpeándolo delante de todos. Quiero que me expliques qué ocurrió.
Lara había imaginado que los rumores no tardarían en llegar a casa, pero prefería que su madre conociera la verdad por ella.
—Fue un incidente desagradable. Un hombre se tomó una libertad que no le correspondía y me defendí.
—¿Quién es ese hombre?
—Se llama Izan. No sé su apellido y tampoco me interesa averiguarlo.
—¿Dónde lo conociste?
Lara vaciló. Recordar el primer encuentro le provocaba la misma indignación que el segundo.
—En el arroyo. Estaba bañándome cuando apareció montado en su caballo. Se detuvo en la orilla y se quedó mirándome. Cuando me di cuenta de que estaba allí, salí del agua y tuve que esconderme detrás de un árbol para vestirme.
Alondra se llevó una mano al pecho.
—¿Ese hombre te observó mientras te bañabas?
—Sí. Y, en lugar de marcharse cuando me descubrió, se quedó allí. Le lancé una piedra para que entendiera que no podía comportarse de esa manera y me fui.
—¡Qué desvergüenza! ¿Y después volvió a buscarte?
—Nos encontramos por casualidad en la cantina. Discutimos y, de repente, me sujetó el rostro y me besó. Lo aparté, le di un puñetazo y después una patada. No pienso volver a verlo.
La expresión de Alondra se suavizó. Se acercó a su hija y le tomó las manos.
—Siento que hayas tenido que pasar por eso, cariño.
—No tienes que sentirlo, mamá. Yo no hice nada malo.
—Lo sé. Pero quiero asegurarme de que ese hombre no vuelva a molestarte.
—No lo hará. Se lo dejé muy claro.
—¿Estás segura de que no sabes quién es ni de qué familia procede?
—No, y tampoco quiero saberlo.
Una voz masculina interrumpió la conversación.
—¿Qué hombre ha besado a mi hija?
Ambas se volvieron. Ramiro estaba en la entrada del establo. Había llegado buscando a Lara y había escuchado la última parte de la conversación. Su expresión cambió al comprender lo que acababa de oír.
—Papá…
—Quiero saber qué ocurrió —exigió, acercándose—. Y quiero que me lo cuentes todo.
Alondra intentó intervenir.
—Ramiro, deja que te explique con calma.
Pero Lara conocía demasiado bien el temperamento de su padre para ignorar la tensión que se había apoderado de su rostro. Aun así, le relató lo sucedido junto al arroyo y después en la cantina, sin ocultar que Izan la había besado sin su consentimiento.
A medida que escuchaba, Ramiro apretaba los puños.
—¿Ese hombre te encontró bañándote, se quedó mirándote y después tuvo la desfachatez de besarte delante de todo el pueblo?
—Sí, pero ya me encargué de él —respondió Lara—. No quiero que esto se convierta en algo más grande.
—¿Cómo puedes decir eso? ¡Ese hombre te faltó al respeto a ti y a nuestra familia!
—¡A mí me faltó al respeto, papá, pero eso no significa que yo haya perdido mi dignidad! No tienes que tratarme como si hubiera hecho algo de lo que deba avergonzarme.
Ramiro se quedó inmóvil un instante. No era su intención culparla, pero la indignación le impedía ordenar sus pensamientos.
—No estoy diciendo que tengas la culpa. Estoy diciendo que ese hombre debe responder por lo que hizo.
—Y puede hacerlo sin que tú cometas una locura.
Ramiro no contestó. Se dio la vuelta y salió del establo.
—¡Ramiro, espera! —lo llamó Alondra.
Lara fue tras él.
—¡Papá! ¿Adónde vas?
Él entró en la casa y regresó poco después con una escopeta.
Lara se quedó horrorizada.
—¡¿Qué haces con eso?!
—Voy a encontrar a ese hombre.
—¿Para qué? ¿Para amenazarlo con un arma? ¡No puedes presentarte en casa de alguien dispuesto a disparar!
—¡No voy a permitir que humillen a mi hija y que todo quede así!
—¡No me han humillado a mí! —replicó Lara—. ¡Estoy enfadada, pero puedo defenderme sola!
Ramiro montó su caballo.
—Vuelve a la casa.
—No pienso dejarte ir armado detrás de ese hombre.
—Lara, no me obligues a discutir contigo.
—Entonces escúchame por una vez.
Él hizo girar el caballo y salió al galope sin responder.
—¡Papá!
Lara corrió hacia las caballerizas, ensilló a Canela y montó rápidamente.
—¡Lara, no vayas detrás de él! —gritó Alondra.
—¡Tengo que detenerlo, mamá!
La joven salió en persecución de su padre. Conocía su carácter y sabía que, cuando la ira lo dominaba, podía olvidar las consecuencias de sus actos.
Y aquella vez llevaba un arma.
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En la hacienda Orellana, Izan y Adriel revisaban unas cuentas relacionadas con el mantenimiento de los cercados. Sael se había reunido con ellos para hablar de las reparaciones pendientes en una zona cercana al arroyo, donde cualquier modificación exigía especial cuidado debido a la antigua disputa con los Dávila.
—Quiero que revisemos los límites antes de autorizar las obras —indicó Sael—. No pienso darles otro motivo para cuestionar nuestros derechos sobre el agua.
—Me encargaré de revisar los registros —respondió Izan—. Después inspeccionaré la zona personalmente.
Un ruido de cascos interrumpió la conversación.
Un jinete apareció por el camino de entrada a toda velocidad. Frenó bruscamente y desmontó sin esperar a que ningún trabajador se acercara. Llevaba una escopeta en la mano y una expresión que hizo que Adriel se pusiera de pie de inmediato.
—¡¿Dónde está?! —rugió el recién llegado—. ¡¿Dónde está el hombre que se atrevió a faltarle al respeto a mi hija?!
Izan intercambió una mirada desconcertada con Adriel.
—¿Qué está pasando? —murmuró.
Sael avanzó hacia el visitante. Bastó un instante para reconocerlo.
—¿Ramiro Dávila? —preguntó, sorprendido—. ¿Qué haces en mi hacienda?
Ramiro se volvió hacia él con una mezcla de furia y desprecio.
—¡Así que todavía tienes el descaro de preguntármelo, Sael Orellana!
La expresión de Sael se endureció.
—Estás en mi propiedad y vienes armado. Exijo que me expliques qué sucede.
—¡He venido a buscar al hombre que deshonró a mi hija!
Al escuchar aquellas palabras, Izan dejó de prestar atención a la discusión entre los patriarcas. Una inquietud repentina le recorrió el cuerpo.
—¿Su hija? —preguntó.
Ramiro giró hacia él, como si acabara de recordar que había más personas presentes.
—¡Sí, mi hija! ese hombre la vió bañándose en el arroyo, se quedó mirándola y después la besó delante de todo el pueblo. ¡Quiero que responda por lo que hizo!
Izan sintió que el estómago se le encogía.
Lara.
El nombre apareció en su mente antes de que pudiera evitarlo. La mujer del arroyo y la de la cantina eran la misma persona. Pero ¿por qué aquel hombre hablaba de ella como si fuera su hija?
—¿Está hablando de Lara? —preguntó, incapaz de ocultar su desconcierto.
Ramiro se volvió hacia él.
—¿Cómo sabes su nombre?
Izan no respondió enseguida. Miró a Ramiro, intentando encontrar en sus facciones alguna señal que le permitiera comprender lo que estaba ocurriendo.
—Porque la conozco —admitió finalmente.
La mirada de Ramiro se volvió amenazante.
—¡Tú! ¿Eres tú el hombre que estoy buscando?
Sael miró a su hijo con incredulidad.
—¿Izan?
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