En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.
NovelToon tiene autorización de Genesis YEPES para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
15
Los cuarenta días
El ala este del convento quedó cerrada. Tres celdas. Tres llaves. Una sola ventana alta en cada habitación que dejaba pasar una luz gris y escasa. Les llevaron pan, agua y un poco de caldo una vez al día. El hermano lego que dejaba la bandeja en el suelo no hablaba. No miraba a los ojos. Solo abría la trampilla, empujaba la comida y volvía a cerrar.
Bernat fue el primero en dejar de fingir. Al segundo día de recogimiento ya no se cubría la boca cuando tosía. El polvo caía sobre el jergón y formaba círculos que él contemplaba con atención. La raíz le había cruzado el pecho. Por las noches la sentía latir justo encima del corazón, como una segunda sangre más lenta y más fría. Escribía en la pared con el dedo manchado. No palabras. Solo el signo que había visto en el cuaderno de Fray Tomás, repetido hasta que la piedra quedó cubierta de trazos negros.
Fray Diego resistió más. Se obligaba a rezar cada hora. Contaba los salmos en voz alta para no escuchar el latido debajo de la lengua. Pero el grano seguía creciendo. Al cuarto día ya le impedía cerrar la boca del todo. Tenía que hablar con los labios entreabiertos. El sabor a hierro quemado se había vuelto permanente. Cuando el hermano lego dejaba la bandeja, Fray Diego apenas tocaba el pan. El agua le sabía a ceniza. Fray Lorenzo fue el último en admitir lo que ocurría. Durante los primeros seis días se negó a mirarse las manos. Se las escondía bajo las mangas. Rezaba hasta quedarse ronco. Escribía informes mentales que nunca pondría en papel: “El fenómeno se contuvo en el valle. La tierra fue neutralizada. Los hermanos afectados solo sufren de agotamiento y sugestión.” Pero al séptimo día, cuando el círculo negro de su palma empezó a arder con un calor constante, tuvo que mirarlo. El círculo era perfecto. Del tamaño de una hostia. En el centro, la piel se había vuelto gris y brillante.
Esa misma noche Fray Lorenzo escupió por primera vez. El polvo cayó sobre el suelo de su celda y formó un círculo idéntico al de su mano. Lo cubrió con la manta. No durmió.
Al décimo día el hermano lego no apareció. La trampilla no se abrió. El pan y el agua del día anterior se habían secado sobre la bandeja. Fray Diego golpeó la puerta con los nudillos. Nadie respondió. Bernat se rió desde su celda. La risa terminó en una tos larga que dejó un rastro negro bajo la puerta.
—Ya no vienen
dijo Bernat con voz pastosa.
—El olor llegó al resto del convento. O al prior. O a los dos. Ahora somos nosotros el valle.
Fray Lorenzo no contestó. Se había arremangado hasta el hombro. La raíz negra trepaba por el antebrazo derecho con la misma forma que había visto en Bernat. Una ramificación fina se dirigía hacia la axila. El latido ya no estaba solo en la mano. Estaba en el pecho, sordo, sincopado, distinto del corazón. Al duodécimo día Fray Diego dejó de rezar. Se sentó en el suelo, frente a la pared, y se tocó la lengua una y otra vez. El grano se había abierto. Ahora había un hueco caliente en el centro de la boca. Cuando tosía, el polvo salía con más facilidad. Ya no intentaba contenerlo. Dejaba que cayera y formara sus círculos perfectos sobre la piedra.
Bernat hablaba solo. O con alguien que solo él oía. Repetía el nombre largo y roto que nadie había sabido pronunciar en el valle. Cada vez que lo decía, la raíz de su pecho latía con más fuerza. Una noche, cerca de la hora de completas, se oyó un golpe seco en su celda. Después silencio. Fray Lorenzo y Fray Diego esperaron. No volvió a oírse la voz de Bernat. Solo, de vez en cuando, un roce suave, como de polvo que cae sobre polvo.
Al decimoquinto día la trampilla de Fray Lorenzo se abrió por fin. No era el hermano lego. Era Fray Alonso, el prior. Tenía el rostro cubierto con un paño hasta los ojos. En la mano llevaba un brasero portátil. Dejó una nueva bandeja en el suelo y habló con voz apagada:
—El calero murió. Lo encontraron esta mañana junto al horno. La boca llena de polvo negro. El horno sigue sellado, pero el calor se siente a diez pasos. He ordenado que se levante un muro alrededor. Nadie se acercará.
Fray Lorenzo intentó hablar. Solo salió un sonido ronco mezclado con ceniza. Escupió hacia un lado.
—¿Y nosotros?
logró preguntar.
—Seguiréis aquí. Hasta que el fenómeno se agote o hasta que Dios disponga otra cosa. He enviado mensaje a Zaragoza. Que decidan ellos.
El prior cerró la trampilla. Se oyeron sus pasos alejarse por el corredor. Después el ruido de una segunda llave, más pesada, cerrando el acceso al ala este.
Fray Diego, desde su celda, habló por primera vez en días:
—Ya no somos tres. Bernat se ha ido. Yo siento el nombre completo. Está debajo. Late. Pronto hablará solo.
Fray Lorenzo no respondió. Se miró la palma. El círculo negro se había extendido. Ahora ocupaba casi toda la mano. En el centro, la piel empezaba a agrietarse. De las grietas salía un polvo fino que se llevaba la corriente de aire de la ventana.
Esa noche, por primera vez desde que llegaron a Teruel, los tres o lo que quedaba de ellos oyeron el mismo sonido. Venía de debajo del suelo del convento. Un roce largo, como de muchos pies descalzos. Después una tos múltiple, seca, que no pertenecía a ninguna voz conocida. Y al final, claro, el nombre. El mismo nombre que había terminado de escribirse en el valle de Albarracín.
Fray Lorenzo se tapó los oídos. La raíz bajo su piel respondió con un latido más fuerte. Y en la celda de al lado, Fray Diego empezó a reírse con una risa que no era del todo suya.