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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Capítulo 15: El ex

Valentina durmió veintitrés minutos.

No seguidos.

Cada vez que cerraba los ojos, el monitor de Carmen emitía un sonido distinto o una enfermera entraba a tomar presión. Sebastián permaneció en la silla contra la pared hasta que amaneció, con la camisa arrugada, el celular en silencio y esa expresión de hombre que podía negociar con un comité entero pero no con el cansancio de una mujer que no quería soltar la mano de su abuela.

A las siete, el Dr. Mora pasó visita.

—Buenos días, Doña Carmen. ¿Cómo amaneció?

—En hospital. Eso ya es una falta de respeto.

Daniel sonrió.

—La tomografía sigue limpia. Vamos a esperar cardiología y repetir electrolitos al mediodía. Si todo mejora, quizá mañana pueda irse a casa con indicaciones estrictas.

—¿Mañana? —Carmen frunció el ceño—. Tengo frijoles remojando.

—Los frijoles pueden esperar.

—Usted no conoce mis frijoles.

Valentina se rió con la garganta raspada.

Daniel revisó la hoja de enfermería y luego la miró a ella.

—Usted necesita desayunar.

—Estoy bien.

—Eso dicen todos los familiares antes de marearse en el pasillo.

Sebastián se levantó.

—Voy por algo.

—No —dijo Valentina—. Tengo que ir a la universidad.

Los tres la miraron.

—No a dar clase —aclaró—. A dejar documentos, pedir que me cubran y avisar formalmente. Si no lo hago, Rectoría me va a llamar cada media hora.

Carmen abrió un ojo.

—Ve. Y péinate. Pareces fantasma con licenciatura.

—Abue.

—Es verdad.

Sebastián tomó las llaves.

—Te llevo.

Valentina negó antes de pensarlo.

—No. Es la universidad. Hay gente. Reglas.

Él apretó la mandíbula, pero no discutió.

—Entonces un taxi de aplicación y me mandas placa.

—Sí.

Daniel observó ese intercambio con discreción médica mal disimulada.

Valentina lo notó tarde. Se ajustó el suéter, besó la frente de Carmen y salió con la sensación de estar dejando el corazón sobre la cama.

En la Universidad de San Valero, la mañana parecía insultantemente normal.

Estudiantes con mochilas, vendedores de café, carteles de seminarios, alguien tocando guitarra cerca de la fuente. Valentina caminó hacia la Facultad de Lenguas con el cabello recogido de cualquier manera y la misma blusa de la noche anterior bajo un suéter. Luciana la esperaba en la puerta.

—Tengo tus grupos cubiertos hasta mañana —dijo sin saludar—. Y antes de que protestes, cállate.

Valentina la abrazó.

Luciana se quedó rígida medio segundo y luego le dio palmaditas torpes en la espalda.

—Ay, no. Si lloras, lloro, y yo me veo horrible llorando.

—Gracias.

—La próxima me agradeces con chilaquiles. ¿Cómo está tu abuela?

—Estable. Observación. Cardiología pendiente.

—Bien. Vamos paso por paso.

—Sebastián está con ella —añadió Valentina, antes de arrepentirse.

Luciana parpadeó.

—¿El Sebastián?

—No empieces.

—No estoy empezando. Estoy archivando información para gritar después.

—No hay nada que gritar.

—Tu abuela hospitalizada, tú sin dormir y el jefe Montero haciendo guardia. Claro, todo súper normal.

Valentina se frotó la frente.

—Me ayudó.

La expresión de Luciana se suavizó sin perder filo.

—Entonces hoy no lo insulto. Mañana vemos.

Eso, de Luciana, era prácticamente una bendición.

Paso por paso.

Valentina repitió eso como mantra mientras firmaba una solicitud de ausencia temporal, entregaba una lista de temas para sus grupos y respondía dos correos con frases coherentes solo por milagro. La secretaria del rector apareció en la puerta de la coordinación.

El celular vibró antes de que pudiera levantarse.

`Cardiología ya la valoró. Sigue estable. Está dormida.`

Sebastián.

Valentina cerró los ojos un segundo y respondió:

`Gracias. Vuelvo en cuanto termine aquí.`

Luciana leyó su cara, no la pantalla.

—Paso por paso —repitió, más suave.

—Profesora Solís, el Rector Sandoval pregunta si puede pasar un momento. Es por el convenio de becas, solo una firma.

Valentina quiso decir que no. Luego recordó que una beca no tenía culpa de su noche.

—Un minuto.

El despacho del rector olía a café caro y aire acondicionado. Valentina firmó el documento sin sentarse. Estaba devolviendo la pluma cuando la puerta interior se abrió.

—Entonces revisamos el anexo con legal y lo vemos el viernes —decía una voz masculina.

Valentina dejó de respirar.

Andrés Castellano Ruiz salió del despacho con un traje azul impecable, el cabello más corto que en la universidad y la misma forma de detenerse como si el mundo le hubiera puesto una pared de golpe.

—Vale.

Nadie la llamaba así con esa mezcla de sorpresa y memoria.

Rector Sandoval sonrió, ajeno al desastre.

—Ah, se conocen. Excelente. El licenciado Castellano representa a Castellano Infraestructura en el nuevo convenio de movilidad.

Valentina obligó a su cuerpo a funcionar.

—Fuimos compañeros en la capital.

Andrés la miró.

—Fuimos más que eso.

El silencio se volvió incómodo.

El rector carraspeó.

—Bueno, los dejo saludarse. Profesora, gracias por la firma.

Cobarde, pensó Valentina, pero no supo si se lo decía al rector o a sí misma.

Cuando la puerta se cerró, Andrés dio un paso hacia ella.

—No sabía que estabas en San Valero.

—Hace un año.

—Un año...

Lo dijo como si alguien le hubiera escondido una noticia que le pertenecía.

Andrés llevaba un reloj discreto, zapatos impecables y una carpeta de piel con el logo de Castellano Infraestructura grabado en seco. Ya no era el muchacho que la esperaba afuera de la biblioteca con café barato y apuntes subrayados. Ese hombre podía sentarse frente al rector, hablar de convenios y salir con promesas firmadas.

Pero sus ojos seguían siendo los mismos cuando la miraban.

Eso fue lo que más la enojó.

Valentina apretó la carpeta contra el pecho.

—Tengo prisa.

—Te ves cansada. ¿Estás bien?

—Sí.

Sus ojos bajaron al brazalete de visitante del hospital que ella no se había quitado.

—No estás bien.

Valentina metió la mano en el bolsillo.

—Mi abuela está hospitalizada. No es un buen momento.

La expresión de Andrés cambió de inmediato. La elegancia se le cayó un poco de la cara y apareció el hombre que ella había querido a los veintidós: preocupado, rápido, demasiado familiar.

—¿Carmen? ¿Qué pasó? ¿Necesitas algo? Conozco gente en—

—No.

La palabra salió más dura de lo necesario.

Andrés se detuvo.

—Perdón.

Se pasó una mano por el cabello, un gesto que ella recordaba demasiado bien.

—Vi tu nombre en un anexo del convenio —dijo—. Valentina Solís Herrera. Pensé que podía ser otra persona, pero... ¿cuántas Valentinas Solís traducen portugués como si hubieran nacido pensando en tres idiomas?

—No vine a hablar de mi currículum.

—No. Viniste a salvar el día aunque estés a punto de caerte.

—No me conoce tanto como cree.

—Te conozco cansada. Te conozco orgullosa. Te conozco fingiendo que nada te duele.

Valentina sintió que la vieja rabia se acomodaba en su sitio, exacta.

—Eso lo aprendió antes de irse.

Valentina cerró los ojos un segundo.

—No puedo hacer esto hoy.

—Entonces otro día.

—Andrés.

—No me voy a ir otra vez sin hablar contigo.

Esa frase le abrió una puerta que ella había cerrado con uñas, orgullo y años.

—No hay nada que hablar.

Él soltó una risa baja, triste.

—Siempre fuiste mala mintiendo cuando estabas cansada.

Valentina dio un paso hacia la salida.

Andrés bajó la voz.

—No me fui porque dejara de quererte, Vale.

La frase la dejó clavada frente a la puerta.

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Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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