Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 15
Capítulo 15: La trampa del hotel
Una semana bastó para que la casa se acostumbrara a ella, y para que Ariadna se hartara de su encierro.
Se escapó del castigo una tarde, aprovechando que su padre estaba de viaje, y se presentó en Las Lomas con un ramo y una sonrisa, dizque a visitar al pobre Emilio convaleciente. La verdad era que se moría por ver si los rumores de la doctora viviendo ahí eran ciertos.
Renata estaba en el cuarto de Emilio, revisándole la pierna enyesada, cuando Ariadna entró sin tocar.
—¡Emi, mi amor, mira nada más cómo te dejaron! —Se abalanzó a abrazarlo, y al inclinarse, su cadera tiró del banquito donde Emilio había montado, pieza por pieza, el proyecto que llevaba meses armando para un concurso de robótica de la universidad.
El armazón se vino abajo. Engranes y placas saltaron por el suelo, y una pieza diminuta —el servomotor que había tardado semanas en conseguir— rodó bajo la cama y crujió bajo el tacón de Ariadna.
—¡No! —Emilio se incorporó de golpe, blanco—. ¡Mi proyecto! ¡Llevo seis meses en eso! ¿Qué hiciste?
—Ay, fue sin querer, no te pongas dramático, es un juguetito…
—¡No es un juguete! —Por primera vez, Emilio le habló a Ariadna con verdadera furia—. ¡Lárgate! ¡Vete de mi cuarto!
Mientras Ariadna farfullaba excusas, Renata ya estaba en el suelo, de rodillas, recogiendo las piezas una por una con cuidado de cirujana, clasificándolas sobre la cama. Encontró el servomotor aplastado, lo examinó.
—El engrane interno está roto, pero la carcasa aguanta —dijo, tranquila, profesional—. Si conseguimos otro servo del mismo modelo, lo trasplantamos y no pierdes la calibración. Tienes tiempo todavía. Hazme una lista de lo que falta y yo te lo consigo mañana.
Emilio la miró como si la viera por primera vez. La mujer a la que llevaba semanas tratando como a una intrusa estaba en el piso de su cuarto, rescatándole pieza por pieza el trabajo de medio año, sin un reproche, sin cobrarle el desprecio con que él la había tratado.
—¿Por… por qué me ayudas? —masculló—. Si yo te he tratado como basura.
—Porque te duele perderlo. —Renata le puso las piezas ordenadas en las manos—. Y eso me basta. Ahora estate quieto, doctora's orders.
Algo se le ablandó a Emilio en la cara. Tragó saliva.
—Gracias… Renata.
No "esa". No silencio hostil. Su nombre. Renata lo notó, y le sonrió.
—De nada, Emi.
Desde la puerta, Ariadna lo observaba todo con los ojos entrecerrados, viendo cómo se le escapaba hasta el último aliado.
—Disfruta tu papelito de enfermera —escupió antes de irse—. Pero que te quede clara una cosa, doctora: en esta casa los dos hermanos te detestan. Eres la mujer que destrozó a Maximiliano. Tarde o temprano te van a echar como a un perro. Igualito que la última vez.
Salió dando un portazo. Emilio y Renata se quedaron un momento en silencio.
—No le hagas caso —murmuró Emilio, incómodo, jugando con una pieza entre los dedos—. Está loca. Oye… doc. Lo de estas semanas. Te traté muy mal. Pensé que… bueno, lo que todos piensan de ti. Que eres la que dejó tirado a mi hermano.
—Lo soy. —Renata no levantó la vista de las piezas—. Yo lo dejé, Emi. Eso es verdad.
Emilio frunció el ceño, confundido por la franqueza.
—Pero hay algo que no cuadra —dijo despacio, más listo de lo que aparentaba—. Una mala mujer no se pasa la tarde en el piso rescatando el proyecto de un escuincle que la trató como perro. Mi hermano dice que eres de hielo, igual que él. Y yo creo que los dos son unos pésimos mentirosos.
Renata se quedó quieta un segundo. Después le puso la última pieza en la mano y se levantó.
—Termínate tu lista de piezas, ingeniero. Mañana las consigo.
Pero la frase de Ariadna se le había clavado: "la mujer que destrozó a Maximiliano". Si Emilio supiera. Si todos supieran lo que de verdad había pasado aquella noche de lluvia, lo que ella había cargado sola seis años para que ninguno de esos dos hermanos tuviera que cargarlo.
—
Esa noche le entró la llamada.
—¿Doctora Salas? —Una voz de mujer, dulce, profesional—. Le hablo de una agencia de colocación médica. Tenemos a un cliente, un empresario extranjero, que requiere una médica privada de confianza para acompañarlo durante su estancia en el país. El pago es… bueno, es muy generoso. —Mencionó una cifra que hizo que a Renata se le cortara la respiración: el depósito de medio año del departamento de la abuela, de un golpe—. ¿Le interesaría una entrevista? Sería mañana, en el hotel donde se hospeda el cliente. Suite presidencial.
Renata dudó. Algo en su instinto chirrió: una entrevista en una suite de hotel, no en una oficina ni una clínica. Pero la cifra. La abuela. Las medicinas. Siempre la misma matemática.
—¿Puedo saber el nombre del cliente?
—Prefiere mantener la discreción hasta la entrevista. Es alguien conocido. Le aseguro que es todo muy profesional, doctora.
Renata se mordió el labio. La discreción, la suite, el pago desproporcionado: cada detalle encendía una alarma pequeña en su cabeza de médica acostumbrada a leer lo que la gente no dice. Pero llevaba semanas haciendo cuentas imposibles. La renta del departamento de la abuela. Las medicinas que subían de precio cada mes. La deuda que Rodrigo no la dejaba olvidar. Y esa cifra, dicha al descuido por una voz amable, era oxígeno.
"Una entrevista. A plena luz, en un hotel lleno de gente. ¿Qué puede pasar?", se dijo, y hasta ella supo que se lo decía para callar la alarma, no para creérselo.
Debió haber dicho que no. Lo supo después, demasiado tarde. Pero dijo:
—Está bien. Mañana.
—
El hotel era de cinco estrellas, de mármol y candelabros. Renata cruzó el vestíbulo con su maletín y su bata doblada, repitiéndose que era una entrevista de trabajo, nada más, que entraba, escuchaba la oferta y se iba.
Llamó el elevador. Las puertas se abrieron. Entró, pulsó el piso de la suite, y mientras las puertas empezaban a cerrarse revisó su teléfono para no pensar en el nudo del estómago.
No vio, al fondo del vestíbulo, a un hombre alto de traje oscuro que acababa de salir de una junta de negocios en el mismo hotel y que se quedó congelado a media zancada, con el teléfono a medio camino de la oreja.
Max la había visto entrar al elevador.
Y no entendía nada. ¿Qué hacía Renata en un hotel, sola, de noche, con su maletín médico, entrando al ala de las suites? Por un instante, lo peor que un hombre puede pensar le cruzó la cabeza, y se odió por pensarlo. Pero conocía esa cara. La conocía de hacía seis años, de mil pequeños desastres: la cara de Renata cuando creía estar tomando una decisión razonable y en realidad caminaba directo a una trampa. La misma cara que tenía la noche en que la mordió el perro.
Y reconoció, en el reflejo de las puertas que se cerraban sobre la cara de Renata, la misma expresión que ella ponía cuando caminaba directo hacia un peligro sin saberlo.
Las puertas se cerraron. El indicador empezó a subir.
Y Max echó a correr hacia la recepción.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭