Lía Salcedo es una joven enfermera a cargo de los cuidados de Bautista Alcázar, un magnate que termino en coma debido a un accidente. Lo que no esperaba es que esa primera noche, el padre de Bautista pusiera una droga en la habitación con la intención de que su protegida, Renata, lograra quedar embarazada, pero, quien termino pasando la noche con Bautista fue Lía.
Así que lo que parecía un trabajo simple, se vuelve algo más peligroso, viéndose envuelta en disputas familiares, con la madre de Bautista tratando de protegerlo y su padre intentado que Renata conciba un hijo de Bautista usando cualquier medio para lograrlo. Mientras que Lía también lidia con su propia familia que quiere venderla. Pero, en medio de todo esto, se descubre que Lía está embarazada y Valeria la madre de Bautista, aprovechara esto para dejar fuera a Horacio y Renata.
NovelToon tiene autorización de MeriGrei para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Capítulo 15
La reacción apareció como una mancha pequeña.
Lía la vio antes que Daro, antes que el médico y antes que Valeria: un enrojecimiento discreto en el cuello de Bautista, cerca de la línea de la almohada.
—Esto no estaba.
Daro se inclinó.
—Capaz es calor.
—Capaz no.
Pidió cambiar sábanas, revisar crema médica, jabón, guantes, perfume del personal, todo lo que hubiera tocado la piel de Bautista durante las últimas veinticuatro horas.
Una enfermera resopló.
—Es una manchita.
Lía la miró.
—En un paciente inmóvil, una manchita se revisa.
La mujer se calló, pero no lo suficiente.
—Desde que está embarazada se cree dueña del ala.
Daro abrió la boca.
Lía lo frenó con un gesto.
—No discutas con gente que quiere público —dijo sin apartar la vista de la piel de Bautista.
—Yo soy buen público.
—Sos pésimo. Aplaudís cuando no toca.
Daro cerró la boca con esfuerzo.
—Anotá quién entró al cuarto desde ayer.
—Con gusto —dijo él, mirando a la enfermera con una felicidad peligrosa.
Bautista escuchó todo.
Le molestó la mancha. Le molestó más la frase.
“Desde que está embarazada.”
Como si el embarazo fuera una trampa, una coronita o una enfermedad moral.
Lía trabajó dos horas sin sentarse. Cambió la funda, limpió la zona, sacó fotos para el médico y guardó una muestra de la crema que encontró abierta en un cajón donde no debía estar.
—Esta no es la indicada —dijo.
Daro olió el envase.
—Tiene perfume.
—Por eso.
El médico confirmó irritación por contacto. Nada grave, pero tampoco casual si el producto no pertenecía al protocolo.
Valeria llegó con una calma de tormenta.
—¿Quién trajo esa crema?
Nadie contestó.
Bruno revisó cámaras.
La respuesta apareció antes de la cena: Clara, una auxiliar de limpieza, había entrado con la excusa de ordenar toallas. En el video se la veía abrir el cajón, dejar el envase y mirar hacia la puerta.
Clara lloró cuando la enfrentaron.
—Me dijeron que era la crema nueva.
—¿Quién? —preguntó Valeria.
Clara miró a Renata.
Renata no se movió.
—Yo jamás le di nada.
—Nadie dijo que la hubieras dado vos —contestó Valeria.
Renata sostuvo la mirada.
—Pero todos lo están pensando.
—Si te molesta lo que piensan de vos, empezá por no aparecer siempre al borde de cada daño.
Clara bajó la cabeza.
—No sé el nombre. Una mujer del ala principal.
Valeria no gritó. Eso la hizo más temible.
—Fuera.
Clara pasó de llorar a insultar en menos de un minuto.
—¡Lía también huele dulce! ¡Por qué a ella no la sacan! Seguro al señorito le gusta ese olor aunque esté hecho una planta.
El patio quedó mudo.
Lía se quedó helada.
Bautista no pudo ver la escena, pero Mateo se la contó con demasiada precisión una hora después.
—Bruno la sacó casi en el aire —dijo—. Tu madre parecía capaz de comprarle la vida para destruirla con factura.
Mateo lo miró.
Lía volvió más tarde, con el pelo húmedo.
—Me bañé dos veces —dijo mientras revisaba el cuello de Bautista—. Si sigo, me quedo sin piel.
Traía la ropa del uniforme recién cambiada y las manos un poco rojas por el jabón. Aun así, antes de tocarlo revisó dos veces el envase de la crema, como si desconfiara hasta de sus propios dedos.
—Mirá en lo que me convertí —murmuró—. En inspectora de olores.
Daro, desde la puerta, intentó bromear.
—Yo no sentí olor raro.
—Vos no sentís ni cuando se quema el café.
—Eso fue una vez.
—Tres.
Bautista oyó el intercambio y se sorprendió al notar alivio. Lía seguía ahí. Enojada, humillada, cansada. Pero ahí.
Ella aplicó la crema correcta con movimientos suaves.
—No soy Renata. No entro envuelta en perfume de shopping.
La frase salió con más veneno del que esperaba.
Se arrepintió enseguida.
—Perdón. Estoy insoportable.
Bautista quiso negarlo.
No pudo.
La mano, en cambio, se tensó apenas bajo la sábana.
Lía se detuvo.
—¿Te duele?
Nada.
Ella esperó un segundo y después volvió al cuello.
—Bueno. Si te da alergia algo mío, lo resolvemos. Pero no me voy a bañar con lavandina para conformar a una resentida.
Bautista sintió una respuesta inmediata, casi violenta.
Ni se te ocurra.
El monitor subió un poco.
Lía lo miró.
—Ah, eso sí te importa.
Daro se asomó.
—¿Qué pasó?
—Nada. El joven Alcázar tiene opiniones sobre higiene extrema.
—Bien por él.
La tensión cedió apenas.
Esa noche, Valeria mandó revisar todos los productos personales del ala médica. Lía entregó los suyos sin protestar: jabón neutro, shampoo de la residencia, crema sin perfume, desodorante clínico.
Nada dulce.
El rumor, igual, ya corría.
Algunas empleadas decían que Clara había sido injustamente echada por culpa de Lía. Otras decían que Renata estaba perdiendo paciencia. Nadie decía lo más obvio: alguien había intentado probar hasta dónde podía tocar a Bautista sin dejar huella.
Eso fue lo que más enfureció a Lía. No el chisme sobre ella, no la humillación del olor, sino la facilidad con que todos olvidaban que Bautista era una persona. Un cuello rojo, una crema ajena, una mano que no podía apartarse: para la casa eran detalles. Para ella, eran una alarma.
Mateo volvió tarde.
—Tu vieja pidió análisis del envase. Si hay algo raro, Clara no va a ser la única en caer.
Mateo se quedó callado.
—Está en el cuarto de al lado. Bruno puso guardia extra.
Mateo soltó aire por la nariz.
—Sos un desastre emocional con un dedo operativo.
Bautista habría querido echarlo.
Mateo sonrió.
—Sí, sí. Ya sé. Fuera.
Cuando Lía entró para la última ronda, el cuarto estaba en silencio.
—No sé quién puso esa crema —dijo—. Pero sé que no fue una torpeza.
Le acomodó la sábana.
—Y sé que vos pensás que Renata no puede ser. Está bien. Yo también quise creer cosas más cómodas toda mi vida.
Bautista no pudo defender a Renata.
Esa fue la primera vez que el silencio no le alcanzó para sostenerla.