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CAPITULO 14- Verdades que condenan.
La noche había caído sobre el ala oeste del ducado, cubriendo los pasillos con un silencio denso, casi antinatural.
Las velas apenas lograban iluminar los corredores, y el viento que se colaba por las rendijas hacía que las llamas temblaran como si presintieran lo que estaba por suceder.
Sacha lo sabía.
Desde hacía días sentía esa mirada
constante. Pesada. Insistente. Observándola incluso cuando no podía verlo.
Pero esa noche era diferente.
Esa noche… el peligro ya no se ocultaba.
—Nana sofia —susurró, sin apartar la vista de la puerta—. Hoy va a pasar algo.
Sofía, que se encontraba junto a la mesa, dejó lentamente lo que tenía en las manos.
—Yo también lo siento.
Un leve crujido rompió el silencio.
Ambas se quedaron completamente inmóviles.
Pasos.
Lentos. Cuidadosos. Pero decididos.
Del otro lado de la puerta.
El guardia.
Sacha no se movió, pero sus ojos se endurecieron.
—No abras —dijo Sofía en voz baja.
Pero no fue necesario.
Porque la puerta… comenzó a abrirse sola.
Muy despacio.
Un rechinar largo, tenso… insoportable.
La figura del guardia apareció en el umbral, con el rostro parcialmente cubierto por la sombra. Sus ojos brillaban con algo que no era simple curiosidad.
Era obsesión.
Y miedo.
Pero sobre todo… decisión.
—Lo sabía… —murmuró, entrando un paso—.
Sabía que aquí había algo extraño.
Sacha no respondió.
El guardia cerró la puerta tras de sí.
—He visto cosas —continuó—. Cosas que no son humanas. Objetos moviéndose solos… luces… susurros.
Avanzó otro paso.
—Y a ti…
Silencio.
—Te vi.
Sofía se colocó sutilmente delante de Sacha.
—Deberías irte.
El guardia soltó una risa seca.
—No. Ya no.
Metió la mano dentro de su abrigo… y sacó un pequeño objeto metálico.
Un símbolo.
Sagrado.
Marcado con los sellos del templo.
—Con esto… puedo demostrar lo que eres.
El aire en la habitación cambió.
Más frío.
Más pesado.
Sacha inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y qué crees que soy?
El guardia apretó el objeto con fuerza.
—Una bruja.
El silencio que siguió fue absoluto.
—Y las brujas… —continuó, dando otro paso—
no deberían existir.
En un movimiento brusco, levantó el objeto como si fuera un arma… dispuesto a activarlo.
Sofía reaccionó primero.
—¡Sacha!
Pero Sacha no se movió.
No retrocedió.
No gritó.
Solo… lo miró.
Y entonces—
Las velas se apagaron.
Todas las luces.
Al mismo tiempo.
Oscuridad total.
El guardia se quedó paralizado.
—¿Qué…?
Un susurro atravesó la habitación.
No venía de un lugar específico.
Venía de todas partes.
—Tú… no entiendes nada… dijo sacha.
El objeto en su mano comenzó a vibrar.
Luego a calentarse.
—¡¿Qué está pasando?! —gritó, soltándolo al suelo.
Un golpe seco.
El metal chocó contra la piedra… y se partió en dos.
El guardia retrocedió, respirando con dificultad.
—No… esto no…
Una débil luz comenzó a formarse frente a él.
No era fuego.
No era magia común.
Era algo más profundo.
Más antiguo.
Y en medio de esa luz…
Sacha.
Sus ojos brillaban en la oscuridad.
Tranquilos.
Pero completamente… inhumanos.
—Te dije… —su voz era suave, pero helada—
que no debías entrar.
El guardia cayó de rodillas.
El miedo lo había alcanzado por completo.
—Yo… yo solo…
Pero no pudo terminar.
Porque algo lo empujó.
Una fuerza invisible lo lanzó contra la pared con violencia.
El aire abandonó sus pulmones.
Silencio.
Sacha dio un paso hacia él.
Lento.
Controlado.
—Si hablas… —dijo, deteniéndose frente a él— no será el templo quien venga por mí.
El guardia la miró, aterrado.
—Seré yo… quien vaya por ti.
El mensaje quedó claro.
Absoluto.
Irrefutable.
Sacha giró levemente el rostro.
—Nana Sofía.
—Sí.
—Sácalo de aquí.
Sofía asintió.
Tomó al guardia, que apenas podía moverse, y lo arrastró fuera de la habitación.
La puerta se cerró tras ellos.
Y el silencio regresó.
Pero ya no era el mismo.
Porque ahora…
el peligro había cambiado de dirección.
Mientras tanto…
Esa misma noche, mucho antes de que el caos se desatara en el ala oeste…
Una figura cruzaba los límites del ducado sin ser vista.
El espía del emperador.
Se movía con precisión, como una sombra entre las sombras, evitando guardias, rutas iluminadas y cualquier sonido que pudiera delatarlo.
Había estudiado los planos.
Los horarios.
Los puntos ciegos.
Y, aun así… algo en ese lugar no le agradaba.
—Demasiado silencio… —murmuró para sí.
Se deslizó por una ventana lateral del ala principal.
Cayó con suavidad dentro de un pasillo oscuro.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Pero entonces…
Escuchó algo.
Risas.
Ahogadas.
Provenientes de una habitación cercana.
El espía frunció el ceño.
A esa hora… no debía haber actividad en esa zona privada.
Se acercó con cautela.
La puerta estaba entreabierta.
Y lo que vio…
Lo hizo detenerse en seco.
La duquesa.
Pero no estaba sola.
Un sirviente.
Demasiado cerca.
Demasiado íntimo.
Las manos de ella aferraban la ropa del hombre.
Susurraban.
Se reían.
Como si el mundo exterior no existiera.
—Esto… —pensó el espía— no estaba en el informe.
Se mantuvo inmóvil, observando.
Memorizando cada detalle.
Cada gesto.
Cada palabra.
—Si el duque supiera… —susurró apenas.
Pero entonces algo más llamó su atención.
La duquesa cambió su tono de repente.
—Debes tener cuidado —dijo, más seria—. No podemos permitir errores ahora.
El sirviente asintió.
—¿Tiene que ver con la otra niña?
Silencio.
Un silencio peligroso.
—No menciones eso aquí —respondió ella
con frialdad—. Las paredes escuchan.
El espía sintió un escalofrío.
La otra niña.
Sacha.
Todo comenzaba a conectarse.
Pero no era todo.
—Si algo sale mal… —continuó la duquesa— ella será la primera en desaparecer.
El espía apretó los puños.
Aquello ya no era solo un asunto político.
Era algo mucho más oscuro.
Mucho más peligroso.
Se retiró en silencio, deslizándose
nuevamente por las sombras.
Su misión había cambiado.
Ya no era solo observar.
Ahora…
tenía que descubrir la verdad antes de que fuera demasiado tarde.
Y en ese mismo instante—
Un golpe seco resonó en la distancia.
Desde el ala oeste.
El espía levantó la mirada.
Sus instintos se activaron.
—Ahí… —murmuró.
Y sin dudarlo…
se dirigió hacia el origen del sonido.
Sin saber que estaba a punto de presenciar
algo que cambiaría por completo su misión.