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Rojo Destino: El Último Nudo De Estefi Sterling

Rojo Destino: El Último Nudo De Estefi Sterling

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Autosuperación / Romance
Popularitas:474
Nilai: 5
nombre de autor: Estefi Sterling

¿Qué harías si la única persona que puede salvarte es un "fantasma" que solo tú puedes ver?
Hades está en coma, pero su espíritu está atrapado en el mundo de los vivos, atado a Ela por un hilo rojo incandescente. Él busca una salida; ella busca una razón para seguir adelante. Están anclados el uno al otro en una lucha desesperada contra el destino. Juntos deberán enfrentar los nudos de dolor que los unen antes de que sea demasiado tarde. Una historia sobre la vida, la muerte y el poder de una conexión que no se puede romper.
Descubre "Rojo destino: El último nudo", una novela donde el amor es la única luz en la oscuridad del vacío.

NovelToon tiene autorización de Estefi Sterling para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El mapa de las sombras.

La noche se sentía inusualmente pesada, como si el aire mismo estuviera cargado de la estática que emanaba de Hades. Isela se había acostado, pero el sueño no fue un refugio, sino una inmersión forzosa en un abismo que no le pertenecía. Al cerrar los ojos, la oscuridad de su habitación no trajo descanso, sino una neblina de códigos binarios que caían como lluvia ácida y flashes de luz azul que quemaban sus retinas.

Sentía el hilo rojo en su pecho tensarse hasta el punto del dolor, vibrando con una frecuencia eléctrica que la obligaba a ver lo que Hades escondía en los rincones más oscuros de su subconsciente.

En su sueño lúcido, Isela se encontró caminando por un pasillo infinito de estanterías metálicas que parecían cerrarse sobre ella. El suelo estaba cubierto de una capa de polvo industrial y restos de cables pelados que soltaban chispas al contacto con su sombra. No era solo una visión; podía oler la humedad de las paredes de cemento y ese aroma a ozono químico y metal oxidado que ahora asociaba con la droga.

Cada paso que daba en el sueño resonaba con un eco metálico. A lo lejos, escuchaba un susurro distorsionado, una mezcla de estática de radio y el llanto de una chica.

—Es aquí, Ela... —la voz de Hades resonó en su mente, no como un pensamiento, sino como un grito ahogado—. Aquí es donde el algoritmo se volvió carne. Aquí terminó todo para ella.

Isela llegó al final del pasillo, donde una puerta de hierro macizo bloqueaba el camino. Tenía un grafiti desgarrado: una luna menguante tachada con una cruz roja, pintada con algo que parecía ser más espeso que la pintura. Al tocar la puerta en el sueño, una descarga de recuerdos ajenos la golpeó: el frío de un arma en la nuca, el destello de una placa policial y el rostro de Miller sumergido en las sombras, sonriendo mientras cerraba un trato sobre un cargamento de cajas azules.

Se despertó de golpe, incorporándose en la cama con el corazón martilleando contra sus costillas. Estaba bañada en sudor y el aire de su habitación se sentía cargado de electricidad. Hades estaba allí, sentado en el borde de su cama. Su imagen era tan nítida que Isela podía ver el temblor en sus hombros y el brillo de una angustia antigua en sus ojos.

Sin decir una palabra, Isela estiró la mano hacia su mesa de luz y tomó su cuaderno de bocetos. Sus dedos se movían con una autonomía aterradora, como si su sistema motor hubiera sido hackeado. El carboncillo rechinaba contra el papel mientras dibujaba la puerta de hierro con una precisión arquitectónica, detallando las soldaduras, la estructura del techo de chapa y la ubicación exacta de tres cámaras de seguridad ocultas estratégicamente entre las vigas.

—Ese lugar existe —susurró Hades, inclinándose sobre el dibujo. Su presencia enfriaba el papel—. Es un depósito abandonado en las afueras, cerca de las viejas vías del tren, donde el tejido de la ciudad se deshace. Yo... yo estuve ahí. Fui a buscar a Luna cuando dejó de contestar mis mensajes, pero Miller me sacó a punta de pistola antes de que pudiera cruzar ese umbral. Mi cerebro bloqueó la ubicación exacta por el trauma, pero tu dibujo acaba de rastrear la señal.

Isela miró el boceto. No era arte; era un plano de guerra. Antes de que pudiera recuperar el aliento, la pantalla de su celular se iluminó, rompiendo la penumbra con una luz blanca y violenta.

[Mensaje de Mía - 02:45 AM]: "Ela, por favor, ayudame. Miller está en mi casa. Está encerrado en el despacho con mi papá y están gritando. Escuché mi nombre. Creo que saben que falta el frasco. Tengo miedo, Miller nunca me miró así antes... es como si quisiera matarme."

Isela sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío espectral de Hades. La "perfección" de Mía se había desmoronado y ahora estaba atrapada en la boca del lobo, en el centro de una tormenta que ella misma había provocado al confiar en su padre.

—Miller no es un tonto —dijo Hades, su voz volviéndose fría, técnica, recuperando su faceta de hacker—. Si Mía está bajo sospecha, la van a usar para llegar a vos. Él sabe que fuiste la última en estar con ella. Para ellos, ella ya no es una hija o una alumna; es un cabo suelto que hay que anudar.

—No podemos dejarla sola, Hades —Isela escribió una respuesta rápida, con las manos todavía manchadas de carboncillo—. Mía, mantenete en tu cuarto. No digas nada. Mañana nos vemos en el colegio y vamos a sacarte de ahí.

—Ela, mirá el dibujo de nuevo —ordenó Hades con una urgencia que hizo que las luces de la habitación parpadearan.

Isela bajó la vista al cuaderno. Al lado de la puerta de hierro, su mano había garabateado inconscientemente una serie de números y letras en una tipografía digital perfecta que ella no recordaba haber puesto: CTR-LOG-4490.

—Es la clave de acceso al servidor local de ese depósito —explicó Hades, mirando el código con una mezcla de triunfo y pavor—. Tu conexión conmigo durante el sueño extrajo los datos encriptados de mi memoria profunda. Si Miller está presionando al Director ahora mismo, es porque están preparando un traslado masivo. Están limpiando las pruebas del depósito porque saben que alguien está husmeando en sus circuitos.

El miedo seguía ahí, en el fondo de su estómago, pero la rabia que compartía con Hades era una llama mucho más brillante.

—Mía es el cebo, pero el depósito es la evidencia —sentenció Isela, sus ojos reflejando la estática azul de Hades—. Miller cree que tiene el control porque tiene un arma y una placa, pero no cuenta con que nosotros podemos ver a través de sus paredes.

Hades se irguió, y por un momento, su figura se expandió, llenando la habitación de una energía eléctrica tan potente que Isela sintió el sabor metálico del poder en su lengua.

—Si vamos a ese lugar, Ela, no hay vuelta atrás. Si nos atrapan, Miller no va a dudar en hacerte lo mismo que le hizo a tu padre.

—Ya nos hizo daño, Hades —respondió ella, mirando el hilo rojo con una firmeza inquebrantable—. Ahora nos toca a nosotros devolvérselo.

Isela cerró el cuaderno con un golpe seco y, en un acto reflejo, tomó su campera negra. Estaba lista para salir, impulsada por la urgencia de lo que acababa de ver.

—No, Ela. Detenete —la voz de Hades sonó como un latigazo en la habitación. Se materializó frente a la puerta, bloqueándole el paso—. Si salís ahora, a ciegas y bajo la emoción, vas a cometer un error. Miller está en movimiento y no sabemos cuánta gente tiene en la calle. Necesitás la cobertura del colegio mañana para moverte sin que sospechen que ya sabemos dónde está el depósito.

Isela apretó los puños, pero la lógica de Hades la obligó a soltar la campera. Tenía razón: la oscuridad de la noche era el territorio de Miller. Tenían que esperar al amanecer.

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