Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
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Capitulo 15
—Sloan, vete. Necesito estar sola.
La voz de Renata era débil, pero el mensaje fue un mazazo. Sloan la miró como si le hubiera hablado en otro idioma.
—¿Me estás echando?
Su furia fue instantánea, un volcán que hacía erupción sin previo aviso. Nadie lo echaba. Nadie. Él era el que se iba cuando quería, no cuando se lo pedían.
—Así es —respondió ella, sin inmutarse—. Vete. Insistió, y aunque el dolor le nublaba la vista, su mirada era firme.
Sloan se quedó paralizado un momento. Luego, una sonrisa torcida se dibujó en su rostro. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de alguien que acaba de encontrar una carta que no esperaba.
—Solo si me das un beso —dijo, cruzando los brazos como si estuviera negociando un trato millonario.
Cielo lo miró como si acabara de pedirle la luna.
—Eres un pervertido —escupió, y aunque las palabras sonaron duras, había algo en su tono que no era del todo odio. Era cansancio. Era costumbre. Era, tal vez, una pizca de algo que ella no estaba dispuesta a reconocer.
Sloan arqueó una ceja. Su sonrisa se ensanchó.
— Además No Somos tan cercanos— Exclamó ella marcando una leve distancia entre ellos,
Una distancia que el nunca estará dispuesto a aceptar,
—¿ Ha No? ¿Quién crees que cambió tu ropa?— Pregunto el levantando su ceja con picardía
El silencio se hizo espeso.
Renata bajó la mirada. La camilla. Las sábanas blancas. Y entonces lo vio.
No llevaba la blusa blanca ensangrentada. No llevaba el pantalón negro. Llevaba una bata quirúrgica, amplia, gris, atada a un lado. Y debajo... debajo sentía algo que no era suyo.
Su rostro ardió.
—¿Mi ropa interior? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Sloan levantó las manos en un gesto de falsa inocencia.
—Estaba empapada de sangre. Los enfermeros iban a hacerlo, pero... —se encogió de hombros— soy un hombre muy cuidadoso.
—¡Largo, pervertido! —gritó ella, con las pocas fuerzas que le quedaban. Intentó incorporarse, pero el dolor en el hombro la clavó de nuevo en la camilla.
Sloan no se movió. Al contrario. Dio un paso hacia ella. Luego otro. Se quedó a centímetros de su rostro, tan cerca que ella podía sentir su aliento caliente en la mejilla.
—Eres mía —dijo, y su voz era grave, segura, innegociable—. No entiendo por qué el escándalo.
Renata cerró los ojos. Contó hasta tres. Abrió los labios para responder, pero solo un suspiro escapó de ellos.
Un suspiro de hartazgo. De rendición momentánea. De "con este hombre no hay manera".
Sloan se inclinó un poco más. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro.
—¿Realmente me dirás que no sientes nada cuando me ves a los ojos?— Pregunto el
La pregunta colgó en el aire como un cuchillo.
Renata abrió los ojos. Lo miró. Realmente lo miró. Esos ojos oscuros, intensos, que habían visto cosas que nadie debería ver. Esa boca torcida en una media sonrisa que sabía demasiado. Ese hombre que era todas las cosas malas del mundo y que, sin embargo, se había quedado a su lado mientras la bala le destrozaba el hombro.
Y entonces, ella sonrió.
No fue una sonrisa amable. No fue una sonrisa entregada. Fue una sonrisa pícara, traviesa, de gata que juega con su presa antes de soltar las garras.
—Por supuesto —dijo.
Los ojos de Sloan se iluminaron como dos faros en la noche. Por un segundo, solo un segundo, el hombre más temido del hampa pareció un niño al que le acaban de regalar lo que más deseaba.
—Siento un inmenso fastidio por ti —concluyó ella, y una risa se le escapó a pesar del dolor.
La risa de ella llenó la habitación. Breve. Débil. Pero genuina.
La cara de Sloan se transformó. La luz en sus ojos se apagó. La sonrisa se borró. Su mandíbula se tensó hasta blanquear los nudillos.
Dio un paso atrás. Luego otro. Sus manos temblaban, aunque no de miedo. De furia contenida. De orgullo herido.
—Eres... —comenzó, pero no encontró la palabra.
—¿Insoportable? ¿Imposible? ¿La peor pesadilla de un narcotraficante obsesivo? —lo ayudó ella, con una dulzura falsa que era peor que un insulto.
Sloan la miró un largo segundo. Nadie jamás le había hablado así. Las mujeres caían a sus pies como moscas. Una mirada suya bastaba para encender deseo. Una palabra suya bastaba para abrir piernas.
Pero ella. Esta maldita mujer. Lo miraba con indiferencia. Con fastidio. Como si él fuera una mosca molesta, no el hombre que podía comprar y vender vidas.
—Esto no ha terminado —dijo finalmente, con una voz que apenas podía contener la tormenta.
—Nunca lo hace contigo —respondió ella, cerrando los ojos—. Ahora vete. Necesito dormir. Y soñar con un mundo donde no existes.
Sloan apretó los puños. Dio media vuelta. Sus pasos resonaron en el suelo de cemento como disparos. Abrió la puerta de un golpe y salió.
Pero antes de cerrar, se detuvo.
—Cielo —dijo, sin volverse.
—¿Qué? —respondió ella, con los ojos aún cerrados.
—Vas a ser mía. Puede que no hoy. Puede que no mañana. Pero vas a ser mía.
Renata abrió un ojo. Lo miró de reojo.
—Sigue soñando, narcotraficante favorito del infierno.
Y la puerta se cerró con un portazo que hizo temblar las paredes.
Afuera, Sloan apoyó la frente contra el marco de la puerta. Cerró los ojos. Respiró hondo.
—Maldita mujer —murmuró—. Me vas a volver loco.
Dentro, Cielo —Renata— se llevó la mano vendada al pecho. Sintió el latido acelerado. Sintió el calor en las mejillas.
—Maldito hombre —susurró—. Me vas a descubrir antes de tiempo.