En un mundo donde hombres lobo, vampiros y humanos conviven bajo una alianza sagrada, Lyra creció sin saber quién era realmente. Criada entre humanos, ella es mucho más especial de lo que imagina: es una híbrida, la mezcla perfecta entre la fuerza del lobo y la magia del vampiro, dotada de poderes únicos: puede leer la mente, ver el futuro y controlar las emociones, tal como lo anunció una antigua profecía.
Todo cambia el día que conoce al Alfa Cael, el líder más poderoso de todos los lobos. Desde el primer instante, el destino los une: ella es su pareja predestinada, su otra mitad, el amor que esperó toda su vida. Pero no todo es paz. Existen clanes oscuros de vampiros y lobos malvados que odian la alianza y quieren apoderarse del inmenso poder de Lyra para dominar todo el mundo.
Ahora, juntos deberán enfrentar traiciones, peligros y guerras, mientras viven un amor épico, intenso e irrompible que nada podrá romper. ¿Podrán proteger su amor y su destino, o la oscuridad logrará separa
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La luz que cruza fronteras
Pasaron ya unos meses desde aquel día tan especial donde habían celebrado el vigésimo aniversario del regreso, donde habían visto nacer con tanta fuerza la nueva generación de guardianes, donde habían sentido tan cerca la presencia dulce y eterna de Elara. Todo seguía siendo paz, alegría y luz en el reino, todo seguía creciendo, todo seguía siendo hermoso y bueno tal como lo habían soñado y prometido.
Pero esa mañana, Vlad estaba caminando por los grandes jardines del palacio, mirando todo lo que tenían, todo lo que habían logrado, y sintió en el fondo de su corazón que todavía había algo más por hacer, algo más por cumplir. Se acordó de lo que Elara le había dicho tantas veces: que la luz no era solo para ellos, que la verdad no era solo para su tierra, que el amor y la unión eran cosas que tenían que llegar a todos lados, a todos los corazones, a todas las gentes del mundo. Se acordó también de lo que su hijo Darian había dicho aquel día frente a todos: que querían hacer crecer el bien hasta que llegara a cada rincón del mundo.
Mientras pensaba todo esto, sintió pasos detrás de él. Se dio vuelta y vio que venían Darian y Lira, caminando despacio, con esa luz especial que siempre tenían, con esa alegría tranquila que los caracterizaba. Desde aquel día, los dos hermanos estaban más unidos que nunca, se entendían con solo mirarse, se ayudaban en todo, y se sentían los dos como los verdaderos herederos de todo lo que Elara les había dejado.
—¿En qué pensás, papá? —le preguntó Darian, con esa voz firme y serena que ya se parecía tanto a la de él—. Te veo mirando lejos, muy lejos, más allá de nuestras montañas, más allá de nuestros campos, como si quisieras irte a otros lugares.
Vlad sonrió, le puso una mano en el hombro a su hijo y otra a su hija, y los miró con mucho amor y orgullo.
—Tenés razón, hijo mío —les dijo él despacio—. Estoy pensando en todo lo que tenemos acá, en todo lo bueno, en toda la luz, en toda la paz. Y estoy pensando también en que no siempre fue así, que hubo un tiempo donde todo era oscuridad, miedo y dolor acá mismo. Y me pregunto… ¿no habrá otros lugares, otros pueblos, otros reinos más allá de nuestras fronteras, que estén pasando por lo mismo que pasamos nosotros hace tantos años? ¿No habrá gente que esté sufriendo, que tenga miedo, que esté perdida en la oscuridad, esperando que alguien les lleve un poco de luz, un poco de verdad, un poco de amor?
Lira levantó la vista, sus ojos brillaron con esa luz especial que ella tenía, y habló bajito, como si estuviera repitiendo palabras que alguien le había dicho al oído:
—La luz no se guarda, papá. La luz se comparte. Si tenés una vela encendida, no la escondés debajo de una mesa… la ponés en alto, para que alumbre a todos los que están alrededor, para que otros enciendan sus velas con la tuya, y así haya luz por todos lados. Eso decía siempre la abuela Elara. Y tenía razón.
Vlad sintió que el corazón se le llenaba de alegría al escucharla, porque entendió que ellos también lo sentían, que ellos también lo sabían, que el legado estaba vivo y fuerte en ellos más de lo que él podía imaginar.
—Tenés razón, hija —les dijo él con voz fuerte y decidida—. Tenés toda la razón. Y por eso… hoy quiero hablar con la Reina. Hoy quiero pedirle permiso para hacer algo hermoso, algo grande, algo que va a hacer que nuestro legado sea aún más grande de lo que es hoy. Quiero que salgamos a viajar por el mundo. Quiero que vayamos a todos los reinos, a todos los pueblos, a todos los lugares que podamos llegar. Y quiero que llevemos con nosotros todo lo que aprendimos, todo lo que sabemos, todo lo que somos. Vamos a llevar la luz, vamos a llevar la verdad, vamos a llevar el mensaje de que el amor y la unión son las fuerzas más grandes que existen, y que con ellas se puede vencer cualquier mal, cualquier oscuridad, cualquier dolor.
Darian dio un paso adelante, con los ojos brillantes de emoción y de valor.
—¡YO VOY CON VOS, PAPÁ! —dijo él con fuerza—. ¡YO QUIERO IR! ¡YO QUIERO VER EL MUNDO, QUIERO CONOCER A OTRA GENTE, QUIERO CONTARLES NUESTRA HISTORIA, QUIERO AYUDAR A QUIENES LO NECESITEN! ¡ESO ES LO QUE SIEMPRE QUICE HACER!
Y Lira también se acercó, sonriendo dulcemente.
—Y YO TAMBIÉN —dijo ella—. YO TAMBIÉN VOY. PORQUE DONDE HAY OSCURIDAD, YO PUEDO VER DÓNDE ESTÁ LA LUZ. DONDE HAY TRISTEZA, YO PUEDO LLEVAR ALEGRÍA. DONDE HAY MIEDO, YO PUEDO DAR CONFIANZA. YO TAMBIÉN SOY GUARDIANA, ¿NO? Y LOS GUARDIANES NO SE QUEDAN QUEDOS, VAN DONDE LOS NECESITAN.
Poco después, los tres fueron hasta el salón principal del palacio, y hablaron con la Reina Lyra. Ella los escuchó con mucha atención, con una sonrisa dulce y serena en la cara, asintiendo despacio con la cabeza mientras ellos le contaban todo lo que habían pensado, todo lo que sentían, todo lo que querían hacer. Cuando terminaron de hablar, ella se paró despacio, se acercó a ellos, y les habló con voz llena de amor y de orgullo:
—ESTO ES LO MÁS HERMOSO QUE HE ESCUCHADO EN TODOS ESTOS AÑOS —les dijo ella—. ESTO ES LO QUE SIEMPRE ESPERÉ, LO QUE SIEMPRE SOÑÉ QUE PASARÍA. PORQUE LO QUE APRENDIMOS, LO QUE LOGRAMOS, NO ES UN TESORO PARA TENERLO GUARDADO, SINO UNA SEMILLA PARA PLANTARLA EN TODOS LOS LADOS, PARA QUE CREZCA, PARA QUE DÉ FLORES Y FRUTOS EN TODAS PARTES. ELARA ESTARÍA TAN FELIZ DE ESCUCHARLOS, TAN ORGULLOSA… PORQUE ESTO ES LO ELLA SIEMPRE QUISO: QUE SU LUZ SE HICIERA LUZ DE TODOS, QUE SU VERDAD SE HICIERA VERDAD DE TODOS, QUE SU AMOR SE HICIERA AMOR DE TODO EL MUNDO.
La Reina les dio su bendición, les dio permiso para ir, y les dio también un regalo hermoso: una bandera blanca con un sol dorado en el medio, la señal de la luz, la señal de la paz, la señal de que venían como amigos, como hermanos, como mensajeros de todo lo bueno.
Y así, unos días después, partieron. No fueron solos: con ellos fueron también algunos de los antiguos guerreros, los compañeros de Vlad, que ya eran mayores pero tenían el corazón joven y fuerte, y también fueron otros jóvenes guardianes, amigos de Darian y de Lira, que querían aprender, querían ayudar, querían llevar la luz con ellos.
Viajaron mucho, cruzaron ríos grandes, montañas altas, bosques inmensos, llanuras infinitas. Y a donde iban, pasaban cosas hermosas. Llegaron a pueblos donde la gente vivía con miedo, porque había señores malos que los trataban mal, o porque había peleas entre familias, o porque no tenían suficiente comida, o porque sentían que estaban solos y abandonados. Y ahí llegaban ellos, con su bandera blanca, con sus caras buenas y amables, y les contaban su historia, les contaban lo que habían pasado, lo que habían aprendido, lo que habían logrado. Les enseñaban que si se unían, si se querían, si se trataban con verdad y respeto, todo podía cambiar, todo podía ser mejor, todo podía ser paz y alegría.
Y veían con sus propios ojos cómo cambiaban las cosas. Veían cómo la gente dejaba de pelear, cómo se ayudaban entre ellos, cómo empezaban a sonreír, cómo empezaban a vivir tranquilos y felices. Veían cómo encendían sus propias luces, cómo empezaban a cuidarse entre todos, tal como les habían enseñado.
Llegaron también a reinos más grandes, donde había reyes y reinas, donde había ejércitos y leyes, pero donde también había orgullo, ambición, peleas por poder, y mucha gente que sufría por culpa de todo eso. Y ahí también se sentaban a hablar, con humildad, con amor, sin querer mandar ni imponer nada, solo contando lo que sabían, lo que habían vivido, lo que les había salvado a ellos. Y muchos de esos reyes y reinas escuchaban, entendían, cambiaban sus formas de ser, sus leyes, sus costumbres, y empezaban a gobernar con amor, con verdad, pensando en el bien de todos, tal como hacía la Reina Lyra en su propio reino.
En cada lugar que dejaban, quedaba algo de ellos, quedaba algo de la luz que llevaban, quedaba algo del mensaje de Elara. Y también se llevaban algo de cada lugar: conocimientos, costumbres, amistades, amor, porque entendieron que todos los seres humanos son iguales, que todos quieren lo mismo: ser felices, estar tranquilos, estar con los que aman, vivir en paz.
Pasaron meses, pasaron años, y recorrieron medio mundo, llegaron a lugares que nadie de su tierra había visto jamás, llevaron su mensaje a rincones muy lejanos, hicieron que la luz brillara donde antes todo era oscuridad, hicieron que la verdad se escuchara donde antes solo había mentiras, hicieron que el amor creciera donde antes solo había odio y soledad.
Un día, llegaron a una tierra muy lejana, muy hermosa, llena de árboles verdes y ríos claros, y ahí se encontraron con un pueblo que vivía muy feliz, muy tranquilo, muy unido, que tenía las mismas costumbres, las mismas ideas, las mismas formas de ser que ellos tenían. Y se sorprendieron mucho, porque nunca habían estado ahí, nunca habían hablado con ellos, y sin embargo, parecían que eran parientes, que eran hermanos, que venían del mismo lugar, que aprendieron de la misma maestra.
Y entonces, un hombre anciano de ese pueblo, muy sabio y bueno, se acercó a ellos, sonriendo dulcemente, y les dijo:
—YA SABEMOS QUIÉNES SON USTEDES. YA SABEMOS QUÉ TRAEN, YA SABEMOS QUÉ MENSAJE LLEVAN. PORQUE HACE MUCHOS AÑOS, UNA MUJER HERMOSA, LLENA DE LUZ, VINO POR AQUÍ TAMBIÉN. VINO SOLA, HACE MUCHO TIEMPO, ANTES DE QUE NOSOTROS NACIÉRAMOS. NOS ENSEÑÓ TODO LO QUE USTEDES ENSEÑAN AHORA. NOS DIJO LO MISMO QUE USTEDES DICEN. NOS DEJÓ EL MISMO MENSAJE. Y NOS DIJO TAMBIÉN: "UN DÍA, MUY LEJANO, VAN A VENIR OTROS, IGUALES A USTEDES, CON LA MISMA LUZ, CON LA MISMA VERDAD, CON EL MISMO AMOR. Y CUANDO LLEGUEN, SABRÁN QUE YO SIGO VIVA, QUE YO SIGO CAMINANDO, QUE YO SIGO LLEVANDO LA LUZ POR TODO EL MUNDO, A TRAVÉS DE TODOS USTEDES".
Vlad, Darian y Lira se miraron entre ellos, y se les llenaron los ojos de lágrimas, pero lágrimas de felicidad infinita, de amor inmenso, de gratitud eterna. Entendieron todo. Entendieron que Elara no solo había estado con ellos, que no solo los había enseñado a ellos, que no solo se había transformado en luz para estar cerca… sino que ella, siglos atrás, había recorrido el mundo entero, había llevado su mensaje a todos lados, había plantado su semilla en todos los corazones, para que un día, todos pudieran encontrarse, todos pudieran unirse, todos pudieran saber que eran parte de una misma cosa, de una misma luz, de un mismo amor infinito.
Entendieron que su viaje no era empezar nada nuevo, sino seguir lo que ella ya había empezado hacía mucho tiempo. Entendieron que ellos no eran los únicos, sino que eran parte de una cadena inmensa, eterna, de gente buena, de gente de luz, que iba pasando el mensaje de mano en mano, de corazón en corazón, por todo el mundo, por todos los tiempos.
Y entonces, todos juntos, ellos y esa gente, se tomaron de las manos, formaron un círculo inmenso, y levantaron la vista al cielo, donde brillaba el sol hermoso, cálido y dorado, y todos juntos gritaron con una sola voz, con un amor inmenso, con una alegría que se escuchó hasta en las estrellas:
—¡GRACIAS, ELARA! ¡GRACIAS POR SER LUZ! ¡GRACIAS POR UNIRNOS A TODOS! ¡LA LUZ ES DE TODOS! ¡EL AMOR ES DE TODOS! ¡PARA SIEMPRE!
Y en ese momento, sintieron una brisa suave que los tocó a todos, una luz dulce que los rodeó a todos, y la sonrisa eterna de Elara, que estaba ahí, más viva que nunca, recorriendo el mundo entero a través de todos ellos, uniendo corazones, multiplicando la luz, haciendo que el amor fuera infinito, tal como ella siempre lo había soñado.