Yo solo iba a entregar flores a la iglesia de San Gennaro.
No sabía que el ramo escondía un micrófono.
Ni que el hombre que me sonrió desde el altar era el Capo de Nápoles.
Ni que esa sonrisa sería lo último inocente que vería en mi vida.
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Una boda entre escombros.
Sin iglesia. Sin cura. Sin paz completa.
Porque los Rinaldi no se casan cuando Sicilia está tranquila.
Se casan cuando Sicilia los mira y decide no disparar.
Una semana después. Villa Rinaldi.
Aún huele a quemado.
Aún hay agujeros de bala en las columnas.
Aún hay vidrios que Zia Carmela no termina de barrer.
Pero los limoneros que quedaron de pie... florecieron.
Como si supieran.
No hubo invitaciones. Sicilia se invitó sola.
Los Vitelli vinieron de Palermo. Los Mancini de Catania. Los Bruno de Messina.
Nadie trajo regalos. Trajeron armas. Por si acaso.
Las dejaron en la puerta.
Porque hoy, solo hoy, la casa de Enzo Rinaldi era sagrada.
No hay altar. Hay una mesa. La misma donde Greco sangró.
Zia Carmela la limpió con cloro y con rabia hasta que brilló.
Vittoria no baja con vestido blanco.
Baja con un vestido rojo. Sicilia. Sangre. Vida.
El brazo aún vendado. El pelo suelto. Sin velo. Las reinas no se tapan la cara.
Enzo la espera abajo. De negro. Sin corbata. Con la cicatriz de la ceja recién cerrada y otra nueva en el pómulo. La de la granada.
No sonríe. Los Capos no sonríen.
Pero cuando la ve, a Il Lupo se le quiebra algo en los ojos.
Tomás oficia.
—No hay cura que quiera casarlos —dice, con una Biblia vieja en una mano y la pistola en la otra—. Así que les toca conmigo.
Carraspea. Mira a los cien hombres armados en el jardín. Mira a las mujeres que lloran sin ruido.
—Enzo Rinaldi —dice—. ¿Tomas a esta mujer, Vittoria Caruzzo, para protegerla, para vengarla, para amarla hasta que Sicilia te entierre o ella te mate primero?
Enzo agarra las manos de Vittoria. Las dos. Las aprieta.
—La tomo —dice—. Para todo eso. Y para más. Para limones. Para guerra. Para siete días que duren setenta años.
Tomás asiente. Mira a Vittoria.
—Vittoria Caruzzo —dice—. ¿Tomas a este hombre, Enzo Rinaldi, sabiendo que es Lobo, sabiendo que es muerte, sabiendo que contigo o sin ti, Sicilia sangra?
Vittoria lo mira. Directo. Sin miedo. Como el día que clavó el cuchillo en la mesa de Greco.
—Lo tomo —dice—. Porque conmigo, Sicilia sangra menos. Y porque sin mí, él no vive.
Los anillos se colocan. Enzo le pone una corona de risas blancas sobre si cabeza, muestra del más puro amor que siente hacia ella.
—Entonces por la autoridad que me da esta pistola y veinte años cuidándote las espaldas —dice Tomás —, yo los declaro marido y mujer. Don y Donna. Lobo y Florista.
No dice "puede besar a la novia".
No hace falta.
Enzo la besa.
Ahí. Delante de Sicilia. Delante del futuro.
No es dulce. Es juramento. Es marca. Es mía.
Cuando se separan, Zia Carmela tira arroz. Y pétalos de limón.
Los hombres disparan al aire. Una vez. Solo una. Porque es boda, no guerra.
Y entonces llega el regalo.
Un camión. Entra por el portón sin que nadie lo pare.
El chofer baja. Deja una caja en las escaleras. Se va.
Enzo la abre. Tomás apunta por si acaso.
Dentro: limones. Cientos. De Palermo.
Y una nota.
Para que planten el de mi madre.
Y para que tengan años de jugo, no de sangre.
No iré a la boda. Una Greco no aplaude a una Rinaldi.
Pero si tienen una hija... pónganle Sofia.
Para que al menos una de nosotras tenga final feliz.
—S.G._
Vittoria lee. Llora. Por primera vez en público.
Enzo guarda la nota. En el bolsillo. Al lado del corazón.
—Se hará —
Esa noche. Su habitación. Reconstruida a medias.
La cama nueva huele a madera recién cortada. Por la ventana rota entra olor a azahar. De los limoneros que sobrevivieron.
—¿Y ahora? —pregunta Vittoria, con la corona de limones aún puesta, sentada en sus piernas.
Enzo le quita una hoja del pelo. La mira. Siete días. Doce minutos de guerra. Una vida.
—Ahora —dice—, reconstruimos la casa. Criamos limoneros. Tenemos hijos que no sepan cargar una pistola hasta los dieciocho.
La besa en el cuello. En la cicatriz del brazo. En la boca.
—¿Y el futuro? —susurra ella.
Él se ríe. Sin humor. Con amor.
> Enzo. El futuro es incierto, amore mio —dice, tumbándola en la cama—. Greco está vivo. Marco está vivo. Roma nos mira. Nápoles nos odia.
Le quita el vestido rojo. Despacio. Como si fuera de cristal.
—Pero esto —dice, bajando la boca por su vientre—. Esto es cierto.
La hace suya. No como Il Lupo. No como un capo.
Como Enzo. Solo Enzo.
El de los siete días. El de los limoneros. El suyo.
>Enzo. Te prometo un amor a lo mafia italiana.
Y afuera, Sicilia duerme.
Por primera vez en meses, sin disparos.
Pero ambos lo saben.
En la mesita de noche, junto a la nota de Sofia, está la Glock de Vittoria. Cargada.
En el armario, el chaleco de Enzo. Limpio. Listo.
En el jardín, Tommaso hace guardia.
Porque el futuro es incierto.
Don Greco está en una casa en Roma. Exiliado. Viejo. Con una foto de la boda en el periódico. Y veneno en la mirada.
Marco está en un hospital. Aprendiendo a caminar otra vez. Aprendiendo a odiar mejor.
Sofia está en Palermo. Sola. Libre. Plantando su primer limonero.
Y la Comisión en Roma ya mandó el mensaje: Rinaldi rompió reglas. Rinaldi pagará.
Pero esta noche no.
Esta noche hay una Donna con corona de rosas blancas, dormida en el pecho de un Lobo.
Esta noche hay paz.
Y mañana... mañana Sicilia decidirá si los deja vivirla.
Enzo apaga la luz.
Abraza a Vittoria. Entera.
> Enzo. Pase lo que pase —susurra en su pelo—. Siete días fueron suficientes.
Ella sonríe dormida.
> Vittoria. Sean siete vidas —murmura.
Y afuera, un limonero florece en medio de los escombros, que aún faltan retirar.
FIN. Por ahora.
Porque su historia no termina con "vivieron felices".
Termina con "vivieron".
Juntos. Armados. Amándose en una isla y que alguien los quiere muertos.
El futuro es incierto.
Pero ellos eligieron quemarse juntos antes que helarse separados.
Y en Sicilia, eso es el único final feliz que existe.
Mis queridos lectores les traigo un nueva novela, donde el amor pasa por muchos estados, y la mafia siempre quiere imponer, les agradezco de antemano, sus me gusta, sus regalos, sus comentarios, que otra mi es importante. 🥰