Renata,es solo una empleada en la mansión de los Morana, una mujer que parece no tener pasado y que soporta las humillaciones más amargas por una sola razón: el amor que siente por el hijo del dueño. Por él, es capaz de cualquier sacrificio, incluso de aceptar un matrimonio forzado con un hombre despiadado que jura hacer de su vida un infierno.
Todos la ven como una mujer débil, una "nadie" sin recursos que se deja pisotear. Pero, ¿por qué Renata nunca llora? ¿Por qué sus ojos brillan con una determinación que no pertenece a una sirvienta?
Mientras el mundo intenta quebrarla, Renata guarda un secreto que podría destruir imperios. Ella ha puesto una fecha límite para su silencio... y cuando el reloj marque la hora, todos los que la humillaron descubrirán que la "pobre empleada" era la única persona a la que nunca debieron traicionar.
¿Quién es realmente Renata y qué poder oculta tras su uniforme de trabajo?
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Capitulo 18
El sótano de la finca Bustamante olía a una mezcla embriagadora de concreto frío, sangre seca y el perfume de nardos de Renata. Damián estaba de pie frente a Marcus Sterling, quien colgaba de sus cadenas con la respiración entrecortada. El heredero de los Sterling, ahora reducido a un guiñapo humano, intentaba mantener una sonrisa de suficiencia mientras escupía sangre sobre el suelo de mármol.
—Crees que... que ganaste, Bustamante —jadeó Marcus, con un ojo hinchado—. Pero mi abogado tiene una carga automática. En una hora, la prensa recibirá las pruebas de que tu "reina" no era una espía... sino una cómplice de los Morana en el desfalco nacional. La destruiré desde aquí adentro.
Damián ni siquiera parpadeó. Se acercó a la mesa de herramientas y tomó una pinza de precisión, pero antes de que pudiera aplicarla sobre la piel de Marcus, una voz gélida resonó desde las sombras de la entrada.
—Llegas tarde, Marcus. Tu carga automática ya no existe.
Renata entró en el círculo de luz. Llevaba puesto un conjunto de seda negro y sostenía una computadora portátil de diseño militar. Sus dedos volaban sobre el teclado con una agilidad que hipnotizó a Damián.
—¿Qué hiciste? —rugió Marcus, forcejeando con las cadenas.
—Lo que mejor sé hacer —respondió Renata, girando la pantalla para que él pudiera verla—. No solo intercepté tu servidor en la nube, sino que usé tu propia firma digital para transferir los fondos de reserva de los Sterling a una cuenta de beneficencia para víctimas de fraude financiero. A estas horas, Marcus, no tienes ni para pagar tu propia fianza. Estás en la ruina absoluta. Eres, legalmente, un fantasma.
Damián soltó una carcajada oscura, dejando la pinza a un lado. Caminó hacia Renata y la rodeó por la cintura, pegando su espalda a su pecho. La posesividad de su agarre era evidente; estaba orgulloso de la letalidad de su mujer.
—Te dije que ella era la mente detrás del caos —susurró Damián al oído de Renata, antes de mirar a Marcus—. Ahora ya no eres un activo, Sterling. Eres solo un cabo suelto. Y a mí no me gustan los nudos mal hechos.
Renata cerró la computadora con un golpe seco. Fue la primera vez que operaron como un equipo táctico: ella destruyendo el imperio digital y él, el físico.
—Damián —dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro mientras miraba a Marcus con una indiferencia que dolía más que cualquier golpe—, el sistema financiero de su familia ha colapsado. Ya no tiene aliados, ni abogados, ni voz. Es todo tuyo.
Damián le dio un beso posesivo en el cuello, marcando su territorio frente a sus enemigos derrotados.
—David Morana será el siguiente —sentenció Damián, mirando hacia la celda contigua donde David temblaba de terror—. Pero para Marcus, tengo un final más... personalizado.
Renata no se inmutó. Sabía que la limpieza de sangre era necesaria para construir el nuevo orden. Se giró en los brazos de Damián, rodeando su cuello con sus manos.
—Hagámoslo rápido —susurró ella contra sus labios—. Tenemos un Presidente que derrocar y un imperio que reclamar.
En la penumbra del sótano, Marcus Sterling comprendió finalmente que no estaba enfrentando a una pareja de enamorados, sino a una fuerza de la naturaleza. Entre la inteligencia quirúrgica de Renata y la brutalidad de Damián, no quedaba espacio para la piedad. La limpieza había comenzado.
Vamos a ver qué pasa con el Presi