Laura entró en Valdez Enterprises buscando una carrera, pero encontró una perdición.
Bastó una mirada de Adrián Valdez, su jefe, para que la ingenua joven viera desmoronarse su mundo. Lo que comenzó como una admiración profesional se transformó rápidamente en una obsesión voraz: Laura ya no trabajaba para él, vivía para él. Cada gesto, cada orden fría y cada segundo en su presencia se convirtieron en el combustible de un deseo insaciable.
Pero tras la fachada de poder de Adrián se esconden sombras que ella no está preparada para enfrentar. En esta oficina, el deseo no es un juego, es una trampa. Y Laura, cegada por su propia fijación, está a punto de descubrir que entregarse a su jefe es un placer tan intenso como peligroso.
¿Estás listo para cruzar la línea donde la obsesión se vuelve irreversible?
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Capítulo 5: La Geometría del Deseo.
El trayecto de vuelta a casa fue un descenso a los infiernos del pensamiento.
En el metro, el aire viciado y el traqueteo metálico de los vagones se sentían como una intrusión en el templo de sombras en el que se había convertido mi mente. Cada vez que cerraba los ojos, la retina me devolvía la misma imagen fija, grabada a fuego: el contraste del mármol negro contra la piel blanca de esa mujer, y la mirada de Adrián, esa mirada que no se desvió ni un milímetro de la mía mientras su cuerpo ejecutaba una danza de posesión absoluta.
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Cené mecánicamente. Mi tía hablaba sobre el precio del mercado y Mariana reía con algún video en su teléfono, pero sus voces me llegaban como si estuvieran bajo el agua.
Yo solo podía oler el sándalo. Podía sentir el rastro del perfume floral de la desconocida pegado a mis dedos, a pesar de habérmelos lavado tres veces en la oficina. Era una marca de propiedad, una humillación que Adrián me había obligado a limpiar con mis propias manos, y sin embargo, el recuerdo no me producía el rechazo que la moral me dictaba.
Me producía una sed abrasadora.
Cuando finalmente logré encerrarme en mi habitación, el silencio me cayó encima como una losa. Me apoyé contra la puerta cerrada, escuchando los sonidos cotidianos del apartamento... el televisor encendido, el grifo de la cocina y me sentí como una extranjera en mi propia vida.
Esa habitación, con sus libros de texto y su ropa sencilla, pertenecía a una Laura que ya no existía. La Laura que estaba allí de pie, con los labios todavía teñidos de un borgoña desgastado, era una criatura nacida en el piso cincuenta y cuatro de Adrian Valdez.
Me desnudé lentamente, dejando que la ropa cayera al suelo en un montón desordenado. Me quedé frente al espejo, bañada por la luz azulada de la luna que se filtraba por la persiana a medio cerrar. Sin los anteojos, mi reflejo era una silueta borrosa, una mancha de piel pálida en la penumbra. Me toqué la muñeca, justo donde él me había sujetado el día anterior y la piel parecía conservar el calor de sus dedos.
—Una hoja en blanco —susurré para mí misma, y mi voz sonó extraña, cargada de una vibración que no reconocí.
Me metí en la cama, pero el descanso era una quimera. Las sábanas se sentían pesadas, asfixiantes. Cerré los ojos y, en el lienzo de mi oscuridad privada, la oficina de Adrián se materializó con una claridad aterradora.
Imaginé que no estaba en mi cama estrecha, sino de nuevo allí, frente a esa puerta de roble. Pero esta vez, en mi fantasía, no encontraba a otra mujer.
El despacho estaba en penumbra, iluminado solo por las luces de la ciudad que se extendía como un tapiz de joyas a los pies de Adrián. Él estaba sentado en su trono de cuero, esperándome.
—Acércate, Laura —ordenaba su voz en mi mente, esa voz que era una mezcla de terciopelo y acero.
Mis manos, casi por voluntad propia, empezaron a recorrer mi cuerpo. Empecé por mi cuello, recorriendo la línea de mi garganta con la punta de los dedos, imaginando que era él quien evaluaba mi pulso.
Bajé hacia mis hombros, apretando la piel, buscando ese rastro de dominio que él ejercía con tanta naturalidad. En mi mente, Adrián se levantaba de su silla y podía oír el sonido de sus zapatos sobre el suelo de piedra, un eco rítmico que marcaba el paso de un depredador.
Imaginé su mano, esa mano que había visto moverse con tanta fuerza sobre el escritorio, hundiéndose ahora en mi cabello. Sentí el tirón ficticio hacia atrás, obligándome a exponer la garganta, a mirar hacia ese techo altísimo mientras él susurraba órdenes que me hacían temblar.
El recuerdo de la mujer rubia volvió a cruzarse, pero esta vez la desplacé. Me puse en su lugar y sentí el frío del mármol imaginario contra mis glúteos, un contraste violento con el calor que empezaba a irradiar desde mi centro. En mi mente, Adrián no se quitaba la chaqueta; mantenía esa elegancia impecable que lo hacía parecer intocable incluso en el momento del acto más carnal. Esa era su verdadera arma: la capacidad de poseer sin perder el control y de destruir sin despeinarse.
Mis dedos se volvieron más erráticos, más hambrientas. Recorrí mis costillas, mi vientre, bajando hacia ese lugar donde el vacío se convertía en un dolor dulce. Cada vez que mis dedos rozaban mi propia piel, era a él a quien sentía. Imaginaba sus ojos clavados en los míos, esa mirada que me había dicho "vete" mientras me obligaba a mirar.
—Mírame —repetía su voz en mi cabeza—. No cierres los ojos, Laura. Quiero que veas quién te está reclamando.
La intensidad del pensamiento me hizo arquear la espalda contra el colchón. Ya no era solo una fantasía sexual; era un acto de rendición.
Me estaba entregando a la idea de él, al concepto de un hombre que me veía como un proyecto, como una propiedad, como una extensión de su propia voluntad. Mientras la humillación de la mañana se transformaba ahora en combustible.
El hecho de que me hubiera obligado a limpiar el rastro de otra mujer no era más que una lección: él era el dueño del escenario, y yo era la actriz que él estaba moldeando a su antojo.
El ritmo de mi respiración se volvió errático y el aire en la habitación se sentía denso, cargado de una electricidad que parecía emanar de mis propios poros. Visualicé sus manos grandes rodeando mi cintura, levantándome, posicionándome sobre ese escritorio que ahora era un altar de sacrificio.
Imaginé la fricción de la seda de su corbata contra mi pecho, el roce metálico de su reloj, el peso de su cuerpo empujándome hacia un abismo de sensaciones que nunca me había atrevido a explorar.
—Eres mía —decía él en mi delirio, y yo aceptaba esa posesión con una gratitud que me asustaba.
Cuando el clímax finalmente me alcanzó, no fue una liberación suave. Fue una explosión de sombras y luces, un choque violento que me dejó sin aliento, con el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado. Mi garganta emitió un sonido ahogado, un nombre que no debía ser pronunciado en esa casa, una confesión de derrota total ante un hombre que ni siquiera estaba allí.
Me quedé inmóvil durante mucho tiempo, con los ojos pesados y la mente en blanco, mientras el sudor se enfriaba en mi piel. La realidad de mi habitación volvió a cobrar forma: el armario de madera barata, el póster en la pared, el silencio de una noche normal.
Me sentí vacía, pero de una manera nueva.
La Laura que se despertaba temprano para estudiar y que soñaba con una carrera estable parecía un recuerdo lejano, una fotografía descolorida. Adrián Valdez no solo me había dado un trabajo; me había arrebatado la brújula moral con la que me guiaba. Me había mostrado que dentro de mí existía una oscuridad que respondía a la suya, un hambre que solo él podía saciar.
Mañana volvería a ponerme el disfraz. Volvería a usar el labial borgoña, a ajustar mis anteojos y a sentarme frente a su puerta de roble. Limpiaría cualquier rastro que él dejara, aceptaría cualquier orden cortante, cualquier mirada cargada de desprecio.
Porque ahora sabía el secreto: debajo de su crueldad y de su control, había un fuego que me estaba consumiendo. Y lo peor de todo, lo que me hacía temblar de miedo y de anticipación mientras me tapaba con las sábanas, era que no quería que nadie me rescatara del incendio.
Deseaba que Adrián Valdez siguiera escribiendo en mi hoja en blanco, hasta que no quedara ni un solo espacio libre, hasta que mi nombre y el suyo fueran la misma mancha de tinta indeleble.
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💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
solo la quiere de espectadora y a ser la sufrir más
y más loca ella sintiendo celos de su prima 🙄🙄🙄 patética Adrian solo las utiliza como trapos y las desecha y ella cree que con ella cambiará