Entre rejas, mentiras y mafias, un hombre inocente lucha por recuperar su libertad mientras una abogada arriesga todo para demostrar la verdad.
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Una tragedia.
El pequeño cuarto estaba en silencio.
Solo se escuchaba la respiración débil de Lucía.
Yaya estaba sentada junto a ella, sosteniendo su mano con fuerza, como si soltarla fuera a hacerla desaparecer.
—Mamá… —susurró.
Lucía no respondió.
Su rostro estaba pálido.
Demasiado.
—Mamá, mírame… por favor…
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Yaya.
—No me dejes sola…
En ese momento, la puerta se abrió de golpe.
—¿Qué pasó? —preguntó Luca entrando rápidamente.
Yaya lo miró desesperada.
—No reacciona… no despierta…
Luca se acercó de inmediato.
Observó a Lucía.
Su respiración.
Su pulso.
—Tenemos que llevarla al hospital ya.
—No tenemos dinero… —dijo Yaya con la voz quebrada.
Luca la miró con firmeza.
—Eso no importa ahora.
Se giró.
—¡Papá!
Matteo apareció en la puerta.
Solo necesitó una mirada para entender.
—Vamos.
Sin perder tiempo, Matteo tomó una manta y ayudó a levantar a Lucía con cuidado.
—Sostén su cabeza —indicó.
Yaya temblaba.
—Mamá… resiste…
Salieron rápidamente de la casa.
Afuera la lluvia caía muy fuerte, una lluvia que azotaba la ciudad, como si estuviera advirtiendo sobre la tormenta que se avecinaba sobre la familia Rossi.
El auto avanzaba a toda velocidad por las calles mojadas.
Yaya sostenía a su madre en el asiento trasero. Sus manos seguían temblando no solo por el frío sino por el sin número de emociones que pasaban por ella.
—Mamá… mírame… por favor… Despierta... Dime algo mamá... Te lo pido.
Lucía apenas respiraba, estaba inconsciente. Su cuerpo ya no resistía más. El dolor físico y el dolor de ver a su hijo encerrado, la falta de dinero, los sacrificios que su hija tenía, habían complicado más su enfermedad.
Luca conducía, a gran velocidad, esquivando cada auto como una pista de carreras.
Matteo observaba en silencio. No tenía palabras que ayudarán en esta situación.
Aunque su mirada… estaba llena de tensión.
No solo por la enfermedad de Lucía.
Sino por algo más.
—Nos están siguiendo —dijo de repente.
Yaya levantó la cabeza. Y miro un auto negro que estaba cerca de ellos.
—¿Qué? Dijo Luca. Mientras miraba por el retrovisor.
Cuando logro divisar el auto, se dió cuenta que era el mismo auto negro.
Otra vez. Penso
—No puede ser… —murmuró.
Matteo apretó los dientes.
—Claro que puede ser.
Luca aceleró el auto sin dudarlo.
—No pueden detenernos ahora —dijo mientras seguía pisando el acelerador.
—No lo harán —respondió Matteo con voz firme. Confío en tí hijo mío.
Pero la persecución había comenzado.
Otra vez.
Bajo la lluvia.
Más peligrosa que nunca.
—¡Más rápido! —gritó Yaya—. ¡Mi mamá no respira bien! !Siento que se me va!
Luca aceleró aún más.
Las ruedas patinaron en el asfalto mojado.
El auto negro se acercaba.
—Quieren obligarnos a detenernos… —dijo Matteo.
—No lo voy a hacer —respondió Luca.
Giró bruscamente en una esquina.
El auto casi derrapa. Pero Luca logro enderezarlo.
Yaya gritó.
—¡Cuidado!
—Confía en mí —dijo Luca.
Pero el auto negro seguía ahí.
Persistente.
Amenazante.
Entonces…
Matteo habló.
—Gira a la derecha en la siguiente calle.
—¿Qué? ¿Por, qué? —preguntó Luca.
—Hazlo muchacho.
Luca obedeció.
Entraron en una calle estrecha y oscura.
Y entonces Matteo dijo algo inesperado:
—Detente.
—¡¿Qué?! —gritó Yaya.
—Hazlo.
Luca frenó bruscamente.
—¿Estás loco padre?
Matteo abrió la puerta.
—Sigan sin mí.
—¡No! —dijo Yaya.
—No tenemos tiempo —respondió el anciano. Deben irse, deben confiar en mí.
Salió del auto bajo la lluvia.
El auto negro se acercaba.
Matteo caminó hacia él.
Solo.
—¡Papá! —gritó Luca.
Pero Matteo no se detuvo.
—Llévalas al hospital —dijo sin mirar atrás. Eres su única oportunidad hijo, yo voy a estar bien.
El auto negro frenó frente a él.
Dos hombres bajaron.
—Otra vez tú… —dijo uno de ellos.
Matteo no respondió.
—Esta vez no vas a detenernos anciano decrépito.
El anciano sonrió levemente.
—Ya lo hice una vez, o no sé acuerda, par de inútiles.
—Y puedo hacerlo otra vez, sin problema.
El ambiente se volvió tenso.
—Apártate viejo, no quiero lastimarte, no me gustaría acabar con un anciano, no sería justo, el otro día me tomaste por sorpresa, pero hoy no— dijo el hombre.
—No me voy a ir sin darles una lección.
El silencio explotó.
Y entonces…
Mateo dió un golpe directo al estómago de uno de los hombres, el otro quiso intervenir, pero también fue golpeado, ambos tipos en el suelo sin poder luchar contra un anciano.
Por otra parte en Blackstone Prison, Valentino se encontraba en su celda.
Pero algo no estaba bien.
Lo sentía.
Un guardia se acercó.
—Rossi.
Valentino levantó la mirada.
—¿Qué?
El hombre dudó un segundo.
—Tienes una llamada.
Valentino frunció el ceño.
—¿Una llamada?
Eso no era normal.
Nada normal.
Lo llevaron a una pequeña sala.
Tomó el teléfono.
—¿Hola?
El silencio al otro lado fue breve.
Y luego…
la voz de Yaya.
Rota.
—Valentino…
El corazón se le detuvo.
—¿Yaya? ¿Qué pasa?
—Mamá…
El mundo se volvió oscuro.
—¿Qué pasó con mamá?
—Está en el hospital…
—Está muy mal…
Valentino sintió que el aire desaparecía.
—No…
—Valentino… —lloró Yaya—. Tengo miedo…
El teléfono temblaba en sus manos.
—Escúchame —dijo él con la voz quebrada—.
—No estás sola.
—Estoy aquí.
Pero sabía que no era verdad.
No podía estar ahí.
No podía hacer nada.
Y eso…
lo estaba destruyendo.
Mientras tanto en otro punto de la ciudad, en su oficina, Isabella observaba la fotografía una vez más.
El hombre.
El rostro.
Cada detalle.
Y entonces…
lo entendió.
—No puede ser…
Su respiración se aceleró.
—No… no… no…
Tomó su teléfono.
Marcó un número.
—Necesito verte.
—Ahora.
Colgó.
Su mirada estaba llena de miedo.
Por primera vez.
Porque ahora sabía algo que cambiaba todo.
—Esto no es solo un caso…
Susurró.
—Es mi familia.
Mientras tanto en el hospital…
Yaya esperaba, desesperada y temblando.
Luca estaba a su lado dándole apoyo.
—Va a estar bien… —dijo él.
Pero no sonaba convencido.
Las puertas de emergencia seguían cerradas.
Y dentro…
la vida de su madre pendía de un hilo.
Mientras tanto…
en la calle…
Matteo seguía peleando.