Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
NovelToon tiene autorización de AMZ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 10
Irene estaba tranquilamente sentada junto a la ventana de su habitación, absorta en la lectura de un libro, cuando una doncella llamó suavemente a la puerta.
—Adelante —dijo Irene sin levantar demasiado la vista.
La joven entró e hizo una reverencia.
—Señorita Irene… el duque Ezra Markov ha llegado. Dice que desea verla.
El nombre bastó para tensar ligeramente los hombros de Irene.
Durante los últimos días lo había ignorado deliberadamente. Había recibido sus cartas, por supuesto. También sabía de los regalos que habían llegado al condado y que ella había ordenado devolver sin siquiera abrir.
Aún no había decidido qué hacer respecto al compromiso.
Pero ahora Ezra estaba allí.
Irene cerró el libro con calma y lo dejó sobre la mesa.
—Dile que iré a recibirlo.
La doncella asintió y se retiró.
Irene permaneció sentada unos segundos más, respirando con calma. Luego se puso de pie, acomodó ligeramente su vestido y salió de la habitación.
Cuando llegó al salón donde Ezra la esperaba, él se encontraba de pie cerca de una ventana.
En cuanto la vio entrar, levantó la mirada.
La conmoción en sus ojos fue imposible de ocultar.
Durante aquellos días Ezra había imaginado muchas veces aquel encuentro, pero verla allí, frente a él, tan serena y distante, le produjo una opresión inesperada en el pecho.
Irene hizo una leve inclinación de cabeza.
—Duque Markov.
Su voz fue correcta, pero distante.
Ezra respondió con la misma formalidad.
—Señorita Irene.
Hubo un breve silencio antes de que él hablara nuevamente.
—Quisiera… hablar con usted a solas, si es posible.
Irene lo observó unos segundos.
No quería que aquella conversación fuera escuchada por nadie dentro de la casa. Finalmente asintió.
—Podemos caminar por los senderos del jardín. Hay unos huertos detrás de la mansión.
Ezra inclinó la cabeza.
—Como usted prefiera.
Salieron juntos hacia el exterior.
El aire de la tarde era suave, y el jardín del condado Blanch estaba lleno de árboles frutales. Los senderos de grava serpenteaban entre manzanos, perales y melocotoneros cargados de fruta madura.
Irene caminaba delante de él con pasos tranquilos.
Ezra la seguía unos pasos atrás.
Mientras la observaba, la culpa volvía a oprimirle el pecho.
La figura de Irene era delicada, casi frágil.
Y el recuerdo de aquella marca roja en su brazo apareció de nuevo en su mente.
— ¿A esta mujer le hice eso…?
Sin darse cuenta, su mirada buscó la muñeca de Irene. Pero aquel día llevaba un vestido de mangas largas que ocultaba completamente su piel.
Ezra abrió la boca para hablar… pero no encontraba las palabras.
No sabía por dónde empezar.
Entonces Irene se detuvo.
Frente a ellos había un melocotonero cargado de frutos maduros. Irene levantó la vista hacia las ramas y observó las frutas con calma.
Sin mirarlo, habló.
—¿Ha venido desde tan lejos solo para guardar silencio?
Ezra se tensó.
—Bueno… yo…
Las palabras parecían atorarse en su garganta.
—Con respecto a lo ocurrido en el palacio real… —continuó finalmente— la malinterpreté. La ofendí… y la lastimé.
Ezra inclinó profundamente la cabeza.
—Le pido disculpas por ello. Sé que es imperdonable… y si usted no desea seguir vinculada a mí… lo entenderé.
Irene no respondió de inmediato.
El silencio se volvió pesado.
Cada segundo aumentaba la angustia en el pecho de Ezra.
Finalmente Irene habló.
—La verdad es que sí.
Su tono fue seco.
—Me malinterpretó, me ofendió… y me lastimó.
Cada palabra cayó como una cuchilla.
Ezra sintió que algo se retorcía dentro de su pecho.
Irene giró levemente hacia él.
—En cuanto a continuar con el matrimonio… también tengo mis dudas.
Ezra palideció.
—Durante estos días me pregunté algo —continuó Irene con calma—. ¿Cómo voy a casarme con un hombre que no confía en absoluto en mí?
Ezra se estremeció.
—Y ahora… soy yo quien tampoco confía en usted.
Aquellas palabras lo golpearon con fuerza.
—Lo siento… de verdad lo siento —dijo con voz baja—. Yo la malinterpreté…
Pero Irene negó suavemente con la cabeza.
—¿Malinterpretar?
Lo miró directamente a los ojos.
—No. Usted ni siquiera me escuchó.
Ezra sintió que la culpa aumentaba con cada palabra.
Se sorprendía a sí mismo recordando la escena una y otra vez, sin poder creer lo irracional que había sido.
Irene continuó hablando.
—¿Sabe de qué hablamos realmente esa tarde la princesa Lina y yo?
Ezra negó lentamente con la cabeza.
—Sobre usted —dijo Irene—. O, más bien, la princesa habló sobre ustedes… y yo escuché.
Luego comenzó a relatar con calma algunos detalles.
Historias.
Situaciones.
Momentos que Ezra había vivido con Lina.
Cosas demasiado específicas… demasiado personales.
Mientras Irene hablaba, Ezra sentía cómo su sorpresa crecía.
Aquellos eran recuerdos que solo él y Lina conocían.
Eso significaba una sola cosa.
Irene decía la verdad.
—Pero no fue solo eso lo que la princesa me dijo —continuó Irene—. También insinuó preguntas bastante tendenciosas sobre sus orígenes.
Ezra se tensó.
—Ahora le pregunto, duque… —continuó Irene—. Si sus orígenes son un tema sensible para su alteza… ¿por qué lo sacaría a relucir de esa manera?
Ezra no respondió.
Porque en ese instante comprendió algo.
Irene tenía razón.
Y lo más perturbador era que él jamás se había detenido a pensarlo.
—Sé que su amistad con la princesa es especial —dijo Irene—. Pero… ¿alguna vez se ha detenido a pensar en la cantidad de injusticias que se han cometido por creer ciegamente en su palabra?
Ezra sintió un nudo en el estómago.
Su mente comenzó a recordar situaciones.
Pequeños incidentes.
Momentos extraños.
Conflictos en los que Lina había estado involucrada… y en los que él siempre había tomado su lado sin dudar.
Porque para él, la palabra de Lina siempre había sido suficiente.
Pero ahora…
Ahora ya no estaba tan seguro.
Irene suspiró.
—Tuve suerte de que el príncipe Erick estuviera allí —dijo con un matiz de enojo en la voz—. De lo contrario, probablemente ahora estaría enfrentando un juicio por algo que no hice.
Al imaginar esa posibilidad, Ezra se estremeció.
De pronto dio un paso adelante.
Y cayó de rodillas frente a ella.
Irene se sobresaltó.
—¡Duque! ¿Qué está haciendo?
Ezra bajó la cabeza.
—Perdóneme, señorita —dijo con voz grave—. Por mi ineptitud usted estuvo en una situación límite.
Levantó la mirada.
—Esto no volverá a pasar, jamás. Corregiré mis faltas y mis errores… lo juro por mi honor de caballero consagrado.
Irene se quedó inmóvil.
El juramento de un caballero consagrado no era algo que se dijera a la ligera.
Era un juramento inquebrantable.
Desvió la mirada.
—No necesitaba hacer ese juramento…
Ezra dudó antes de preguntar:
—Entonces… señorita… ¿no romperá el compromiso?
Irene volvió a mirarlo.
Lo observó unos segundos en silencio.
—Acepto sus disculpas —dijo finalmente—. Y en consecuencia… estoy dispuesta a continuar con el compromiso.
El alivio atravesó a Ezra como una ráfaga de aire.
Pero solo duró un instante.
—Pero tengo algunas condiciones —añadió Irene con calma—. Si no puede o no quiere cumplir alguna de ellas… será mejor no continuar.
Ezra asintió de inmediato.
—La escucho.
Irene cruzó ligeramente los brazos.
—Primero: no quiero volver a estar a solas con la princesa Lina.
Ezra se tensó.
—No quiero verme envuelta nuevamente en algún… “malentendido”.
Ezra bajó la mirada con evidente vergüenza.
Irene continuó enumerando otras condiciones.
Ninguna era exagerada.
Solo límites razonables.
Respeto.
Comunicación directa entre ellos antes de sacar conclusiones.
Y que, si volvía a surgir un conflicto semejante, Ezra escucharía su versión antes de tomar partido.
Cuando terminó, el jardín quedó en silencio.
Ezra levantó la mirada.
—Acepto todas sus condiciones —dijo con seriedad—. Sin excepción.
Hay Ezra m imagino tu cara de celos
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener