Davina Guedes sueña con trabajar en la Inmobiliaria Hawser , sin saber que al lograrlo , despertaría la pasion y al obsesión de su dueño , el empresario Danilo Hawser.
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Capitulo 21
Mientras el sol comenzaba a filtrarse tímidamente entre las nubes de São Paulo, el mundo despertaba con una noticia que sacudía los cimientos del poder en Brasil.
Helenina Hawser no perdió tiempo. Vestida de un luto riguroso que resaltaba su palidez aristocrática, convocó a una rueda de prensa de emergencia en los jardines de la mansión. No parecía una mujer derrotada; parecía una santa traicionada.
—Con profundo dolor —comenzó Helenina, con la voz quebrada de forma magistral ante las cámaras de los principales noticieros—, debo confirmar que mi esposo, Danilo, ha huido tras descubrirse su implicación directa en una red de desfalco que ha desangrado a esta compañía durante años. Pero lo más trágico no es el dinero... es que ha secuestrado a Davina, una joven vulnerable que estaba bajo mi protección, usando a un peligroso mercenario para sacarla del país.
En las pantallas gigantes de la ciudad, apareció la "prueba": la confesión firmada por Danilo que los sicarios habían recuperado del coche accidentado. Helenina había omitido las páginas que la incriminaban a ella, dejando solo aquellas donde Danilo aceptaba la culpa de todo.
—Danilo es un hombre peligroso y desesperado —continuó Helenina, mirando fijamente a la cámara—. Pido a las autoridades que actúen con firmeza. Solo quiero que Davina y el bebé regresen a casa sanos y salvos. La justicia de los Hawser no descansará.
En un solo movimiento, Helenina había convertido a Danilo en el villano más buscado de Brasil y a ella misma en la madre protectora que el público ahora adoraba. Legalmente, el camino estaba despejado: Danilo era un criminal prófugo, y ella, la única heredera legítima capaz de reclamar la custodia del niño.
***
A miles de kilómetros, en la humedad asfixiante de Itacaré, la realidad era mucho más visceral. Marcos "El Lobo" observaba la pantalla de su detector de señales. El punto rojo parpadeaba con insistencia: la lancha estaba marcada.
—Tulio está a menos de dos kilómetros. Ya saben exactamente dónde estamos —dijo Marcos, mirando a Davina, que estaba pálida y apoyada contra los restos de un asiento.
—No puedo correr, Marcos. Mis piernas no responden —susurró ella, tocándose el vientre con manos temblorosas.
Marcos tomó una decisión rápida. Abrió el tanque de combustible de la lancha, dejó que un rastro de gasolina se mezclara con el agua del fondo y activó un temporizador en una bengala de emergencia.
—Vamos a darles un espectáculo —gruñó Marcos.
Sin previo aviso, Marcos cargó a Davina en sus brazos. Ella era liviana, consumida por el miedo y el cansancio, pero su mirada seguía llena de fuego. El mercenario se internó en el agua turbia del manglar, hundiéndose hasta la cintura en el lodo negro. Cada paso era una batalla contra las raíces entrelazadas que parecían garras tratando de retenerlos.
—¡Agárrate fuerte de mi cuello y no mires atrás! —ordenó Marcos.
Apenas se habían adentrado unos cincuenta metros en la espesura del bosque inundado cuando el rugido del motor de Tulio se escuchó llegar a la ensenada. Segundos después, una explosión ensordecedora iluminó el manglar. La lancha de Marcos saltó por los aires en una bola de fuego naranja, enviando fragmentos de metal y madera en todas direcciones.
Tulio y sus hombres se detuvieron, observando el incendio.
—¡Busquen los restos! —gritó Tulio—. ¡Si no hay cuerpos, es que todavía están vivos en el barro!
Marcos, oculto tras el tronco de un árbol milenario, apretó a Davina contra su pecho para acallar sus sollozos. El lodo les cubría la piel, camuflándolos con el entorno, pero el olor a humo y gasolina era una señal que Tulio no tardaría en seguir.
—Danilo... él nos encontrará, ¿verdad? —preguntó Davina en un susurro apenas audible.
Marcos no respondió. Sabía que Danilo estaba en algún lugar de la selva de asfalto de São Paulo, herido y perseguido por una mujer que acababa de convencer al mundo entero de que él era un monstruo…