Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.
¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?
Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗
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CAPÍTULO 5: El Nido de las Serpientes
El coche era un Ford Focus del año de la polca, robado en un parking de un centro comercial a las afueras de Washington. Jessica lo había elegido precisamente por eso: anodino, gris, con una abolladura en la puerta trasera y pegatinas de una guardería en el parachoques. El tipo de vehículo que nadie mira dos veces.
Kaeil iba en el asiento del copiloto, la mochila abrazada contra el pecho como un niño de pecho. La ceja le dolía, pero el dolor era casi agradable comparado con el zumbido constante de adrenalina que llevaba horas recorriéndole el cuerpo.
—¿Adónde vamos? —preguntó, mirando por la ventana las luces de la ciudad que se deslizaban como estrellas fugaces.
—A un sitio donde puedas mostrarme eso sin que nos maten en el intento —respondió Jessica, sin apartar la vista de la carretera—. Conozco un motel en Maryland. Gestionado por una señora mayor que no hace preguntas y acepta efectivo. Hemos estado allí antes.
—¿Nosotros?
—Yo. Gente con la que trabajaba. Es seguro.
Kaeil asintió y se quedó callado. El coche olía a ambientador barato de pino y a algo más, un olor químico que no supo identificar. Jessica conducía con una mano, relajada, como si robar coches y huir de asesinos del gobierno fuera parte de su rutina diaria.
—¿Siempre eres así? —preguntó él de repente.
—¿Así cómo?
—Tranquila. Como si nada de esto te afectara.
Jessica sonrió sin alegría.
—Si me dejara afectar por cada vez que intentan matarme, estaría en una celda acolchada desde los veinte años. Aprendes a desconectar. A verlo como un trabajo.
—¿Y lo de antes? Lo de la Operación Fénix. ¿Eso también lo desconectas?
Ella no respondió. La mandíbula se le tensó, pero no dijo nada.
Kaeil esperó. Había aprendido ya que con Jessica no servía presionar. Había que dejar que ella viniera.
—No —dijo al fin, y su voz era más baja—. Eso no. Eso lo llevo dentro como un hueso roto que nunca soldó bien. Duele todo el tiempo, pero aprendes a vivir con ello.
—Hasta que alguien te lo recuerda.
—Hasta que alguien me lo recuerda —repitió ella, y por un momento sus ojos se desviaron de la carretera para encontrarse con los de él.
Fue solo un instante, pero Kaeil sintió algo caliente en el pecho.
—Lo siento —dijo—. Por ser yo quien te lo recordó.
—No lo sientas. Prefiero saber la verdad a vivir engañada. Aunque duela.
Llegaron al motel pasada la medianoche. Era un edificio de dos plantas con aspecto cansado, luces de neón parpadeantes y un cartel que anunciaba habitaciones por 39 dólares la noche. Jessica aparcó el Ford en la parte trasera, donde la oscuridad era más espesa y las cámaras no llegaban.
—Espera aquí —dijo, y desapareció hacia recepción.
Kaeil la vio hablar con una mujer mayor, regordeta, con el pelo teñido de un rubio imposible. Intercambiaron dinero, unas palabras, y Jessica volvió con una llave.
—Habitación 14. La última del pasillo. Salida de emergencia al fondo.
Entraron. La habitación era pequeña pero limpia. Una cama doble con una colcha de flores, un televisor antiguo pegado a la pared, un baño minúsculo. Jessica cerró la puerta, echó el pestillo, y dejó caer la mochila sobre la cama.
—Bien. Enséñamelo.
Kaeil sacó su portátil de la mochila. Era un modelo ultraligero, con cifrado de hardware y una batería de larga duración. Lo encendió, introdujo una contraseña de treinta y dos caracteres, y navegó hasta la carpeta cifrada.
—Prepárate —dijo—. No es bonito.
Los archivos se abrieron. Documentos, fotografías, grabaciones de audio, informes oficiales y no oficiales. Kaeil fue abriéndolos uno a uno mientras Jessica miraba en silencio, de pie junto a él, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
Primero las órdenes. La firma: senador William H. Crawford. Una rúbrica elegante, segura de sí misma, la misma que aparecía en los documentos oficiales del Congreso.
Luego los informes de la operación. Mapas, coordenadas, objetivos. La casa del periodista en un pueblo remoto de Siria, cerca de la frontera turca. Las fotografías de vigilancia: Elena Vásquez saliendo de su oficina, Ricardo Vásquez comprando pan, los niños jugando en un parque.
—Míralos —susurró Kaeil—. Son una familia normal. No eran terroristas. No eran espías. Solo gente que quería contar la verdad.
Luego las imágenes de después. El coche calcinado. Los cuerpos cubiertos con mantas. Y una foto, la última, de un niño corriendo entre las sombras, borroso, casi invisible.
—Mateo —dijo Kaeil—. Trece años. Sobrevivió al ataque. Logró escapar. Los archivos dicen que lo buscaron durante meses, pero nunca lo encontraron.
—¿Y ahora? —preguntó Jessica con voz ronca.
—Ahora ha vuelto a aparecer. Hace tres meses, alguien con su perfil biométrico intentó cruzar la frontera canadiense. No lo detuvieron, pero quedó registrado. Desde entonces, la búsqueda se ha intensificado.
Jessica se separó de él y fue hacia la ventana. Miró a través de la cortina hacia el aparcamiento vacío.
—Tiene veintidós años ahora —dijo—. Toda una vida huyendo.
—O escondiéndose. O esperando.
—¿Esperando qué?
—No lo sé. Quizás esperaba que alguien como nosotros encontrara los archivos. Que alguien hiciera algo.
Jessica se volvió. La luz tenue de la habitación le daba un aspecto casi fantasmal.
—¿Y qué quieres hacer tú?
Kaeil tragó saliva. Había pensado en eso muchas veces en las últimas horas. Tenía un plan, pero decirlo en voz alta lo hacía real. Peligroso.
—Quiero encontrarlo —dijo—. Quiero encontrarlo antes que ellos. Y quiero darle lo que le robaron: la oportunidad de contar su historia. De hacer justicia.
—¿Justicia? —Jessica sonrió con amargura—. La justicia no existe. Solo existe el poder. Y el poder lo tiene Crawford.
—Por ahora. Pero si logramos que Mateo hable, si logramos que los medios se hagan eco, si logramos que la opinión pública se entere...
—¿Crees que eso funcionará? ¿Crees que a la gente le importa?
—Tiene que importar. Porque si no, ¿qué nos queda?
Jessica lo miró largamente. Kaeil sostuvo su mirada, desafiante, aunque por dentro le temblaban las entrañas.
—Eres un ingenuo —dijo ella al final.
—Puede ser. Pero también soy el único que tiene los archivos. Y el único que sabe dónde buscar a Mateo.
—¿Sabes dónde está?
—Tengo una idea. Los movimientos de los equipos de búsqueda, las coordenadas de sus últimos avistamientos... si los analizo, puedo acotar la zona. No es mucho, pero es algo.
Jessica asintió lentamente.
—Hazlo —dijo—. Mientras yo vigilo.
Kaeil se puso a trabajar. El portátil cobró vida, ventanas abriéndose y cerrándose, líneas de código desfilando por la pantalla. Jessica se sentó en la cama, la pistola en el regazo, los ojos fijos en la puerta.
Pasó una hora. Dos. El silencio solo se rompía por el tecleo de Kaeil y el zumbido del aire acondicionado.
—¿Siempre has sido así? —preguntó Jessica de repente.
Kaeil levantó la vista.
—¿Así cómo?
—Obsesivo. Capaz de pasar horas frente a una pantalla sin mirar nada más.
—Sí —admitió él—. Desde pequeño. Los ordenadores eran mi refugio. Mi forma de escapar de un mundo que no entendía.
—¿Y ahora? ¿Sigues sin entenderlo?
—Ahora lo entiendo demasiado bien. Por eso quiero cambiarlo.
Jessica guardó silencio. Luego, con una voz que parecía venir de muy lejos, dijo:
—Yo también quise cambiar el mundo, una vez. Por eso me alisté. Pensaba que podía ayudar, proteger a los débiles, hacer la diferencia. —Se rió sin humor—. Menuda estúpida.
—No eras estúpida. Eras joven. Creías en algo.
—Y mira dónde me ha llevado.
—A aquí —dijo Kaeil—. Conmigo. Intentando evitar que maten a un niño al que no conoces.
Jessica lo miró, y por primera vez sus ojos no tenían esa dureza de siempre.
—No es por el niño —dijo—. Es por ti.
Kaeil se quedó sin respiración.
—¿Por mí?
—Porque crees. Porque a pesar de todo lo que has visto, todo lo que sabes, todavía crees que se puede hacer algo. Y yo... yo necesito creer en alguien. Aunque sea un ingenuo con ordenador y una mochila llena de secretos.
El silencio volvió, pero esta vez era diferente. Cargado. Eléctrico.
Kaeil sintió que las palabras se le atascaban en la garganta. Quería decir algo, cualquier cosa, pero no sabía qué.
Fue Jessica quien se movió. Se levantó de la cama y se acercó a él. Sus ojos verdes lo miraban con una intensidad que lo paralizaba.
—Eres un chico listo, Kaeil Grahan —murmuró—. Muy listo. Pero no tienes ni idea de lo peligroso que es esto.
—¿El qué?
—Esto —dijo ella, y se inclinó para besarlo.
Fue un beso suave al principio, casi una pregunta. Luego Kaeil respondió, y el beso se hizo más profundo, más urgente. Sus manos encontraron la cintura de Jessica, la curva de sus caderas, la suavidad de su piel bajo la ropa. Ella olía a pólvora y a sudor y a algo dulce, algo que no sabía identificar.
Se separaron jadeando.
—No deberíamos —dijo Kaeil, sin convicción.
—No —admitió Jessica—. Pero necesitamos algo bueno. Algo que no sea correr y escondernos y matar. Algo que sea solo nuestro.
Kaeil la miró. Por primera vez desde que la conocía, la vio no como una soldado, no como una máquina de matar, sino como una mujer. Una mujer asustada, sola, que necesitaba tanto como él un poco de calor en medio de la tormenta.
—Solo por esta noche —susurró él—. Mañana volvemos a ser lo que éramos.
—Mañana —repitió ella—. Pero esta noche...
No terminó la frase. No hizo falta.
Más tarde, mucho más tarde, cuando yacían enredados en las sábanas de la cama de flores, Kaeil sintió que el mundo exterior había dejado de existir. Solo existía ella. Su respiración acompasada, el latido de su corazón contra el pecho de él, la suavidad de su piel.
—Gracias —murmuró Jessica, casi dormida.
—¿Por qué?
—Por hacerme sentir viva.
Kaeil sonrió en la oscuridad y la abrazó más fuerte.
El momento se rompió a las 4:17 de la madrugada.
El ruido fue mínimo: un crujido en la puerta, casi imperceptible. Pero Jessica se incorporó como impulsada por un resorte, la pistola ya en la mano.
—Quieto —susurró—. No te muevas.
Kaeil se quedó helado, el corazón latiéndole con fuerza. Vio cómo Jessica se deslizaba de la cama, completamente desnuda, y se pegaba a la pared junto a la puerta. Su cuerpo era una obra de arte en tensión, cada músculo listo para la acción.
El picaporte giró lentamente.
La puerta se abrió de golpe y dos figuras irrumpieron en la habitación, linternas y armas en mano. Pero Jessica ya no estaba donde esperaban. Había rodeado la puerta y ahora estaba detrás de ellos.
El primer disparo alcanzó al primero en la nuca. Cayó sin un gemido. El segundo giró, pero Jessica ya estaba sobre él, un golpe seco en la garganta, otro en la sien. El hombre se desplomó como un fardo.
Todo duró tres segundos.
Jessica se quedó quieta un instante, respirando entrecortadamente, el cuerpo manchado de sangre nueva. Luego se volvió hacia Kaeil.
—Vístete. Rápido. Vendrán más.
Kaeil obedeció, las manos temblorosas. Mientras se ponía los pantalones, vio a Jessica recoger sus cosas con una eficiencia aterradora, como si acabar con dos hombres y vestirse en treinta segundos fuera lo más normal del mundo.
—¿Cómo nos encontraron? —preguntó.
—No lo sé. Quizás el coche. Quizás las cámaras del motel. No importa ahora. Vámonos.
Salieron por la puerta trasera, dejando los cuerpos en la habitación. La noche era fresca, estrellada, completamente ajena al horror que acababan de vivir.
Corrieron hacia el Ford, pero Jessica frenó en seco.
—No —dijo—. Si lo encontraron una vez, lo encontrarán otra. Necesitamos otro medio.
—¿Cómo?
Ella miró alrededor, evaluando opciones. Luego sus ojos se posaron en una furgoneta de reparto estacionada al otro lado del aparcamiento.
—¿Sabes arrancar un coche sin llaves?
Kaeil sonrió débilmente.
—Soy hacker. Arrancar coches es lo más fácil.
—Pues manos a la obra.
Cinco minutos después, la furgoneta arrancaba con un rugido y se perdía en la carretera interestatal, llevándose a dos fugitivos que ya no sabían distinguir entre la huida y la búsqueda, entre el amor y la guerra.
En el asiento del copiloto, Kaeil apretaba la mochila contra el pecho. En él, los archivos seguían intactos. En su memoria, el sabor de los labios de Jessica seguía fresco.
—¿Y ahora? —preguntó.
Jessica lo miró. En sus ojos ya no había ternura. Solo determinación.
—Ahora vamos a encontrar a Mateo Vásquez —dijo—. Y vamos a darle a Crawford lo que se merece.
La furgoneta siguió avanzando hacia el este, hacia el amanecer, hacia un futuro incierto donde la única certeza era que nada volvería a ser como antes.