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ARQUITECTO DE MI PROPIO DESASTRE

ARQUITECTO DE MI PROPIO DESASTRE

Status: En proceso
Genre:Romance / Comedia / Arrogante / Mujer poderosa / Malentendidos / Romance de oficina
Popularitas:7k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

De la comedia a la tragedia en un segundo

...CAPÍTULO 14...

...----------------...

...LUCIANA SALAZAR ...

El sol de la mañana golpeaba con fuerza sobre el terreno de la obra, pero el ambiente entre Vanesa y yo era mucho más asfixiante que el calor de la ciudad. Ella caminaba a mi lado fingiendo interés por los planos, pero notaba cómo me lanzaba miradas de soslayo. Sabía que mi actitud distante y serena la estaba descolocando.

—Arquitecta, se ve muy pensativa hoy —soltó Vanesa de repente, deteniéndose junto a una estructura de vigas—. Quizás es porque su esposo no le ha contado toda la verdad.

Sacó su teléfono con una rapidez felina y me mostró una ráfaga de fotos. Eran las imágenes de Sebastián entrando al hotel, y otra de ellos dos muy cerca en la habitación. Me miraba con una sonrisa cargada de veneno, esperando que yo me derrumbara ahí mismo.

—No te preocupes, Vanesa —le dije, manteniendo la voz firme y una calma que pareció golpearla—. Esa información ya me había llegado. Sebastián me contó todo esta mañana, paso a paso.

Vanesa palideció por un segundo, pero luego soltó una carcajada estridente que resonó en el concreto.

—¿Es que eres tonta o qué? —me espetó con desprecio—. Te cuenta una versión edulcorada para que no lo dejes, y tú, como una esposa abnegada y patética, le crees.

—¡Te exijo que me respetes! —le corté, poniéndome a un paso de ella. Mi tono era gélido—. Estás hablando con tu jefa y con una mujer que no tiene tiempo para tus juegos de gente loca.

—¿Tu jefa? —Vanesa se acercó más, sus ojos inyectados en una furia que ya no podía esconder—. ¿De verdad crees que él no se acostó conmigo? Se demoró horas en ese hotel, Luciana. ¿Crees que estuvo tres horas diciendo que no?Por favor... a él le encanto. Solo se queda contigo por lástima, o quizás porque eres lo "seguro", la mujer aburrida que lo cuida mientras él busca fuego en otra parte. Mírate, eres toda una aburrida y estás marchita. ¿Crees que un hombre como él va a estar satisfecho con alguien como tú toda la vida?

Ese comentario me dolió. Sentí una punzada en el pecho, un eco de mis propios miedos, pero no bajé la mirada.

—Estás loca, Vanesa. Estás obsesionada con una vida que no te pertenece y con un hombre que te tiene lastima—le respondí con asco—. Tu autoestima debe estar por el suelo para tener que mendigar atención de esta manera.

Vanesa tembló de rabia. La máscara de "niña bien" se rompió por completo. Estábamos en el segundo piso de la construcción, cerca de un borde que aún no tenía barandas de seguridad, solo unas cintas amarillas que apenas ondeaban con el viento.

—¡Tú no sabes nada! —gritó, perdiendo los estribos.

En un movimiento brusco y cargado de odio, Vanesa estiró los brazos y me empujó con todas sus fuerzas. No fue un tropiezo; fue un ataque directo. Mis botas resbalaron en el polvo de la losa y sentí cómo la gravedad me reclamaba.

—¡No! —alcancé a gritar mientras el vacío se abría bajo mis pies.

El golpe fue seco. Sentí un dolor punzante recorrer mi costado y mi cabeza rebotó contra algo metálico antes de que todo se volviera borroso. Lo último que vi antes de cerrar los ojos fue la silueta de Vanesa asomada desde arriba, mirándome con una expresión de horror que llegaba demasiado tarde.

...----------------...

...SEBASTIÁN VÉLEZ ...

El ambiente en la oficina de Gabriel era una mezcla entre un funeral y un programa de chismes de la tarde. Justo cuando Gabriel estaba por darle a "play" al video recuperado por sistemas, la puerta se abrió como si le hubieran puesto una carga de dinamita.

Ahí estaba la Senadora, y no entró sola; entró con su aura de "yo mando aquí y en todo el departamento". Se veía impecable, pero tenía una furia en los ojos que me hizo dar un paso atrás, casi escondiéndome detrás de una planta decorativa.

—¡Esto es inaudito! —bramó, lanzando su bolso de diseñador sobre la mesa de Gabriel—. Mi hija me llamó llorando, diciendo que en esta firma se respira un aire de acoso y que tú, Sebastián, no has hecho más que hostigarla. ¡Exijo una explicación o juro que mañana este edificio es un parqueadero público!

Gabriel, que en momentos de crisis se vuelve extrañamente elegante, ni siquiera parpadeó.

—Amanda, qué bueno que viniste—dijo con una calma que me dio miedo—. Precisamente estábamos revisando el material audiovisual de la "experiencia educativa" de tu hija. Por favor, toma asiento.

Lo que siguió fue la secuencia más gratificante y bizarra de mi vida profesional. Gabriel giró la pantalla. En el video, con un audio que los de sistemas habían limpiado milagrosamente, se escuchaba perfectamente a Vanesa diciendo sus barbaridades.

Era la expresión más extraña y satisfactoria que había visto en mi vida. Se quedó muda, mirando la pantalla como si deseara que fuera un portal para teletransportarse a otro planeta.

Luego, Gabriel le mostró los mensajes que Vanessa había enviado, a los que Sebastián alcanzó a tomar captura de pantalla y, para rematar, le contó lo de la suite del hotel a las tres de la mañana.

La cara de la Senadora pasó por todos los colores del arcoíris en menos de un minuto. Primero fue roja de ira, luego blanca de impresión, y terminó en un tono gris ceniza de pura y absoluta vergüenza. Era la cara de una mujer que acaba de descubrir que su "hija modelo" es, en realidad, un pequeño demonio con lencería roja y delirios de grandeza.

—Yo... yo no tenía idea —balbuceó la Senadora, y por un momento me dio hasta lástima. Se tapó la cara con las manos—. Gabriel, Sebastián... les ofrezco mis más sinceras disculpas. Sabía que Vanesa era... impulsiva, que no había madurado, pero esto es demencial. Yo solo quería que tuviera una experiencia real, pero veo que esto se salió de control de forma psicótica.

Se levantó, recuperando su postura de hierro, pero con una decisión implacable.

—Despídanla. Ahora mismo. No solo se acabó la pasantía; hoy mismo le corto los fondos, le quito las llaves del auto y la saco de la casa. A ver si viviendo en un apartamento de soltera pagado con su propio esfuerzo aprende de una vez.

Gabriel y yo nos miramos. Casi quería celebrar. Era el final de la pesadilla. Estaba a punto de soltar un chiste sobre cómo Vanesa se vería recibiendo la noticia, cuando mi celular empezó a vibrar como si fuera a explotar.

Era el capataz de la obra.

—¿Aló? —contesté, todavía con una sonrisa burlona en la cara.

—¡Arquitecto! ¡Señor Vélez! ¡Tiene que ir ya al hospital! —la voz del hombre sonaba desesperada—¡Hubo un accidente! ¡La arquitecta Luciana... se cayó del segundo piso!

El mundo se detuvo. La oficina, la Senadora, el triunfo sobre Vanesa... todo se borró en una fracción de segundo. Sentí como si un mazo de concreto me golpeara el pecho, dejándome sin aire. El teléfono casi se me resbala de la mano.

—¿Qué? —mi voz salió como un susurro—¿Cómo que se cayó?

—¡La empujaron, Arqui! ¡La pasante la empujó! ¡Estamos esperando la ambulancia, ella no reacciona!

No dije nada más. No me despedí de Gabriel ni de la Senadora. Salí disparado de la oficina, tropezando con una silla y dejando la puerta abierta de par en par. Corrí hacia el ascensor golpeando el botón con furia, con las lágrimas empezando a nublarme la vista y el corazón martilleando en mis oídos tan fuerte que no escuchaba nada más.

Se me acabaron los chistes. Se me acabó la gracia. En ese momento, solo existía el terror puro de perder a la única persona que le daba sentido a mi desastre de vida.

......................

No sé cuántas veces caminé de una pared a la otra; mis pasos eran lo único que rompía el silencio sepulcral de la sala de espera.

Cada vez que la puerta batiente de urgencias se abría, mi corazón daba un vuelco. Solo podía pensar en nuestra conversación en la terraza. En su risa, en la forma en que me perdonó a pesar de mi estupidez. Si algo le pasaba, si esa loca le había quitado la vida, yo no iba a ser capaz de seguir.

—¿Familiares de Luciana Vélez? —la voz del médico sonó.

Me detuve en seco y corrí hacia él. El doctor era un hombre mayor, con lentes y una expresión que no lograba descifrar. Me miró por encima de sus gafas, sosteniendo una carpeta con firmeza?

—Soy yo. Soy su esposo —dije, con la voz quebrada—. ¿Cómo está ella? Por favor, dígame que está bien.

El médico suspiró y me indicó que nos sentáramos. Yo no podía. Me quedé de pie, apretando los puños.

—El golpe fue fuerte, señor. La caída desde el segundo nivel le provocó una conmoción cerebral y una fractura en dos costillas. Logramos estabilizarla y, por fortuna, no hay daño neurológico permanente, aunque tendrá que estar en observación estricta las próximas cuarenta y ocho horas.

Solté un aire que parecía llevar atrapado horas. Mis piernas flaquearon y tuve que apoyarme en la pared. —Gracias a Dios... —susurré.

—Sin embargo —continuó el médico, y su tono cambió a uno mucho más serio y precavido—, hay algo más que necesitamos discutir sobre el estado de su esposa. Debido al protocolo de trauma por caída, le realizamos una serie de exámenes de sangre completos y una ecografía abdominal para descartar hemorragias internas.

Me puse tenso de inmediato. —¿Qué pasa? ¿Encontraron algo malo?

El doctor negó con la cabeza, y por primera vez, una pequeña y casi imperceptible sonrisa apareció en su rostro.

—No es algo malo. Pero dada la violencia del impacto y el tratamiento que debemos seguir, es vital que lo sepa: Luciana tiene aproximadamente seis semanas de embarazo.

Me quedé mudo. El mundo, que hace un segundo era un caos de sirenas y gritos, se quedó en absoluto silencio. Sentí un zumbido en los oídos.

—¿Em... embarazo? —repetí, como si fuera una palabra en un idioma que no conocía. Mis manos empezaron a temblar. Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta que apenas me dejaba articular—. Pero... doctor, ¿eso es posible? El... ¿el bebé está bien? Después de esa caída...

El doctor suspiró y ajustó sus anteojos, mirando la carpeta de resultados.

—La situación es delicada, señor. El impacto fue severo. Debido al trauma, Luciana presenta lo que llamamos una amenaza de aborto por desprendimiento parcial. Sin embargo —hizo una pausa que me pareció eterna—, el saco gestacional sigue íntegro y hay actividad. El embrión ha resistido el primer golpe, pero el riesgo de pérdida es muy alto en las próximas cuarenta y ocho horas.

Sentí que las rodillas me fallaban. Me apoyé en la pared del pasillo, tratando de procesar que lo que Luciana tanto deseaba y anhelaba por tener, estaba ocurriendo en medio de una pesadilla.

—Por ahora, ella está sedada en la Unidad de Cuidados Intensivos. Necesitamos que su cuerpo baje los niveles de estrés y que la inflamación cerebral ceda. Lo más importante ahora es el reposo absoluto. Ella y el bebé están luchando, pero la estabilidad emocional será clave si logra pasar esta fase crítica.

Horas después, escuché unos pasos rápidos y pesados por el pasillo. Al levantar la vista, vi a Gabriel. Venía todavía con el traje de la oficina, pero se veía descompuesto. Sus ojos, generalmente tranquilos, estaban inyectados en sangre.

—¿Cómo está? —me soltó sin saludar, con la voz ronca.

Me puse de pie, sintiendo que el peso de la noticia me desbordaba.

—Está estable, pero en cuidados intensivos, Gabriel —respondí, tratando de que mi voz no temblara—. Y... Gabriel, hay algo más. Luciana está embarazada.

Gabriel se detuvo en seco, sus ojos se abrieron con sorpresa.

—¿Embarazada? ¿Y la caída...?

—Tiene una amenaza de aborto por el impacto —dije apretando los dientes—. Esa maldita loca casi los mata a los dos.

Después de cinco horas, el sonido de los tacones apresurados contra el suelo de granito del hospital me obligó a apretar los párpados con más fuerza. No necesitaba abrir los ojos para saber que era Sera. Su perfume y su respiración agitada la precedían. Escuché cómo se detenía frente a Gabriel y cómo este la recibía con un susurro que pretendía ser discreto, pero que en el vacío de ese pasillo sonaba como un megáfono.

—Está en cuidados intensivos, Sera —murmuraba Gabriel con voz ronca—. Y lo peor es que Luciana está embarazada de seis semanas. Hay una amenaza de aborto por la caída. No molestes a Sebastián ahora, por favor. Está devastado, no ha querido comer ni beber nada en cinco horas. Está muy mal con todo esto, déjalo que procese el golpe.

Solté un suspiro largo, pesado, mientras me sobaba las sienes con las yemas de los dedos. Sentía que la cabeza me iba a estallar.

—Si estás susurrando para que no te oiga, déjame decirte que lo haces muy mal porque te estoy escuchando perfectamente, Gabriel —dije sin abrir los ojos, con la voz seca por la falta de agua y el agotamiento.

Me incorporé lentamente en la silla, sintiendo cada músculo de mi cuerpo rígido como si fuera de piedra. Miré a Gabriel y luego a Sera, que tenía los ojos empañados en lágrimas y se tapaba la boca con una mano por la impresión de la noticia.

—Solo estoy preocupado por muchas cosas —continué, fijando mi vista en la puerta de doble hoja que me separaba de mi esposa y de mi hijo—. Y nadie me va a venir a "molestar" si solo se preocupan por la situación. No soy de cristal, Gabriel. Lo que me tiene así, es la impotencia de saber que mientras nosotros estamos aquí con esta incertidumbre, esa mujer sigue libre.

Sera se acercó con cuidado y me puso una mano en el hombro.

—Sebas... no teníamos idea de lo del bebé. Gabriel me contó lo de la tal pasante esa. Vamos a mover cielo y tierra, te lo juro.

—Más vale que así sea —respondí, poniéndome de pie con un esfuerzo sobrehumano—. Porque si la justicia no se encarga de que Vanesa pague por lo que le hizo a Luciana y por poner en riesgo a mi hijo, juro que el que se va a volver un psicópata soy yo.

En ese momento, una enfermera salió de la unidad de cuidados intensivos y miró su planilla antes de buscarme con la vista.

—¿Señor Vélez? La paciente está despertando. Los médicos la están evaluando, pero ella está estable. Solo puede entrar un momento.

No esperé. Caminé hacia la puerta sintiendo que el corazón me martilleaba en las costillas.

Entré a la habitación de la UCI tratando de controlar el temblor de mis manos. El sonido rítmico de los monitores era lo único que llenaba el espacio. Ver a Luciana allí, tan pequeña entre tantas sábanas blancas y cables, me partió el alma. Tenía un vendaje en la cabeza y el rostro pálido.

Me acerqué a la cama y le tomé la mano con una delicadeza extrema, como si fuera a romperse. Sus ojos se abrieron lentamente, desenfocados, hasta que dieron conmigo.

—¿Quién eres? —susurró con una voz apenas audible.

El corazón se me detuvo. Literalmente sentí un vacío en el pecho y el frío me recorrió la espalda. Me quedé mudo, mirándola con los ojos muy abiertos, procesando el terror de que el golpe le hubiera borrado nuestra vida entera de la cabeza.

—¿Lu? Soy yo... Sebas. Tu esposo —alcancé a decir con la voz temblando.

De repente, una pequeña comisura de sus labios se elevó y sus ojos brillaron con esa chispa de travesura que ni los sedantes habían podido apagar. Soltó una risita débil que terminó en una mueca de agonía.

—¡Ay! —se quejó, apretando los dientes y llevándose la mano al costado—. Es broma, amor... no te asustes. Sé perfectamente quién eres.

Me quedé petrificado un segundo, y luego solté un suspiro que fue más un gruñido de frustración que de alivio. Retiré mi mano de la suya y me froté la cara, sintiendo que la rabia y el miedo me subían por el cuello.

—No tiene gracia, Luciana. De verdad —le solté, y mi tono fue tan serio y cortante que ella dejó de reírse de inmediato—. Casi me matas del susto. Te caíste de un segundo piso, estás en cuidados intensivos y me sales con una broma de pérdida de memoria... No es el momento, ¿entiendes? No es el maldito momento para eso.

Sé que suena raro que sea yo, el que siempre está bromeando, el que la regañe por un chiste. Pero después de tantas horas de pensar que la había perdido, de saber lo del bebé y de sentirme el hombre más impotente del mundo, no tenía espacio para el humor.

Luciana parpadeó un par de veces, todavía algo aturdida por los sedantes, y me miró con una ternura triste.

—Relájate, amor —me dijo en un susurro, estirando sus dedos para buscar mi mano otra vez—Solo quería aligerar la tensión. No quiero que te preocupes de más y tengas esa cara que siempre pones cuando me pasa algo. La verdad... da algo de miedo verte tan serio, Sebas. Siento que si no me río un poco, me voy a dar cuenta de lo grave que es todo esto y me voy a sentir peor.

Finalmente, le tomé la mano de nuevo y la besé con desesperación, apoyando mi frente contra su brazo.

Justo en ese momento, la cortina se descorrió y el médico entró con una carpeta bajo el brazo. Nos miró a ambos y luego revisó el monitor de signos vitales.

—Qué bueno que ya despertó —dijo el doctor con un tono profesional pero amable—. El golpe fue severo y tenemos que vigilar esa conmoción, pero sus reflejos están respondiendo bien.

Luciana hizo una mueca de dolor al intentar acomodarse.

—Me duele el vientre, doctor. Es un tirón muy extraño. ¿Es por la caída?

El médico intercambió una mirada conmigo y luego volvió a mirar a Luciana. Se aclaró la garganta y se acercó a la cama.

—Precisamente de eso quería hablarles. El dolor que siente es esperado debido al trauma, pero hay una razón específica por la que estamos siendo tan estrictos con su sedación y reposo —el doctor hizo una pausa breve—. Los exámenes de sangre y la ecografía de emergencia confirmaron que usted tiene seis semanas de embarazo, señora Luciana.

El silencio que siguió fue absoluto. Luciana dejó de respirar por un segundo, mirando al médico con los ojos desorbitados. Su mano apretó la mía con una fuerza que no creí que tuviera en ese estado.

—¿Qué? —alcanzó a decir en un hilo de voz—¿Embarazada? Doctor... ¿está seguro?

—Totalmente seguro. Pero debido al impacto, hay una amenaza de aborto. Ese dolor que siente es el útero reaccionando al trauma. Logramos estabilizar el desprendimiento inicial, pero el embrión está en una situación muy delicada. El éxito de este embarazo depende de que usted no se mueva, no se estrese y deje que el tratamiento haga efecto. El embrión se encuentra estable por ahora, pero necesitamos que usted nos ayude a mantenerlo así.

Luciana giró la cabeza lentamente hacia mí. Tenía los ojos inundados de lágrimas, pero esta vez no eran solo de dolor. Era una mezcla de terror puro y una esperanza que nos desbordaba a ambos. Se llevó la mano libre al vientre con un gesto instintivo, protegiendo ese milagro que apenas sabíamos que existía.

—Sebas... amor—sollozó ella—. Tenemos un bebé. Estoy embarazada.

—Lo tenemos, amor —le respondí, dejando que mis propias lágrimas cayeran por fin—. Y no vamos a dejar que nada le pase. Te lo prometo.

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Karla(⁠^⁠^⁠)^⁠_⁠^(⁠T⁠T⁠)
Excelente,divertida extraordinaria
Nancy Parraga
Veamos que va hacer Luciana con esos padres hdp y un ex obsesionado esto es como una bomba 💣a punto de explotar 💥
Nancy Parraga
Ahora ya no es Vanessa, es un ex que creo que psicópata y unos suegros que rayan a la locura
Nancy Parraga
Por Dios Sebas estás más cagado que palo de gallinero🤣🤣 te persiguen los enemigos 🤣
💞Agustina Intriago 💕🌙
Pobre Sebas si no le llueve le escampa 🤣🤣🤣🤣
💞Agustina Intriago 💕🌙
Creo que ese par de desgraciados no son tus padres
💞Agustina Intriago 💕🌙
Primero Vanessa ahora el ex ridículo y también unos padres hdp que merecen que se los envié a martes 🙏🏼
💞Agustina Intriago 💕🌙
Sebastián creo que deberías de darte unos baño de no se que para que te quiten a todos esas personas obsesionadas 🤣🤣🤣
Nancy Parraga
Ese hombre se merecía el golpe y no solo uno si no algunos como pueden tratar así a su hija o sea que no es hija de ellos
Nancy Parraga
La verdad que la familia de Luciana son una joyita de la peor calaña
Nancy Parraga
Pobre sebas no sale de una y le llega otra creo que atraes el caos ahora te llegó el ex a dar problemas 🤣🤣
Nancy Parraga
El héroe caído le puso el cansancio y una locomotora 🚂 le queda corta en ronquidos 😂😂😂😂😂
Nancy Parraga
😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂Sebas pagaras piso por qué dudo que ese par solo te graven para ellas 🤣🤣🤣🤣
Nancy Parraga
Esa mujer si que es una loca de remate, presentarse en el departamento de Sebas
Nancy Parraga
Hay Seba se que no estás brincando en una pata Pero es tu hijo y debes cuidarle se que no estabas preparado Pero nadie está preparado para ser padre pero ya te toco
Nancy Parraga
Ahora le toca a Sebas y a Luciana tomar las cosas con calma para retener el embarazo
Nancy Parraga
por Dios ojalá que den rápido con Vanessa por qué esa mujer es un peligro en la calle
Nancy Parraga
Lo mejor que pudo hacer Sebas fue confiar en su esposa
Nancy Parraga
La verdad que esa mujer es el diablo y eso por qué la madre la a de concentir por ser la hija de la senadora ella se cree invencible
Maya
Se supone que el es el esposo el único que puede autorizar su salida ojalas no se salgan con la suya
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