Elior siempre se sintió fuera de lugar.
En su vida pasada fue profesora de ciencias, alguien que creía en la lógica… hasta que murió y despertó en un mundo regido por jerarquías, vínculos y destinos imposibles de ignorar.
Ahora es un omega masculino de belleza andrógina, hijo de los duques del Ducado de Lirien, rodeado de protección… y de miradas peligrosas.
Desde antes de renacer, soñaba con un hombre que nunca vio, pero que su cuerpo siempre reconoció.
Cuando el mundo intenta reclamarlo como una oportunidad política, Elior descubre que el vínculo que lo llama no exige posesión, sino espera.
🌙 Omegaverse · Reencarnación · Romance BL · Deseo contenido · Consentimiento
Advertencias:
Presión política sobre omegas · Intentos de reclamo forzado (no consumados) · Tensión emocional intensa
✔️ Sin violación
✔️ Sin romance forzado
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Capítulo 12: Cuando deja de retroceder
(POV del delta)
No ocurrió de forma abrupta.
No fue un llamado claro ni una sacudida violenta del vínculo. Fue algo mucho más peligroso por su sutileza: una ausencia de resistencia. Como si, de pronto, el espacio que siempre había sentido tenso se hubiera relajado apenas… lo suficiente para notarlo.
Me detuve en seco.
El pasillo seguía igual. El aire no había cambiado. Las voces lejanas continuaban su murmullo habitual. Y, aun así, algo en mi interior se asentó con una claridad inquietante.
Así que… dejaste de huir.
Apoyé una mano contra la pared fría, no por necesidad física, sino para anclarme. El instinto reaccionó con una firmeza profunda, contenida, como una corriente subterránea que por fin encontraba cauce.
No avanzó.
No reclamó.
Respondió.
Eso me tensó más que cualquier urgencia.
Durante años había aprendido a reconocer las señales del vínculo: la llamada insistente, la presión que empuja, el deseo que nubla el juicio. Lo que sentía ahora no era nada de eso.
Era permiso.
No explícito.
No total.
Pero real.
Respiré hondo, dejando que la sensación se asentara sin dejar que tomara el control. No podía permitirme avanzar más rápido de lo que él estaba dispuesto a sostener. Sabía, con una certeza que no necesitaba explicación, que ese omega estaba aprendiendo a escucharse por primera vez.
Y no iba a ser yo quien rompiera eso.
Caminé despacio, atento a cada cambio interno. El vínculo se mantenía firme, estable, como una presencia tranquila a mi espalda. No tiraba de mí hacia un punto específico. Simplemente estaba.
Elegiste quedarte, pensé.
Y eso lo cambia todo.
La imagen de él volvió a mi mente sin que la llamara: su postura atenta, la forma en que respiraba cuando sentía demasiado, la quietud contenida que no era sumisión, sino cuidado. No era un omega que esperara ser tomado.
Era uno que decidía.
Esa comprensión me recorrió con una intensidad controlada, peligrosa. No por el deseo que despertaba —ese siempre había estado ahí—, sino por la responsabilidad que implicaba.
Si avanzaba ahora, si permitía que el instinto tomara el mando, podía quebrar algo irreemplazable.
Así que no lo hice.
Me detuve junto a una ventana alta y observé el exterior sin verlo realmente. El mundo seguía su curso, indiferente a la transformación silenciosa que acababa de ocurrir entre dos personas que aún no se miraban de frente.
El vínculo volvió a pulsar, suave.
No pedía contacto.
Pedía presencia.
—Despacio —murmuré, sin saber si hablaba conmigo o con él.
La respuesta llegó como una estabilidad cálida, una confirmación muda de que ese ritmo era suficiente. No había prisa. No había pérdida por esperar.
Eso…
eso fue lo que me sorprendió más.
Porque siempre había creído que el vínculo era algo que exigía resolución, culminación, acto. Y ahora entendía que, al menos con él, también podía ser acompañamiento.
Seguí caminando, manteniendo la distancia que él había marcado sin palabras. Cada paso era una elección consciente. Cada respiración, un recordatorio.
No lo tomaría.
No lo reclamaría.
No hasta que él avanzara primero.
Y cuando ese momento llegara —porque llegaría—, no sería una reacción instintiva ni una imposición silenciosa.
Sería un encuentro.
Cerré los ojos un instante, permitiéndome sentir la totalidad del vínculo sin moverme hacia él. La presión se mantuvo constante, firme, casi serena.
Gracias, pensé, sin saber si podía escucharlo.
Por elegir quedarte.
Abrí los ojos y retomé el camino con una certeza clara y peligrosa en el pecho:
El primer paso ya estaba dado.
Y esta vez…
no por mí.