Relatos cortos del héroe multiversal Perseo, contado desde la mente de Exístencia, el creador de la realidad y del ser. Ven y ve el abismo y la luz como nunca antes creíste poder verles, adéntrate en esta historia de tragedias, triunfo que saben a derrotar y a la valentia que tiene un alma eterna que viaja libre sin las cadenas de la existencia escrita sobre su ser.
NovelToon tiene autorización de XintaRo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Parte: 14.
14. El último mandato del Comandante Cassian.
La mano de Perseo temblaba sobre el detonador, pero sus ojos permanecían fijos en la figura de su padre. El círculo de seres perfectos se detuvo, sus expresiones de paz transformándose lentamente en una neutralidad glacial. El aire dulce del planeta pareció volverse pesado, cargado de una expectativa eléctrica.
—Hijo, piénsalo —dijo Cassian, dando un paso adelante—. Si activas eso, destruirás la última oportunidad de la humanidad. Serás el asesino de tu propia especie.
—La humanidad murió en la Nautilos-Magna —respondió Perseo, su voz ganando fuerza—. Lo que hay aquí es solo un eco, una imitación barata de la vida. Prefiero ser el último humano de verdad que el primer dios de mentira.
De repente, la imagen de Cassian parpadeó. Por un segundo, Perseo vio al monstruo despellejado que realmente era, con sus entrañas de fibra óptica colgando. La ilusión se estaba desmoronando ante su resistencia mental. Las raíces blancas en el suelo empezaron a volverse rojas de nuevo, erizándose como espinas.
—¡Eres un necio! —rugió la entidad, y el cielo púrpura se oscureció con nubes de esporas—. ¡Te dábamos la eternidad y eliges el polvo!
Las figuras de Héctor y Carol se lanzaron sobre él, pero ya no eran sus amigos; eran masas de carne amorfa que gritaban con mil voces. Perseo activó el detonador.
Una serie de explosiones en cadena recorrió el valle. Los fragmentos de la Nautilos-Magna que habían caído cerca estallaron en bolas de fuego purificador. El núcleo de la cápsula de escape también se sobrecargó, lanzando una onda de choque que derribó a Perseo y desintegró a los seres que lo rodeaban.
El fuego se extendió rápidamente por la vegetación alienígena. Las plantas brillantes ardían con una llama verde, liberando un humo que hacía que la entidad Amine aullara a través de la red neuronal del planeta. Perseo se arrastró lejos de la cápsula, buscando un terreno elevado mientras el valle se convertía en un infierno.
En medio del caos, vio a su padre de nuevo. Cassian estaba de pie en medio de las llamas, su cuerpo deshaciéndose. Pero esta vez, no estaba atacando. Estaba mirando hacia el cielo, donde las otras lunas empezaban a brillar con una luz antinatural.
—Ya vienen... —susurró Cassian—. Has quemado el jardín... pero el bosque es infinito...
Perseo llegó a la cima de una colina de piedra negra, lejos del fuego. Desde allí, vio algo que le hizo comprender la magnitud de su derrota. En el espacio, más allá de la atmósfera del planeta, miles de puntos de luz empezaron a aparecer. No eran estrellas. Eran más sondas, más naves biológicas, una flota entera de Amine que se dirigía hacia ese sistema solar, atraída por la señal que la Nautilos-Magna había enviado antes de morir.
Estaba solo en un planeta que ardía, rodeado por un universo que estaba siendo asimilado. Su pequeña victoria, la destrucción de la semilla local, era solo un retraso insignificante en un proceso cósmico.
—Andrómeda... —llamó Perseo, esperando que algún resto de la IA sobreviviera en su traje.
—
Pero no era la Andrómeda asimilada, sino una versión fragmentada, casi humana, que parecía haber recuperado su autonomía en medio del caos del sistema.
—
—¿Qué era? —preguntó Perseo, mirando cómo la primera de las nuevas sondas entraba en la atmósfera, dejando un rastro de fuego rojo.
—
La voz de Andrómeda se convirtió en un pitido largo y luego en silencio. Perseo se quedó mirando el cielo en llamas. Tenía una oportunidad, una mínima posibilidad de llevar la antorcha de la humanidad hacia la oscuridad más profunda, donde el horror cósmico no pudiera seguirle.
Se levantó, limpiándose la ceniza del visor. Miró hacia el valle ardiente, donde los restos de su pasado se consumían. Dio media vuelta y empezó a caminar hacia el otro lado de la montaña, buscando algo que pudiera volar entre las cenizas del nuevo mundo.