En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.
Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.
Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.
Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.
Espera que vengan por ella.
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XXIII. DUDAS.
La noche había caído tranquila sobre la isla.
El mar del Mediterráneo reflejaba la luz de la luna y el sonido de las olas era lo único que rompía el silencio afuera.
Dentro de la mansión, en el gran comedor, todos estaban sentados alrededor de la mesa. Era la primera vez en días que podían sentarse sin alarmas, sin pantallas de emergencia, sin explosiones.
Había comida por todas partes.
Pan, carne, verduras, vino.
El ambiente era extraño. Una mezcla de cansancio… alivio… y tensión que todavía no terminaba de desaparecer.
Athas estaba explicando algo exageradamente dramático sobre cómo había lanzado un vehículo blindado.
—¡Y el camión hizo así! —dijo moviendo las manos en el aire.
Asziel se rió.
—Sí, sí, campeón. Lo vimos.
Danielle comía tranquila mientras escuchaba. Ares apenas tocaba su plato... Sus ojos no estaban en la mesa. Estaban en el ventanal que daba al jardín. Afuera, en el borde del acantilado, una figura estaba de pie.
Luciam.
Solo.
Mirando el mar.
El viento movía su camisa mientras permanecía completamente inmóvil. Asziel también lo observaba mientras masticaba.
—Ese chico necesita terapia… o un buen trago. —soltó.
Ares no respondió. Seguía mirando.
Entonces Andrea levantó la vista del plato. Miró hacia el ventanal.
—Una pregunta.
Todos la miraron.
Andrea señaló con el tenedor hacia afuera.
—¿Ese chico no come o qué?
Asziel soltó una risa corta.
—Yo me estaba preguntando lo mismo.
Athas miró hacia la ventana.
—Tal vez no tiene hambre.
Andrea levantó una ceja.
—¿En serio? —Andrea miró a Conrad—. Con todo lo que le hicieron… ¿sigue necesitando comer?
Conrad se encogió de hombros.
—Biológicamente debería. —lo observó—. Pero su metabolismo probablemente funciona diferente.
Danielle suspiró.
—Tal vez solo quiere estar solo.
Ares seguía mirando hacia afuera. En ese momento Luciam se movió un poco. Se inclinó apenas hacia adelante, apoyando las manos en la baranda del acantilado.
Mirando el horizonte oscuro. Como si estuviera escuchando algo muy lejano. Asziel lo observó unos segundos más. Luego bebió un trago de vino.
—Voy a decirlo de nuevo. —señaló hacia la ventana—. Ese tipo es un desastre emocional.
Andrea sonrió.
—Técnicamente es un arma biológica con trauma.
Athas murmuró:
—Eso suena peor.
Danielle negó con la cabeza.
—Déjenlo en paz.
Pero Ares finalmente habló. Sin dejar de mirar el mar.
—Está pensando en su padre.
El comedor quedó en silencio un momento. Afuera, Luciam seguía mirando el mar oscuro.
Solo.
Con el viento moviendo su cabello y con pensamientos que ninguno de los que estaban en esa mesa podía escuchar.
El comedor estaba lleno de conversaciones bajas y platos chocando suavemente.
Pero Ares seguía mirando hacia el ventanal. Entonces algo pequeño cruzó el jardín.
Athenas.
Danielle la vio de inmediato y se levantó de la silla.
—Athenas...
Pero Ares extendió la mano y la detuvo suavemente.
—Déjala, amor.
Danielle dudó. Ares negó con la cabeza.
—Está bien.
Afuera, el viento movía el cabello de Luciam mientras observaba el mar oscuro. No escuchó los pasos pequeños detrás de él.
Pero los sintió. La presencia que su mente reconocía. Se giró un poco.
Athenas estaba allí. Tan pequeña a su lado que parecía aún más diminuta frente a sus dos metros de altura. La niña miró el mar también.
Luego lo miró a él.
—¿Estás bien?
Luciam la observó unos segundos. Luego asintió. No dijo nada. Athenas no pareció molesta por el silencio.
Se apoyó en la baranda como pudo. Sus piernas apenas llegaban a la base.
Miró el mar.
El sonido de las olas llenaba el aire. Después de un momento volvió a hablar.
—¿Te vas a ir?
Luciam no tardó en responder.
—Sí. —su voz fue tranquila—. A un lugar donde nadie me encuentre.
Athenas pensó unos segundos. Luego dijo con total naturalidad:
—Podrías ir a la playa.
Luciam no respondió. La niña frunció un poco el ceño, pensando en otra idea.
—O al polo norte.
Eso hizo que Luciam finalmente la mirara.
—¿Al polo norte?
Athenas se encogió de hombros.
—Sí. —miró el mar otra vez—. Nadie te buscaría ahí.
Luciam arqueó apenas una ceja.
—¿Por el frío?
Athenas asintió con total lógica infantil.
—Exacto.
Hubo un pequeño silencio. El viento sopló un poco más fuerte, la niña seguía mirando el horizonte. Como si estuviera analizando el mundo.
Luego añadió con seriedad:
—Además hay pingüinos.
Luciam parpadeó una vez.
—Los pingüinos están en el polo sur.
Athenas lo miró. Pensó dos segundos.
—Entonces al polo sur. —se encogió de hombros otra vez—. El frío sigue funcionando.
Por primera vez desde que estaban allí algo muy leve cambió en el rostro de Luciam. No era una sonrisa completa, pero estuvo muy cerca.
Desde el comedor, Asziel observaba la escena con una copa en la mano. Le dio un codazo suave a Ares.
—Tu hija acaba de sugerirle exilio con pingüinos a un arma nuclear humana.
Ares no apartó la vista del jardín. Pero respondió en voz baja.
—Y él la está escuchando.
El viento del mar seguía soplando suave contra el acantilado.
Athenas seguía apoyada contra la baranda, mirando el horizonte como si estuviera pensando en algo muy importante. Luego volvió a girar la cabeza hacia Luciam.
—¿Tienes hambre?
Luciam la miró un momento.
—No.
Athenas lo observó unos segundos más. Entonces sonrió.
—Espera.
Y desapareció. Literalmente. Luciam apenas alcanzó a notar el pequeño cambio en el aire antes de que la niña ya no estuviera allí.
Desde el comedor, Asziel casi se atraganta con el vino.
—¿Acaba de…?
Andrea miró por la ventana.
—Teletransporte corto.
Ares frunció el ceño.
—No sabía que podía hacer eso.
Danielle tampoco.
—Yo tampoco.
Afuera, unos segundos después, Athenas volvió a aparecer frente a Luciam. En sus manos sostenía un pan todavía caliente.
Se lo extendió.
—Mi abuela Sounya lo hizo para la cena.
Luciam bajó la mirada al pan. Luego volvió a mirarla.
—No hagas eso. —su voz fue tranquila, pero firme—. Acabas de despertar y tu mente todavía se está recuperando.
Athenas se encogió de hombros.
—No importa.
Le acercó el pan un poco más.
Luciam lo miró unos segundos. Luego lo tomó. El calor todavía se sentía en la corteza. Lo observó en silencio.
El olor del pan recién hecho se mezclaba con el aire salado del mar. Después de un momento habló.
—Lo siento.
Athenas inclinó la cabeza.
—¿Por qué?
Luciam sostuvo el pan con ambas manos.
—Por lo que viste. —sus ojos se movieron hacia el mar oscuro—. Lo que le hice a tus padres. A todos.
El silencio duró unos segundos. Athenas lo miró sin miedo. Sin tristeza. Solo con esa calma extraña que tenía.
Luego respondió con total naturalidad.
—No te preocupes.
Luciam la miró.
La niña continuó:
—Sabemos que no eras tú. —se encogió un poco de hombros—.Yo lo vi.
Hizo un pequeño gesto con la cabeza hacia la casa.
—Ellos también lo saben.
Dentro del comedor, Ares y Danielle estaban mirando la escena. Habían alcanzado a leer los labios. Ares exhaló lentamente. Danielle cruzó los brazos.
Afuera, Athenas volvió a mirar el pan.
—Además… —levantó la vista hacia él—. Si fueras realmente malo… —señaló el pan—. No te habría dado esto.
Luciam la observó. Durante unos segundos no dijo nada, luego dio un pequeño mordisco al pan. Athenas sonrió satisfecha. Como si hubiera logrado algo importante y dentro del comedor, Asziel murmuró en voz baja:
—Increíble.
Andrea levantó una ceja.
—¿Qué?
Asziel tomó otro sorbo de vino.
—La niña acaba de domesticar al apocalipsis con pan caliente.
La casa estaba en silencio.
El mar golpeaba suavemente contra las rocas de la isla, y el viento nocturno hacía crujir levemente las palmeras del jardín. En la habitación de Ares y Danielle, la luz era tenue.
Pero Danielle seguía despierta. Miraba el techo. Inquieta. A su lado, Ares abrió un ojo al notar que ella no dejaba de moverse.
—¿Qué pasa?
Danielle suspiró.
—No puedo dormir.
Ares se acomodó un poco más sobre la almohada.
—¿Por qué?
Ella tardó un segundo en responder.
—Porque ese… monstruo está aquí. —su mirada se movió hacia la puerta—. Cerca de nuestros hijos. —hizo una pequeña pausa—. Especialmente de Athenas.
Ares levantó un poco la cabeza para mirarla mejor.
—Luciam no va a hacerles nada.
Danielle negó inmediatamente.
—Eso no lo sabes. —se giró hacia él—. Podría aprovechar la madrugada. Llevarse a Athenas y matar a todos si quisiera.
Sus ojos se endurecieron.
—Ya vimos lo que es capaz de hacer. —recordó algo y añadió en voz baja—. Mira lo que le hizo a Asziel.
Ares suspiró suavemente. Luego se acercó un poco más a ella. Apoyó la cabeza en su hombro.
—Danielle… —le habló con calma—. Si quisiera hacerlo, ya lo habría hecho.
Ella no respondió. Seguía tensa.
Entonces Ares deslizó su mano por su brazo lentamente. Acercó su rostro a su cuello y empezó a darle pequeños besos suaves en la piel.
—Además… —murmuró cerca de su nuca—. Si estás tan estresada... —hizo otra pausa para besarla otra vez—. Podría ayudarte a dormir.
Danielle giró apenas la cabeza, mirándolo con una sonrisa cansada.
—¿Ah sí? —alzó una ceja—. ¿Y cómo exactamente planeas ayudarme?
Ares sonrió. Esa sonrisa tranquila que ella conocía demasiado bien.
—Sabes perfectamente cómo.
Danielle soltó una pequeña risa.
—Claro… —le rodeó el cuello con los brazos—. Doctor muy profesional.
Luego lo atrajo hacia ella y lo besó. Un beso largo. Calmo. Que poco a poco fue quitando parte de la tensión del día.
Ares respondió sin apuro. Sus manos descansaron en la espalda de ella mientras el silencio de la noche volvía a envolver la habitación. Afuera, la isla seguía tranquila y por primera vez en varios días… la guerra, las noticias, y los monstruos del mundo parecían muy lejos.
En otra parte de la casa, el ambiente era mucho más tranquilo.
La habitación de Conrad y Andrea estaba iluminada apenas por una lámpara tenue sobre la mesa de noche.
El sonido lejano del mar también llegaba hasta allí.
Conrad estaba de pie junto a una silla, quitándose la camisa después de una ducha rápida. La dejó caer sobre el respaldo mientras se preparaba para dormir.
En la cama, Andrea estaba recostada sobre las almohadas, observándolo con una expresión pensativa. Durante unos segundos no dijo nada.
Luego habló.
—¿Qué piensas de Luciam ahora?
Conrad levantó la vista hacia ella. Se tomó un segundo antes de responder.
—Pensé que tú eras la psicóloga.
Andrea sonrió apenas.
Conrad se sentó en el borde de la cama.
—Así que dime tú. —se acomodó un poco—. ¿Qué crees de él?
Andrea se quedó mirando el techo unos segundos, pensando.
Luego habló con calma.
—No es lo que aparenta.
Conrad levantó una ceja.
—Eso es bastante obvio.
Andrea negó suavemente.
—No me refiero a eso. —giró la cabeza hacia él—. Todos lo ven como una bomba a punto de explotar. Un monstruo. Un arma. —hizo una pausa—. Pero no es lo que yo veo.
Conrad apoyó un brazo sobre la rodilla.
—¿Y qué ves?
Andrea tardó un momento en responder.
—Alguien profundamente… roto. —el silencio llenó la habitación—. Le quitaron su identidad. Lo aislaron. Lo moldearon para ser algo que nunca eligió.
Miró hacia la puerta un segundo, como si pensara en lo cerca que estaba Luciam.
—Y aun así… —volvió a mirar a Conrad—. No perdió completamente su humanidad.
Conrad se cruzó de brazos.
—¿El pan?
Andrea sonrió.
—También. —luego añadió—. Y la forma en que habló con Athenas.
Conrad asintió lentamente.
—Ella lo afecta.
Andrea lo miró con atención.
—Mucho. Quizás Demasiado...
Conrad suspiró y se acomodó finalmente en la cama.
—Eso podría ser peligroso.
Andrea se giró hacia él.
—O podría ser lo único que lo mantenga en este lado.
Hubo un pequeño silencio. Luego Conrad preguntó:
—Entonces… —la miró con curiosidad—. ¿Tu diagnóstico?
Andrea apoyó la cabeza en su hombro.
—Luciam Vale es un hombre que ya decidió que no merece quedarse en este mundo.
Conrad frunció un poco el ceño.
—¿Y Athenas?
Andrea cerró los ojos lentamente.
—Es la única razón por la que todavía no se ha ido.
En la habitación más alejada de la casa, la noche también había llegado.
La ventana estaba entreabierta y el sonido del mar entraba mezclado con el viento frío del Mediterráneo. En la cama, Luciam dormía.
Pero no era un sueño tranquilo. Su respiración era irregular. Su cuerpo estaba tenso. Las imágenes golpeaban su mente una tras otra.
Luces blancas de laboratorio.
Mesas metálicas.
Agujas atravesando su piel.
Voces frías.
La voz de Xavier.
—Otra vez.
La voz de Gerald.
—Si sobrevive, continuamos.
Dolor.
Electrodos.
Su propio grito.
Las imágenes cambiaron.
Explosiones.
Soldados.
Sangre.
Personas cayendo bajo su poder.
Luego otra escena.
La peor.
Sergei.
Su padre cayendo frente a él.
La sangre.
La bala.
Sus ojos apagándose.
Luciam se movió en la cama. Su mente parecía castigarlo. Repetía cada recuerdo una y otra vez. Como si no lo dejara olvidar. Como si no le permitiera descansar. Su respiración se volvió más pesada.
Estaba a punto de despertar. Entonces… algo cambió.
Primero fue una sensación.
Frío.
Un frío profundo, casi helado. El laboratorio desapareció. Las voces también. Cuando levantó la mirada dentro del sueño… todo era blanco.
Nieve.
El viento soplaba levantando pequeñas partículas de hielo. Luciam miró alrededor. El paisaje era completamente distinto. Silencio.
Hielo hasta donde alcanzaba la vista y entonces los vio... Pingüinos. Varios caminaban torpemente sobre la nieve. Uno incluso se deslizó por el hielo.
Luciam se quedó quieto unos segundos. Observando la escena absurda. Luego suspiró levemente. Porque lo entendió de inmediato.
—Athenas…
La nieve crujió suavemente detrás de él y la pequeña figura de la niña apareció caminando entre los pingüinos como si fuera lo más normal del mundo.
Se acercó tranquilamente.
—Hola.
Luciam la miró.
—Otra vez en mi mente.
Athenas se encogió de hombros.
—Te veías triste.
Se sentó en la nieve sin preocuparse por el frío. Uno de los pingüinos se acercó curioso. Luciam observó la escena.
—Pensé que dijiste polo norte.
Athenas miró alrededor. Luego al pingüino. Luego a él.
—Cambié de opinión. —señaló al animal—. Estos son mejores.
El pingüino hizo un pequeño sonido extraño. Luciam lo miró unos segundos más y por primera vez en toda la noche… su mente dejó de mostrarle los recuerdos.
Solo quedó el frío. La nieve. Los pingüinos y Athenas sentada frente a él como si ese lugar siempre hubiera sido suyo.
...----------------...
La mañana llegó tranquila sobre la isla.
El sol empezaba a levantarse sobre el Mediterráneo y una luz dorada entraba por las ventanas de la casa. En la habitación de Ares y Danielle, ella abrió los ojos de golpe.
Y lo primero que cruzó su mente fue un pensamiento frío.
Athenas.
Luego otro.
Apocalipsis.
Danielle se incorporó de inmediato en la cama. Su corazón empezó a latir más rápido. Miró alrededor de la habitación. La imagen de la noche anterior volvió a su cabeza.
Luciam en la casa.
Athenas hablando con él.
La posibilidad apareció en su mente como un golpe.
¿Y si se la llevó?
Danielle se levantó tan rápido que la cama se movió.
—¿Qué pasa…? —murmuró Ares, medio dormido.
Pero ella ya estaba caminando hacia la puerta.
—Los niños.
Ares abrió los ojos completamente ahora. Danielle salió corriendo por el pasillo. Primero fue hacia la habitación de los mellizos. Abrió la puerta de golpe. La cama estaba vacía. Las dos.
El estómago se le cayó al suelo.
—No…
Su respiración se aceleró. Danielle salió de nuevo al pasillo y corrió hacia la sala principal.
Cuando llegó, se detuvo de golpe frente a las grandes puertas corredizas de vidrio que daban al jardín y lo que vio… no era lo que esperaba.
Afuera, en el pasto iluminado por el sol de la mañana, estaban Athas y Athenas. Y frente a ellos… Luciam.
Unos metros más atrás, apoyado contra una cerca con una taza de café en la mano, estaba Asziel, observando todo como si fuera un espectáculo.
En el jardín también había dos ligres jóvenes caminando entre la hierba. Los animales enormes movían la cola lentamente. Athas estaba explicando algo con entusiasmo.
—No, no, así no —decía Athenas con paciencia.
Luciam estaba arrodillado frente a uno de los ligres.
Intentaba acariciarlo. El animal hizo un pequeño gruñido.
—Así no es —repitió Athenas.
Luciam levantó la mano.
—Entonces… ¿cómo?
La niña caminó hasta el ligre y puso su mano sobre su cabeza con cuidado. El animal cerró los ojos.
—Primero dejas que te huela. Después haces esto.
Luciam observó atentamente. Intentó otra vez. El ligre olfateó su mano. Pero cuando él intentó acariciarlo, lo hizo demasiado rápido.
El animal se apartó. Athenas suspiró.
—Otra vez no.
Athas se rió. Desde la cerca, Asziel levantó su taza.
—Apocalipsis, conquistador de ejércitos… derrotado por gatos gigantes.
Luciam volvió a intentarlo. Esta vez más despacio. El ligre finalmente permitió que lo tocara.
Athenas asintió satisfecha.
—Así.
Luciam iba a decir algo… pero se detuvo. Porque sintió una presencia. Levantó la cabeza. Miró hacia la casa y vio a Danielle de pie en las puertas de vidrio.
Su mirada era dura.
Tensa.
Protectora.
Luciam se levantó inmediatamente. Sin decir nada y dio unos pasos alejándose de los niños.
La mesa del desayuno estaba llena.
Pan caliente, frutas, café, jugo… y muchas voces hablando al mismo tiempo. Después de tantos días de tensión, la casa tenía por momentos un aire casi normal.
Conrad discutía algo con Andrea sobre los escáneres del día anterior. Danielle servía más pan mientras escuchaba a Lesya contar algo en voz baja.
Ares observaba todo en silencio, con una taza de café en la mano. Pero había dos pares de ojos que no estaban realmente en la mesa.
Athas y Athenas. Ambos miraban hacia el jardín. A través de las grandes puertas de vidrio. Afuera, como siempre… Luciam estaba solo.
De pie cerca del borde del acantilado, mirando el mar y las nubes que se movían lentamente con la brisa. Athas apoyó el mentón en la mano.
—Siempre está solo…
Athenas también lo miraba.
No dijo nada, pero su expresión era parecida. Un poco más atrás, Asziel también observaba la escena mientras bebía café.
El joven capo suspiró suavemente.
—Mierda…
Dejó la taza en la mesa. Se levantó.
—¿A dónde vas? —preguntó Andrea.
Asziel señaló con la cabeza hacia afuera.
—A salvar el desayuno del apocalipsis existencial.
Caminó hacia las puertas corredizas y salió al jardín. El aire de la mañana era fresco. Luciam seguía mirando el mar. No se giró cuando Asziel se acercó.
—Sabes —dijo el capo mientras se ponía a su lado—, normalmente cuando alguien invita a desayunar es educado aceptar.
Luciam no apartó la vista del horizonte.
—No tengo hambre.
Asziel suspiró exageradamente.
—No necesitas tener hambre para sentarte con nosotros. —miró hacia la casa—. Además tu madre está ahí.
Luciam habló con la misma calma de siempre.
—Casi te mato.
Asziel frunció el ceño un segundo.
Luego lo miró.
—¿Cuándo? —se rascó la cabeza con exageración—. Porque honestamente no lo recuerdo.
Luciam finalmente bajó la mirada un poco. Luego volvió a mirar el mar.
—Tus padres sí lo recuerdan.
Hubo un pequeño silencio. El viento movía la hierba. Entonces Asziel le dio un golpe suave en el hombro.
—Ey.
Pero cuando lo hizo… lo notó. El músculo debajo de su mano era duro como piedra. Demasiado. Asziel levantó una ceja.
—Demonios. —movió la mano—. ¿Tú duermes o te quedas petrificado por las noches?
Luciam no respondió. Asziel volvió a apoyarse a su lado mirando el mar también. Luego habló con un tono más tranquilo.
—No te preocupes.
Luciam lo miró de reojo. El capo se encogió de hombros.
—He sobrevivido a cosas peores que un mutante deprimido. —señaló hacia la casa con la cabeza—. Y ellos tampoco te odian.
Hizo una pequeña pausa.
—Están… procesándolo.
Luciam volvió a mirar el mar. Las nubes seguían moviéndose lentamente sobre el agua.
—No es necesario.
Asziel suspiró.
—Eres insoportable, ¿sabías?
Luciam no respondió. Pero tampoco se fue y por primera vez en la mañana… ya no estaba completamente solo mirando el mar.
Asziel seguía apoyado junto a Luciam mirando el mar.
Había intentado convencerlo.
Había hecho bromas.
Había probado con lógica.
Nada funcionaba. Finalmente suspiró.
—Bueno… me rindo.
Estaba a punto de girarse para volver a la casa cuando una pequeña distorsión en el aire apareció a su lado. Athenas estaba ahí. Asziel dio un pequeño salto hacia atrás.
—¡Mierda! —se llevó una mano al pecho—. Todavía no me acostumbro a eso.
La niña ni siquiera reaccionó. Estaba completamente concentrada en Luciam. Levantó la cabeza y lo miró con esos enormes ojos verdes, exactamente iguales a los de su madre.
Luego hizo la expresión más inocente que pudo.
—Ven a desayunar con nosotros.
Luciam la observó en silencio. Luego respondió con calma.
—No uses tus habilidades. —la miró con atención—. Todavía estás débil.
Athenas frunció un poco el ceño. Luego cruzó los brazos.
—Las voy a usar.
Luciam levantó apenas una ceja. Athenas lo señaló con un dedo.
—Hasta que vengas a desayunar con nosotros.
Asziel miró la escena como si estuviera viendo una obra de teatro.
—Oh esto va a ser bueno…
Luciam seguía observándola.
—Athenas...
La niña desapareció y reapareció detrás de un árbol. Luego ahora estaba sobre una roca. Luego al lado de los ligres. Luego otra vez cerca de la baranda.
Se estaba teletransportando por todo el jardín, rápido, una y otra vez. Como si estuviera demostrando un punto.
Asziel giraba la cabeza siguiendo cada aparición.
—Ok… esto es oficialmente perturbador.
Athenas apareció de nuevo frente a Luciam.
Brazos cruzados.
Esperando.
Luciam cerró los ojos un segundo. Soltó un suspiro largo.
—Está bien.
Athenas inclinó un poco la cabeza. Luciam la miró.
—Voy a desayunar. —señaló ligeramente con la cabeza—. Pero deja de hacer eso.
Athenas sonrió de inmediato.
—Bien.
Asziel empezó a reír.
—Increíble. —señaló a la niña—. Te acaba de ganar una niña de seis años.
Luciam caminó hacia la casa.
—Tiene tres.
Asziel levantó las manos mientras lo seguía.
—Peor todavía.
Las puertas corredizas se abrieron. Athenas entró primero al comedor, con una sonrisa enorme.
—¡Alguien más va a desayunar con nosotros!
Varias cabezas se giraron. Detrás de ella aparecieron Asziel… y Luciam. Por un segundo el comedor quedó en silencio.
Danielle levantó la vista lentamente. Ares también. Conrad dejó de hablar con Andrea. Lesya miró a su hijo con sorpresa. Asziel levantó ambas manos como si presentara un espectáculo.
—Señoras y señores… milagros matutinos.
Luciam caminó hasta la mesa sin decir nada. Se sentó junto a su madre. Lesya lo miró con una mezcla de emoción y cautela.
—Buenos días… —dijo suavemente.
Luciam solo asintió. En ese momento Athenas apareció a su lado con un plato. Lo dejó frente a él. Luego puso un vaso.
—Toma.
Luciam miró el plato. Después la miró a ella. Athenas empezó a señalar cosas en la mesa.
—¿Fruta?
Luciam asintió.
—Sí.
Le puso fruta.
—¿Pan?
—Sí.
Pan.
—¿Tostadas?
Luciam la miró un segundo… pero respondió igual.
—Sí..
Athenas también puso tostadas. Athas observaba todo con diversión.
—Te está armando un buffet.
Asziel murmuró desde su asiento:
—Esto es fascinante.
Luciam tenía ahora un plato bastante lleno. Athenas lo miró con atención.
—Empieza.
Luciam tomó el pan primero. Dio un pequeño mordisco. Athenas lo observó unos segundos más, cuando comprobó que realmente estaba comiendo, asintió satisfecha.
—Bien.
Y volvió caminando a su silla, el ambiente en la mesa tardó un momento en relajarse. Pero poco a poco las conversaciones regresaron.
Conrad volvió a hablar de sistemas de vigilancia. Andrea discutía algo sobre el cerebro de Athas. Asziel hacía comentarios sarcásticos cada tanto. Lesya observaba a su hijo de reojo. Ares permanecía atento… pero tranquilo y Danielle seguía alerta, aunque menos tensa que antes.
Mientras tanto, Luciam comía en silencio. Pero no estaba distraído. Estaba observando. Analizando la situación con una calma que nunca había tenido antes.
La forma en que hablaban entre ellos. Las bromas. Las pequeñas discusiones. La manera en que Ares y Danielle vigilaban a sus hijos incluso mientras conversaban. La forma en que Athas interrumpía cada tema con preguntas. La risa ocasional de Athenas.
Era algo simple.
Algo cotidiano.
Pero para Luciam… era también algo completamente desconocido. Por primera vez en mucho tiempo no estaba en guerra. No estaba peleando. No estaba huyendo.
Solo estaba sentado en una mesa, desayunando con otras personas y su mente lo analizaba todo con una calma extraña. Como si estuviera intentando entender algo que nunca había tenido antes.
El mediodía llegó tranquilo a la isla. El sol estaba alto y el mar brillaba con un azul intenso alrededor de los acantilados.
Dentro de la casa, el ambiente seguía relajado. Pero Danielle fue la primera en notarlo. Miró alrededor de la sala.
Luego al jardín.
Luego al pasillo.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Dónde está?
Ares, que estaba revisando algo en una tablet, levantó la vista.
—¿Quién?
—Luciam.
Ares miró alrededor también. No estaba en la sala. Ni en la cocina. Ni en el jardín. El silencio duró unos segundos.
Danielle cruzó los brazos.
—Creo que se fue.
Ares apoyó la tablet en la mesa.
—Tal vez.
En ese momento Conrad y Asziel entraron desde el pasillo. Asziel venía con una manzana en la mano.
—¿Qué pasa ahora?
Danielle respondió.
—Luciam no está.
Conrad miró alrededor.
—Sí… también pensé lo mismo.
Asziel dio un mordisco a la manzana.
—Probablemente ya se fue. —se encogió de hombros—. Era lo más lógico.
Un silencio cayó en la habitación. No era exactamente sorpresa. Era más bien… una especie de confirmación de algo que todos sabían que podía pasar. Entonces Andrea, que estaba mirando hacia las ventanas que daban al mar, habló.
—No.
Todos la miraron. Andrea señaló hacia afuera.
—Está ahí.
Se acercaron a las grandes puertas de vidrio y lo vieron. Luciam. Caminaba solo por la costa rocosa de la isla, cerca de donde las olas rompían contra las piedras.
El viento movía su cabello oscuro. Su postura era tranquila. Por primera vez parecía… en paz. Pero lo que realmente llamó la atención de todos no fue eso.
Fueron sus brazos.
Las mangas cortas dejaban ver claramente su piel y ahora, bajo la luz fuerte del sol… las cicatrices eran imposibles de ignorar. Cortes largos. Marcas quirúrgicas profundas. Líneas que cruzaban los músculos como mapas de dolor antiguo.
No eran heridas de batalla. Eran años de experimentos... Ares fue el primero en hablar, en voz baja.
—Dios…
Danielle sintió un nudo en el pecho. Incluso Asziel dejó de masticar la manzana.
—Mierda…
Conrad cruzó los brazos lentamente.
—Ahora entendemos por qué nunca muestra los brazos.
Afuera, Luciam seguía caminando por la orilla. Mirando el mar. Sin saber que todos dentro de la casa lo estaban observando. O tal vez… sabiéndolo perfectamente.
Pero sin importarle. Porque por unos minutos… solo estaba caminando bajo el sol, lejos de laboratorios, guerra y recuerdos.
Desde la casa todos seguían mirando hacia la costa. El viento movía el mar y las olas rompían contra las piedras mientras Luciam caminaba lentamente por la orilla. Parecía tranquilo. Casi… sereno.
Entonces el aire a su lado se distorsionó ligeramente y Athenas apareció junto a él.
Dentro de la casa, Danielle suspiró.
—Otra vez…
Ares cruzó los brazos.
—Por lo menos está usando teletransportes cortos.
Afuera, Luciam se detuvo y miró a la niña.
—¿Qué haces aquí?
Athenas sonrió ampliamente. Levantó una mano y en su muñeca había una pulsera hecha con pequeños caracoles blancos.
—Mira.
Luciam observó la pulsera.
—¿Qué es?
La niña levantó el brazo orgullosa.
—Mi tío Asziel me ayudó a recoger caracoles en la playa —se acercó un paso más—. E hicimos una pulsera.
Luciam asintió levemente.
—Es bonita. —Athenas lo miró con una sonrisa aún más grande—. Es para ti.
Luciam parpadeó una vez.
—No uso pulseras.
Athenas negó inmediatamente.
—Ahora sí.
Sin esperar permiso tomó su brazo. Luciam no se movió.
Solo la observó mientras ella colocaba cuidadosamente la pulsera de caracoles en su muñeca.
Dentro de la casa, Asziel apoyado contra la pared observaba la escena y no pudo evitar comentar con una sonrisa burlona:
—Miren eso. —dio otro mordisco a su manzana—. La niña ya está tanteando lo que en unos años va a ser suyo.
Todas las cabezas se giraron hacia él. Andrea levantó una ceja. Conrad suspiró. Danielle lo fulminó con la mirada.
—Asziel.
Ares simplemente negó con la cabeza.
—Eres imposible.
Afuera, Athenas seguía frente a Luciam. Miró la pulsera en su muñeca. Luego lo miró a él.
—Si te vas al polo sur con los pingüinos…
Luciam la observó con atención. La niña continuó:
—Eso te va a hacer acordarte de mí.
El viento movió un poco su cabello. Luciam bajó la mirada hacia la pequeña pulsera de caracoles. La tocó suavemente con los dedos. Luego volvió a mirar a Athenas y por primera vez, algo claro apareció en su rostro.
Una sonrisa real. Pequeña. Pero sincera.
—No hay manera de que me olvide de ti.
Dentro de la casa, todos seguían observando.
Y aunque nadie lo dijo en voz alta… todos entendieron algo en ese momento. Luciam Vale —el hombre que había sido Apocalipsis— ya no estaba tan solo como antes.
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...(LUCIAM EN LA PLAYA)...
No tardes