Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?
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Capitulo 14
La mansión de Killian solía parecerle a Lilian una fortaleza de frialdad y sombras, pero esa noche, tras el asesinato de Martínez, las paredes respiraban con ella. El silencio ya no era amenazante; era el sudario de su antigua vida. Lilian caminaba por los pasillos en penumbra, envuelta únicamente en una bata de seda negra que Killian le había dejado. Sus manos, aunque lavadas meticulosamente tres veces, todavía le hormigueaban con el recuerdo del estilete hundiéndose en la carne.
Buscó a Killian y lo encontró en la terraza privada de su habitación, de espaldas a la puerta, observando la ciudad que pretendía conquistar. No llevaba camisa. El aire nocturno, afilado y frío, golpeaba su piel, pero él parecía no sentirlo. Lilian se acercó en silencio, pero antes de que pudiera decir una palabra, él habló.
—El primer hombre que matas nunca abandona tu habitación, Lilian —dijo Killian sin girarse. Su voz era un hilo de grava y cansancio—. Se queda en las esquinas, recordándote que has reclamado el derecho de Dios sobre la vida y la muerte.
Lilian se posicionó a su lado, observando su perfil tallado en granito. Pero entonces, la luz de la luna, en un ángulo inusual, reveló algo que ella no había visto en la penumbra del gimnasio ni en el fragor de sus encuentros. En el costado izquierdo de Killian, justo debajo de las costillas, había una cicatriz horrible, rugosa, que no parecía el resultado de una pelea callejera o un intercambio de disparos. Era una marca de tortura, una quemadura de ácido que había dejado la piel deformada para siempre.
Ella extendió la mano, sus dedos temblando ligeramente. Cuando su piel tocó la cicatriz, Killian se tensó de tal manera que pareció que iba a romperse. No se alejó, pero soltó un suspiro entrecortado que sonó a dolor.
—¿Quién te hizo esto? —susurró ella, su corazón latiendo contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
Killian se giró lentamente. Por primera vez, los ojos de acero estaban empañados por una vulnerabilidad que la golpeó con más fuerza que cualquier gesto de violencia.
—Tu padre —respondió él. La palabra "padre" salió de su boca como un escupitajo de hiel—. Él no siempre fue el Juez honorable que el mundo adora. Antes de las togas y los martillos, era un hombre que limpiaba sus pecados con la sangre de otros.
Killian la tomó de la mano y la guio hacia el interior, sentándola en el borde de la cama. Se arrodilló frente a ella, una posición que Lilian nunca pensó ver en un hombre tan dominante. No era una súplica de perdón, sino una entrega de su verdad más oscura.
—Isabel, tú crees que tu madre murió en aquel accidente de coche hace quince años. Eso es lo que los periódicos dijeron y lo que tu padre te grabó en la mente mientras te secaba las lágrimas con pañuelos de seda. Pero no fue un accidente.
Lilian sintió que el aire se volvía sólido en sus pulmones. El recuerdo de su madre, una mujer de ojos tristes y manos suaves, era el único rincón puro de su infancia.
—Tu madre descubrió la red de trata en la que tu padre estaba empezando a invertir —continuó Killian, su voz volviéndose más oscura—. Ella iba a denunciarlo. Iba a destruir su ascenso político antes de que empezara. Así que él la eliminó. Pero un monstruo como él no solo mata; él destruye legados. Mi madre trabajaba en tu casa como asistente personal. Ella era el apoyo de tu madre.
Killian apretó los puños sobre las rodillas de Isabel.
—Tu padre mató a tu madre y colocó las pruebas para que pareciera que la mía la había envenenado por celos o por robo. Usó sus influencias incipientes para asegurarse de que mi madre fuera condenada sin un juicio justo. La metieron en la cárcel de máxima seguridad de la ciudad. Y allí, se aseguró de que no sobreviviera al primer mes. La mataron en una celda por órdenes del "gran Juez".
Lilian sollozó, un sonido seco que le dolió en la garganta. La imagen de su padre, el hombre que le leía cuentos por la noche mientras el cuerpo de su madre se enfriaba y otra mujer inocente moría en su nombre, se transformó en una figura demoníaca.
—Esta cicatriz —Killian señaló la marca de su costado— me la hizo él mismo cuando fui a buscarlo a los dieciocho años, pidiendo justicia. Me hizo detener por sus matones, me quemó para "marcarme" como un animal y me tiró a un vertedero pensando que moriría. Pero no morí. El odio me mantuvo caliente. El odio me dio una razón para construir este imperio, solo para tener la fuerza suficiente para arrancarle el corazón.
Lilian miró a Killian y no vio al captor que la había forzado a obedecer, sino al espejo de su propia tragedia. Ambos eran huérfanos de la misma maldad. Ambos habían sido moldeados por las manos de un hombre que se creía un dios sobre la tierra.
La rabia que Lilian había sentido en el gimnasio, esa furia ciega, se transformó en algo mucho más peligroso: propósito. Ya no era solo una cuestión de escapar o de encontrar un lugar en el mundo de Killian. Ahora era una cuestión de justicia poética.
—Me usaste —dijo ella, pero no había acusación en su voz, solo una comprensión triste—. Me buscaste porque sabías quién era yo.
—Al principio, sí —confesó Killian, bajando la cabeza, dejando que su frente descansara sobre los muslos de ella—. Eras la pieza perfecta para mi venganza. Quería romperte para enviársela en pedazos. Pero no contaba con que ese animal no amara ni a su propia hija. No contaba con que te convertirías en mi aire, Isabel.
Lilian le tomó el rostro con ambas manos, obligándolo a mirarla. Sus dedos acariciaron las líneas de amargura alrededor de sus labios. En ese momento, la dinámica cambió para siempre. La sumisión de Lilian ya no era el resultado de la fuerza bruta de Killian, sino una alianza de sangre. Ella se entregaba a él porque él era el único que podía entender la magnitud de la traición que ella llevaba dentro.
—No vamos a matarlo simplemente, Killian —susurró ella, y su voz tenía la frialdad del mármol de una tumba—. Vamos a hacer que vea cómo todo lo que construyó sobre los cadáveres de nuestras madres se convierte en ceniza. Quiero que sepa que fue su propia sangre, la hija que él creía haber domado, la que le dio el golpe final.
El deseo que surgió después de esa confesión no fue el hambre voraz de la tarde en el gimnasio, sino algo más profundo, casi desesperado. Era la necesidad de fundir sus cuerpos para olvidar que estaban rotos. Lilian tiró de él hacia arriba, buscando su boca con una ternura que dolía.
Killian la besó como si estuviera sediento en un desierto, sus manos recorriendo su cuerpo con una posesividad que ahora Lilian recibía como un refugio. La llevó a la cama y, por primera vez, no hubo órdenes ni humillaciones. Hubo una comunión de sombras.
Él la recorrió con una lentitud tortuosa, adorando cada centímetro de su piel como si fuera un mapa hacia su propia redención. Cuando finalmente se unieron, Lilian sintió que las barreras entre ellos desaparecían. Ya no era Killian el mafioso e Lilian la princesa; eran dos seres marcados por el mismo monstruo, buscando un momento de paz en medio de la guerra.
Mientras el placer la envolvía, Lilian se dio cuenta de que su destino estaba sellado. Ya no quería ser rescatada, porque no había nada a donde volver. Su hogar era ese hombre, esas manos marcadas por el pecado y ese plan de venganza que los consumiría a ambos.
Esa noche, mientras Killian dormía con la cabeza apoyada en su pecho, Lilian permaneció despierta, mirando al techo. El fantasma de su madre parecía susurrarle desde las sombras, no para pedirle clemencia, sino para pedirle sangre. Y por primera vez en toda su vida, Lilian se sintió completamente en paz con la oscuridad que crecía en su interior.