Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 15: Orden y caos.
Anabel avanzó por el salón principal con la espalda recta y el rostro sereno. No porque estuviera tranquila, sino porque sabía que cualquier fisura sería usada en su contra. El murmullo de los nobles la envolvía. Todos hablaban en voz baja, todos la miraban sin disimulo.
El ministro principal levantó la mano y el silencio se impuso con lentitud.
—Lady Anabel —dijo—. Ha sido llamada ante este consejo debido a inconsistencias graves en los informes financieros de la región norte.
Anabel inclinó la cabeza, lo justo.
—Estoy al tanto —respondió—. Esos informes siempre han sido inconsistentes.
El murmullo regresó, más denso.
—Explíquese —intervino un noble de rostro afilado, sentado a la derecha—. ¿Pretende decir que los errores llevan años sin ser corregidos y nadie lo notó?
Anabel lo miró sin apuro.
—Pretendo decir que están documentados —respondió—. En los expedientes originales. No en los resúmenes que ustedes leen.
El ministro frunció el ceño.
—Los números no cuadran —repitió—. Hay pérdidas considerables en tres pueblos. Recursos que no aparecen. Impuestos que no llegaron.
—Llegaron —dijo Anabel—. Pero no fueron registrados donde correspondía.
—Eso es una acusación seria —dijo otro noble, más corpulento—. Está insinuando manipulación interna.
—No insinúo —respondió ella—. Digo que revisen los expedientes completos. Los sellados hace ocho años hasta ahora. Ahí está todo.
El noble de rostro afilado golpeó la mesa con la mano.
—¡Esos pueblos están prácticamente en ruinas! —exclamó—. Y ahora resulta que nadie es responsable. Qué conveniente.
Anabel giró hacia él.
—¿Ha visitado alguno de esos pueblos? —preguntó.
El noble se tensó.
—Eso no es relevante.
—Lo es —respondió ella—. Porque si lo hubiera hecho, sabría que las pérdidas no empezaron con mi gestión. Empezaron cuando se les retiró protección y se duplicaron los impuestos para cubrir déficits que no eran suyos.
El salón estalló en voces cruzadas.
—Está culpando al consejo —dijo alguien.
—No sabía nada de esos expedientes —murmuró un ministro joven, mirando sus papeles—. Esto no estaba en el resumen.
—Porque los resúmenes omiten lo incómodo y lo ilegal —respondió Anabel sin mirarlo—. Lean los documentos completos. Las firmas. Las fechas. Claro, si ya no están “modificados o perdidos"
El ministro principal levantó ambas manos.
—Basta —dijo—. Esto no se resolverá a gritos.
Se volvió hacia el ministro joven.
—¿Usted confirma que esa información no estaba incluida?
—Lo confirmo —respondió—. Y si existe, debe ser revisada.
El noble corpulento bufó.
—¿Ahora le vamos a creer a ella? —dijo—. ¿A la misma que firmó los últimos balances?
—Firmé correcciones —respondió Anabel—. No decisiones políticas.
El noble de rostro afilado la fulminó con la mirada.
—Las pérdidas de esos pueblos ocurrieron bajo su supervisión.
—Y las advertencias también —replicó ella—. Están archivadas. Ignoradas. Como todo lo que no genera beneficio inmediato a la nobleza.
El desacuerdo ya no era sutil. Los ministros discutían entre ellos. Algunos nobles se levantaron de sus asientos. Otros observaban en silencio, calculando.
—Esto requiere una investigación formal —dijo el ministro joven—. No podemos cerrar los ojos si hay documentos omitidos.
—¿Investigación? —rió el noble corpulento—. ¿Para qué? Los daños están hechos.
—Justamente por eso —respondió el ministro—. Para saber quién los provocó.
El ministro principal asintió con lentitud.
—Lady Anabel —dijo—. Será enviada al jardín interior mientras deliberamos.
Anabel inclinó la cabeza otra vez.
—Como deseen.
Salió del salón sin apresurarse. No escuchó las últimas discusiones, pero no hacía falta. El desacuerdo ya estaba sembrado.
El jardín era amplio, ordenado, casi perfecto. Las flores estaban en su punto exacto, sin una hoja fuera de lugar. Anabel se sentó en uno de los bancos de piedra. No estaba sola por mucho tiempo.
—No es habitual ver a alguien provocar tanto ruido en tan poco tiempo.
Anabel levantó la vista. La reina Franchesca estaba de pie frente a ella. Su porte era impecable. Su expresión, dura y sus ojos, fríos.
—Majestad —dijo Anabel, poniéndose de pie.
—No es necesario —respondió la reina—. Aquí no estamos en sesión.
Anabel obedeció y volvió a sentarse.
—He escuchado parte de la discusión —continuó Franchesca—. Usted tiene talento para incomodar.
—No es mi intención —respondió Anabel—. Solo digo lo que pienso.
La reina sonrió apenas.
—Los pensamientos puede interpretarse —dijo—. Y a veces conviene que no se piense demasiado.
Anabel sostuvo su mirada.
—Con respeto, majestad, lo que conviene no siempre es lo justo.
La sonrisa desapareció.
—La justicia es un concepto flexible —respondió Franchesca—. Especialmente cuando se gobierna.
Se sentó frente a ella. En el asiento un poco más alto.
—Los pueblos pobres siempre generan pérdidas —continuó—. Es un hecho. Consumen más de lo que aportan. La solución natural es dejar que desaparezcan.
Anabel no reaccionó de inmediato.
—¿Desaparezcan? —preguntó al fin.
—Que mueran —corrigió la reina—. Y con ellos, el problema.
El tono era tranquilo, casi didáctico.
—Quedan los nobles —añadió—. Los que sostienen el reino. Los que importan.
Anabel respiró despacio.
—Con todo respeto, majestad —dijo—. Sin esos pueblos, no habría cosechas. Ni caminos. Ni soldados cuando los necesitan.
Franchesca la miró como si observara algo desagradable.
—Siempre habrá otros —respondió—. La gente pobre es reemplazable.
Anabel se inclinó un poco hacia adelante.
—No lo son —dijo—. Son personas. Y son quienes mantienen en pie este reino mientras ustedes discuten de cosas sin sentido. Por ejemplo. Una estatua al principe por conmemoración... ¿De qué?.
Los ojos de la reina se endurecieron.
—Cuide sus palabras.
—Las cuido —respondió Anabel—. Por eso las digo aquí y no en el salón.
El silencio entre ambas fue tenso.
—Usted cree que puede cambiar algo —dijo Franchesca—. Es casi admirable. Pero muy patética.
—Creo que alguien tiene que intentarlo —respondió Anabel.
La reina se puso de pie.
—No se equivoque —dijo—. Si este consejo decide que usted no tiene relevancia, lo será. Y nadie la recordará.
—Eso ya lo sé —respondió Anabel—. Aun así, no pienso quedarme callada.
Franchesca la observó un instante más y se alejó sin despedirse.
Anabel se quedó sola otra vez.
Mientras tanto, lejos del palacio, los pueblos no esperaban decisiones.
El primer enfrentamiento no fue planeado. Fue una discusión entre un pueblerino que protegía a su familia contra un soldado, que se volvió empujón, luego golpe. Los guardias no estaban acostumbrados a resistencia real.
—No retrocedan —gritó un hombre—. Son menos de los que parecen.
Las mujeres cerraron las puertas. Los jóvenes tomaron herramientas. No había líderes visibles. No había discursos. Solo cansancio acumulado de todos los años de abuso.
En el segundo pueblo, la fortaleza cayó. Los guardias se retiraron sin órdenes. Nadie salió a perseguirlos.
—No queremos guerra —dijo una anciana—. Solo que se vayan.
Y se fueron.
El tercer pueblo resistió más. Hubo heridos. Hubo gritos. Pero al final, las banderas de la corona fueron bajadas.
No estaba Vladimir. No hubo órdenes suyas. No estuvo allí y aún así, la gente siguió su ejemplo.
Cuando la noticia llegó al palacio, ya era tarde.
—Tres pueblos —dijo un mensajero—. Han tomado las fortalezas. Los guardias se replegaron.
El ministro principal palideció.
—¿Cómo que tomaron? —preguntó—. ¿Quién los dirige?
—Nadie —respondió el mensajero—. Se organizaron solos.
—Mierda... Aún tenemos que organizar el caso de lady Anabel.
El silencio fue absoluto. En el jardín, Anabel levantó la vista cuando escuchó pasos apresurados.
No sabía aún que el reino acababa de despertar en cierta parte.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí