Sin spoiled
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Capitulo 6
Cuando el cuaderno de los Kovac desapareció en la negrura de la noche, cayendo desde el piso sesenta hasta perderse en el abismo urbano, escuché un eco sordo que solo resonó en mi cabeza. No era solo papel lo que se precipitaba al vacío; era el último rastro de Elías Solo, el tipo que sabía cuánto pesaba el miedo y a qué sabía el hambre.
Araxie me observó con una satisfacción gélida. Para ella, yo era un boceto a medio terminar, una pieza de arcilla que acababa de aceptar ser moldeada.
—El primer paso para dejar de ser una presa es dejar de oler como una —dijo, haciendo un gesto casi imperceptible con la mano hacia una puerta oculta tras un panel de madera de nogal—. Entra ahí. No salgas hasta que el agua haya borrado cada rastro de tu anterior existencia.
El cuarto de baño era más grande que todo mi apartamento. No había azulejos desconchados ni humedades en el techo. Había mármol negro veteado en plata, una bañera que parecía tallada en una sola pieza de obsidiana y una hilera de frascos de cristal cuyos nombres no sabía pronunciar. Me desnudé con movimientos torpes, sintiendo el peso de mis botas viejas al caer sobre la alfombra inmaculada. Mi ropa, manchada de sangre, grasa de motor y el lodo de los muelles, parecía un insulto en ese templo de la higiene.
Me metí bajo la ducha. El agua no salía con la presión errática de mi viejo calentador; era una caída constante, perfecta, a una temperatura que parecía estudiada para calmar los nervios sin llegar a adormecerlos. Mientras el agua oscura se iba por el desagüe, cerré los ojos. Pensé en Don Manuel, en su cara de sorpresa si supiera que su "perro" estaba ahora bañándose en el Olimpo. Pensé en mi moto, abandonada cerca de los muelles, probablemente ya desmantelada por los mismos buitres con los que yo solía tratar.
Me froté la piel con un jabón que olía a sándalo y a algo amargo, casi quirúrgico. Me dolían las costillas por el golpe de Manuel y el hombro por el forcejeo con los hombres de gris, pero el dolor físico era solo un ruido de fondo comparado con el vértigo de mi nueva realidad.
Cuando salí, envuelto en una toalla de algodón egipcio que pesaba más que mi chaqueta de cuero, encontré a tres personas esperándome en el dormitorio adyacente. No eran guardias. Eran especialistas.
—Ellos se encargarán del resto —dijo la voz de Araxie desde las sombras de un rincón—. No hables. Solo obedece.
Lo que siguió fue un proceso de desmantelamiento humano. Un hombre de manos pequeñas y mirada de halcón me sentó en una silla frente a un espejo iluminado. Me afeitó la barba de varios días con una navaja de barbero que deslizaba sobre mi cuello como un suspiro de hielo. Cortó mi pelo, eliminando las puntas quemadas por el sol y el descuido, dándole una forma que hacía que mis pómulos parecieran más afilados y mis ojos más profundos.
Luego vino la mujer. No sé su nombre, pero me trató como si fuera un maniquí de alta gama. Me aplicó lociones que picaban y cremas que se absorbían instantáneamente, borrando las ojeras de semanas de insomnio. Me miré en el espejo y no me reconocí. El hombre que me devolvía la mirada tenía una elegancia peligrosa, una palidez aristocrática que ocultaba las cicatrices del asfalto.
—Es hora de la armadura —susurró el tercer hombre, un sastre que llevaba una cinta métrica alrededor del cuello como si fuera una serpiente pitón.
Me trajeron una camisa de seda blanca, tan fina que parecía una segunda piel. Luego, un traje de tres piezas en color gris carbón, hecho de una lana tan suave que no hacía ruido al moverse. Al ponérmelo, sentí una restricción que no era física, sino psicológica. El traje me obligaba a enderezar la espalda, a mantener el mentón alto, a moverme con una parsimonia que yo no poseía. Los zapatos, de cuero italiano pulido, crujían con un sonido de autoridad.
Araxie se acercó cuando los especialistas se retiraron en silencio. Caminó alrededor de mí, evaluando cada costura, cada ángulo de mi nuevo rostro. Se detuvo frente a mí y me acomodó el nudo de la corbata de seda negra. Sus dedos rozaron mi garganta, y por un segundo, el pulso se me aceleró.
—Mucho mejor —murmuró—. Ahora ya no hueles a desesperación. Hueles a privilegio. Pero recuerda, Elías: el traje es un disfraz, no una cura. Si abres la boca de la manera equivocada, el disfraz se romperá.
—¿Qué se supone que soy ahora? —pregunté, y mi propia voz me sonó extraña, más profunda, más segura.
—Eres mi nuevo asistente personal de inversiones. Un hombre con un pasado impecable en una universidad de la que nunca has oído hablar, con un conocimiento profundo de mercados que no comprendes. Pero eso no importa. Lo que importa es que eres mis ojos y mis oídos en las reuniones donde mi padre me ignora.
Me llevó de nuevo al gran salón. Maximilian Vesper-Zandrón estaba allí, de pie frente al ventanal, con un vaso de whisky en la mano. Se giró cuando entramos. Sus ojos recorrieron mi figura con la misma frialdad con la que un general inspecciona a un nuevo recluta. No mostró sorpresa al verme vivo, ni mucho menos transformado. En su mundo, el dinero podía comprar milagros más grandes que un cambio de ropa.
—Araxie dice que tienes potencial, Solo —dijo Maximilian, su voz resonando en la estancia—. Yo creo que solo tienes suerte. Y la suerte es una divinidad muy caprichosa.
—La suerte suele ayudar a quienes no tienen otra opción, señor —respondí.
Maximilian arqueó una ceja. —Cuidado con esa lengua. La elegancia de tu traje no compensa la falta de tacto. Mañana por la noche tenemos una cena con el consorcio de los Ishiguro. Quieren comprar nuestra división de transporte marítimo. Habrá mucha gente que querrá saber quién eres. Araxie te dará los detalles de tu nueva biografía. Memorízala. Si fallas en un solo dato, si alguien sospecha que hace doce horas estabas cobrando deudas en un bar de mala muerte, no te salvaré. Te enterraré bajo el peso de este mismo edificio.
Se dio la vuelta, dándome a entender que la audiencia había terminado. Araxie me hizo una señal para que la siguiera a otra habitación. Era su despacho privado, una sala llena de pantallas y libros antiguos donde el aire se sentía cargado de secretos.
Me entregó una tableta digital. —Aquí tienes todo lo que necesitas saber. Quién eres, dónde creciste, a quién conoces. No duermas hasta que lo sepas de memoria. Mañana a las ocho, el mundo conocerá a Julian Vane. Elías Solo ha muerto esta noche en un desguace.
—Julian Vane —repetí el nombre. Era un nombre sin peso, un nombre de aire—. ¿Y qué pasa si alguien de mi vida anterior me reconoce? La ciudad no es tan grande.
Araxie se sentó en su escritorio y me miró con una intensidad que me hizo sentir desnudo a pesar del traje de tres mil dólares.
—Nadie busca a un muerto entre los príncipes, Julian. Además, la gente solo ve lo que espera ver. Ven el traje, ven el entorno, ven mi apellido a tu lado. Para ellos, serás real porque es más cómodo creer en la mentira que cuestionar la realidad.
Se levantó y se acercó a la puerta, pero antes de salir, se detuvo.
—Julian... —dijo, usando mi nuevo nombre por primera vez—. No te acostumbres demasiado a la seda. Debajo de todo esto, sigues teniendo las manos manchadas. Y eso es precisamente lo que te hace valioso para mí. No lo olvides.
Me quedé solo en el despacho. Me acerqué a uno de los ventanales y miré hacia abajo. Las luces de la ciudad parecían estrellas distantes, ajenas y frías. Me toqué la cara, la piel suave, el cuello de la camisa almidonado. Sentí una náusea repentina, una sensación de claustrofobia en medio de tanta amplitud.
Me senté en una silla de cuero y empecé a leer mi nueva vida. Julian Vane, nacido en Londres, educado en Oxford, experto en arbitraje financiero. Cada palabra era una mentira, cada dato era un clavo en el ataúd de Elías.
El cansancio volvió, pero esta vez no era el cansancio físico de la moto y la lluvia. Era el cansancio de empezar a vivir una ficción. Un cansancio que se filtraba en el alma, advirtiéndome que en este juego de espejos, el riesgo no era perder la vida, sino olvidar quién demonios era yo cuando me quitaba el traje.
Aquella noche no soñé. Me quedé despierto, repitiendo mi nuevo nombre una y otra vez, como un mantra que intentaba convencerme de que el hombre que veía en el cristal era yo, y no el fantasma de alguien que ya no tenía permiso para existir.