Me contrato para traducir el corazón de su amante.
Terminé enamorándome de él.
Azren solo quería ayudar a Caeleen Valkrum —dios del baloncesto, multimillonario, el hombre más guapo que había visto nunca— a entender al hombre que le rompió el alma.
Pero cada palabra que analizaba, cada secreto que descifraba sobre Darius, lo acercaba más al abismo de caer por Caeleen.
Cuando sus familias pactan su matrimonio, Azren acepta convertirse en el esposo legal del hombre que ama en secreto. Una alianza sellada con papeles, con anillos, con un "sí, quiero" que Caeleen pronunció mirando a otro.
Porque prefiere quemarse en su tormenta a no tener nada de él.
Aunque sabe que, cuando el fuego se apague...
Caeleen seguirá amando a otro.
Y él habrá perdido todo.
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LA MONEDA DE DOS CARAS.
El encuentro en el bar dejó a Azren con los nervios de punta y una claridad brutal. Había visto la obsesión de Caeleen dirigida hacia él: un fuego que quemaba. Pero le faltaba la otra cara, la reservada solo para una persona. El destino, irónico, se la entregó una semana después, en el Jardín Botánico.
Azren paseaba entre estructuras de ramas y pétalos secos cuando, al doblar un seto, el aire cambió.
Allí, en un claro iluminado por linternas de papel, estaban ellos. Darius, con gestos tranquilos, explicaba algo sobre una escultura. Y a su lado, como un centinela en sombras, Caeleen.
No era el Caeleen que Azren conocía. Este llevaba ropa casual, pero su postura era de una atención absoluta. Sus ojos ámbar no escaneaban el entorno; estaban clavados en Darius, siguiendo el movimiento de sus labios, la curva de sus manos.
—…entonces no es que mueran —decía la voz de Caeleen, y Azren se estremeció. No era el tono cortante de siempre. Era grave, suavizado, como si hubiera bajado el volumen de todo su ser. —Se quedan así.
Darius asintió, una sonrisa leve en los labios. —Exacto. La belleza se transforma. Se vuelve… quieta.
Un asentimiento mínimo de Caeleen. Luego, su voz bajó aún más, solo para Darius: —Te queda bien. No era un cumplido. Era una observación íntima, una verdad dicha en el espacio privado que creaban entre los dos.
Caeleen extendió la mano. Con un gesto rápido, casi involuntario, le apartó un mechón de cabello de la frente a Darius. Un contacto que duró menos de un segundo. Un gesto de una ternura posesiva que dejó a Azren helado. Darius no se apartó.
Fue entonces cuando Darius, al señalar algo, miró hacia el seto. Sus ojos azules encontraron los de Azren. Incomodidad, luego resignación.
Caeleen siguió su mirada.
La transformación fue instantánea y física. Todo su cuerpo, que un instante antes se inclinaba hacia Darius, se enderezó de golpe. La atención suave en sus ojos se apagó, reemplazada por un foco gélido. Se separó de Darius.
—Espera —le dijo, una sola palabra. Y se dirigió hacia Azren.
Caminaba con la eficiencia mortífera de quien va a despejar un obstáculo.
Se detuvo frente a él, demasiado cerca, bloqueando por completo su vista de Darius.
—¿Sigues? — Su voz ya no tenía rastro de la suavidad de hacía un minuto. Era la voz que Azren conocía: plana, cortante. —¿Es que no te cansas de mirar?
—Estoy viendo la exposición —logró decir Azren, la garganta seca.
—No. Caeleen negó lentamente, sin alzar la voz. —Estás mirando lo que no es tuyo. Y empieza a ser molesto.
Cada palabra era un diminuto corte, diseñado para humillar, no para enfurecer. Para recordarle su lugar: un intruso.
—¿Por qué? — La pregunta le salió a Azren, cargada de un dolor que ya no podía contener. —¿Por qué con él… y conmigo esto?
Por un segundo, un destello de genuina incredulidad cruzó los ojos ámbar de Caeleen. Como si la pregunta fuera tan obvia que no merecía respuesta.
—Porque él es Darius — dijo, como si explicara por qué el agua moja. —Y tú… estás de más. Aléjate. Es la última vez que te lo digo bien.
Dio media vuelta. Al reunirse con Darius, su postura cambió de nuevo, casi imperceptiblemente. Los hombros perdieron una pizca de rigidez. Inclinó la cabeza para escuchar.
Azren los vio alejarse, dos figuras fundiéndose en la penumbra, unidas por un hilo invisible que él nunca podría tocar. Había visto el núcleo: un planeta y su sol. Y él era, como mucho, un asteroide perdido en una órbita equivocada, recibiendo solo el frío residual de ese calor.
Se marchó del jardín. El aroma de las flores le pareció de repente agobiante y falso. No era celos lo que sentía. Era la certeza geológica de su propia irrelevancia. Caeleen tenía un centro de gravedad, y ese centro tenía nombre y apellido: Darius Sotelo. Todo lo demás, incluido Azren Liáng, solo era materia en caída libre hacia ese abismo. Nada importante.