NovelToon NovelToon
CREI AMAR A MI ESPOSA

CREI AMAR A MI ESPOSA

Status: En proceso
Genre:Sustituto/a / Novia sustituta / Traiciones y engaños
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

ELLA NO ES CAPAZ.

...GABRIELA:...

Yo no quería enojarme, fui paciente en la segunda llamada e incluso una tercera, pero cuando respondió la cuarta no puede evitartar quedarme callada.

— Gonzalo. — lo llame.

Me hizo una seña para que esperara por el señor estaba al teléfono.

Le dije que si debíamos volver entendía, sabía que el tenía demasiado a su cargo pero no quería que estuviera intermitente en la luna de miel. Ya habría tiempo lo para los dos.

Termine mi comida y él seguía al teléfono.

El ambiénte se tensó y cuando terminó de cenar volvimos al hotel.

Estuvo más callado de lo normal no sé si noto que yo estaba molesta.

— Gabriela.

— Estoy enojada— Respondí al entrar a la habitación.

— Lo se, pero de verdad era importante.

Yo, sabía que si, en ocaciones había vidas que dependían de él.

— Lo se, lo se— lo mire. — Se lo importante Rea que son tus obligaciones es solo qie me gustaria que estuvieras cien porciento presente eso es todo.

Me miro como no sabiendo como decir lo que venia.

— ¿Que pasa? — le pregunté.

— Tenemos que volver.

Suspire y cerré los ojos.

— Gonzalo te pregunte, te dije que si mecesitabamos regresar me lo dijeras, ahora no solo estuviste ausente eñ los preparativos de la boda tambien la luna de miel.

— Bueno quería evitar el tener que regresar a toda costa — Negué. — ¿Crees que no me gustaría quedarme aquí? — Esa pregunta ir a me hizo mirarlo. — Lo único que quiero es estar contigo pero hay demasiadas cosas as que dependen de mi.

Yo lo sabia, lo sabia al casarme contigo el, y aun así estoy aquí.

— Esta bien vamos a volver, sirve que tañ vez pueda llegar para el juicio de mi hermana, espero que todo salga bien.

— Todo saldrá bien.

Se acercó y me abrazo.

— Ya quita esa carita si, prometo que te voy recompensar.

Empacamos para tomar el vuelo de regreso con mis padres.

Gonzalo accedió a que permaneciéramos ahí unos meses antes de volver; yo había recuperado a mi familia y quería pasar un poco más de tiempo con ellos antes de regresar a mis obligaciones.

Aunque, al parecer, él tendría que viajar apenas llegáramos.

El vuelo estuvo bien, pero me dio un poco de ternura cuando me di cuenta de que Gonzalo se había puesto celoso.

Era la primera vez que eso pasaba y, sin duda, fue muy tierno.

Nuestro vuelo de regreso originalmente estaba programado en primera clase, pero al tener que volver antes, terminó siendo un vuelo normal.

Por fin me acomodé en mi asiento. Gonzalo estaba en su computadora, concentrado, mientras yo intentaba cerrar los ojos.

Miraba al frente cuando un tipo de la fila de enfrente se giró un poco hacia mí.

—Perdón —dijo una voz masculina—, pero tu rostro me parece familiar.

Lo observé.

—Sí… puede ser.

Sonrió, como si eso confirmara algo.

—Sabía que no me equivocaba. ¿Te he visto antes, no?

Asentí, sin darle demasiada importancia.

Seguramente me reconocía por Arlet.

—Viajo mucho —continuó—, pero rara vez veo a alguien que me resulte tan familiar.

Reí apenas, por educación.

—Coincidencia, tal vez.

Gonzalo no levantó la vista.

Seguía en su computadora.

Ya estábamos acostumbrados a que me confundieran.

—Puede ser —dijo él—, aunque… —me miró con más atención— ¿trabajas en algo relacionado con medios o algo así?

—No —respondí—. Nada de eso. Pero mi hermana sí. Es mi gemela; tal vez por eso sientas que me conoces.

—No lo creo —sonrió—. De haber visto tu rostro, te aseguro que no lo olvidaría.

Tragué saliva, incómoda.

—Soy Mateo —añadió—. Por cierto.

—Gaby.

—Mucho gusto, Gaby.

Hubo un segundo de silencio.

—Oye —dijo luego, con naturalidad—, ¿estaría de más si te pido tu número? Me caíste bien y… bueno, nunca está de más conocer gente interesante.

Los dedos de Gonzalo dejaron de moverse sobre el teclado.

Su vista se desvió hacia nosotros.

No fue inmediato.

No fue obvio.

Gonzalo cerró el portátil.

No dijo nada al principio. Solo observó la escena.

—Eh… —empecé— yo—

—Claro —intervino Gonzalo de pronto, sin alzar la voz—. Sí estaría de más.

Mateo giró hacia él, apenas entonces notándolo de verdad.

—Ah… perdón, no sabía—

—Es normal —dijo Gonzalo, ahora mirándolo—. Ella suele parecer… sola.

Puso el brazo sobre el respaldo de mi asiento.

No me tocó.

Pero invadió el espacio exacto.

—Pero no lo está.

Mateo carraspeó.

—Disculpa, no quise incomodar.

—No lo hiciste —respondió Gonzalo—. Solo preguntaste.

Sonrió demasiado tranquilo.

Mateo asintió.

—Bueno… fue un gusto.

Y volvió a acomodarse en su asiento.

Silencio.

Yo giré lentamente hacia Gonzalo.

—¿Estás bien? —pregunté en voz baja.

Él asintió, como si nada.

—Perfectamente.

—¿Sabes que no le iba a dar mi número?

—Lo sé —dijo, muy seguro.

Alcé una ceja.

—¿Y por qué estás tan seguro?

—Porque no me lo diste a mí cuando yo te lo pedí.

Sonreí.

—Eso fue distinto, me tomaste por sorpresa.

—¿Y él no? —me cuestionó.

Solté una risita.

—No podía permitir que se le ocurriera darte el suyo. Eso es lo que me tiene de este lado ahora —dijo, riendo.

—La situación es distinta —añadí—. Ahora estoy casada. Te amo y no hay nadie que pueda lograr conmigo lo que tú lograste, ¿de acuerdo? Lo nuestro fue sencillo, fácil… pero porque eras tú.

—Lo sé.

Me miró con intensidad.

—Ya, don celos. Sigue trabajando.

Sonrió, y así lo hizo.

Cuando llegamos a la ciudad, no fuimos directamente a casa de mis padres. Gonzalo y yo tendríamos nuestra propia casa durante el tiempo que estaríamos ahí, aunque la señora Loan se quedaría con nosotros mientras durara la estancia.

Llegamos de madrugada. Al día siguiente llamé a mi madre para vernos, pero me dijo que ese día sería el juicio de Arlet, así que no podría. Decidí asistir. El vuelo de Gonzalo saldría hasta el día siguiente.

Así que, horas después, ya estábamos en el juzgado.

El juez entró a la sala y todos nos pusimos de pie casi por reflejo.

—Pueden tomar asiento.

Me senté despacio. El aire era espeso, incómodo. Aun así, yo estaba tranquila. Confiaba en lo que mi padre me había dicho: existía una alta probabilidad de que el resultado fuera favorable.

El juez revisó unos documentos antes de hablar. Yo no dejaba de mirar a Arlet.

Estaba nerviosa. Y, honestamente, ¿quién no lo estaría?

No culpaba a mi prima por lo ocurrido. Siempre he pensado que, al final, ambas —ella y Cora— habían sido víctimas del mismo hombre.

—Procederemos con las intervenciones iniciales. ¿Está lista la fiscalía para su exposición? —preguntó el juez.

El abogado de Lauro se levantó. Ajustó sus papeles con una calma que me pareció demasiado ensayada.

—Así es, su señoría. La fiscalía solicita el cambio de tipificación del delito, de acoso a abuso sexual e intento de violación, por parte de la señorita Arlet Valencia hacia mi cliente, Lauro Vivanco.

Sentí cómo algo se me hundía en el estómago.

El murmullo fue inmediato. Alguien detrás de mí soltó un suspiro ahogado. Vi cabezas girar, cuerpos incorporarse, miradas cruzarse como chispas.

Giré el rostro hacia Gonzalo. No dijo nada. Solo tomó mi mano, firme, silencioso, dejándome claro que estaba conmigo.

—¡Orden en la sala! —exigió el juez, golpeando el mazo.

La abogada de Arlet se levantó de golpe.

—¡Protesto, su señoría! Este juicio fue abierto por acoso. No existe fundamento para un cambio de delito en esta etapa del proceso.

Miré alrededor.

La madre de Lauro estaba roja, furiosa, con las manos apretadas sobre el regazo como si se contuviera a la fuerza. Su hija negaba una y otra vez, en silencio.

Yo me indigné.

Mi hermana no era nada de lo que estaban diciendo.

Más atrás, mis tíos se miraban sin entender del todo. Y Cora… ella no soltaba la mano de su esposo.

Del lado de mi familia, mis padres murmuraban entre ellos. Claramente esto los había tomado por sorpresa. Yo apenas los escuchaba. Todo mi foco estaba en Arlet. En su mandíbula tensa. En su mirada fija al frente.

—Tenemos pruebas, su señoría —continuó el abogado de Lauro—, que justifican plenamente el cambio de delito.

—¡Esas pruebas no fueron presentadas en su debido momento! —respondió la abogada de Arlet, golpeando la mesa—. Y todos sabemos que pudieron haberse obtenido por medios cuestionables.

Sentí un nudo cerrarse en mi garganta.

—Cuide sus palabras, abogada —replicó él, frío—. Si va a lanzar acusaciones, respáldelas.

El juez alzó la mano.

—Basta. La corte evaluará la pertinencia de las nuevas pruebas. Si se demuestra que fueron obtenidas de manera ilícita, la acusada podría quedar libre de toda responsabilidad. ¿Lo comprende?

—Perfectamente, su señoría —respondió el abogado—. Aun así, solicitamos que se admitan. Revelan una parte del video que no fue mostrada anteriormente y que cambia por completo el contexto.

No recuerdo haber respirado cuando el juez asintió.

—Se admitirán bajo reserva. Proceda la fiscalía.

Cora se levantó entonces. La vi inhalar hondo antes de hablar.

—Su señoría —dijo—, deseo presentar una grabación adicional. Es crucial para entender lo que realmente ocurrió esa noche.

La abogada de Arlet volvió a protestar, pero el juez la silenció.

Sentí la mano de Gonzalo apretarse ligeramente sobre mi hombro. No aparté la vista de la pantalla cuando se encendió.

Al principio, todo parecía normal: risas, música, una fiesta cualquiera.

Una a la que yo, aunque fui invitada, no asistí.

Vi a Lauro tambalearse. Vi el momento exacto en que alguien se acercó a su vaso. Justo cuando mi hermana tropezó.

Me negué a creerlo.

Eso no demostraba nada.

—Observen —decía Cora—. El trago fue adulterado sin su consentimiento.

Después, la cámara mostró a Arlet acercándose a él, llevándolo casi cargado hacia la salida.

—Aquí es evidente —continuó—. Mi esposo no estaba en condiciones de decidir.

Sentí una presión insoportable en el pecho.

Arlet no se movía. No lloraba. No hablaba. Solo miraba la pantalla.

Cuando el video terminó, el silencio fue absoluto. Nadie se atrevía a respirar.

—Esto no fue consensuado —concluyó Cora—. Fue abuso.

El juez tomó notas. Despacio.

—La corte ha tomado nota. La defensa tendrá oportunidad de responder.

Tragué saliva. Miré a Arlet por fin. Por un segundo, nuestros ojos se encontraron.

Vi indignación.

Mi hermana estaba indignada.

Su abogada alegó que solo había intentado llevarlo a un lugar seguro, pero la fiscalía insistió en que tenían más pruebas.

Entonces nos pidieron salir. A todo el público, excepto a las partes involucradas.

Caminé tensa, con Gonzalo a mi lado.

Me reuní con mis padres. Ellos, igual que yo, no creían a Arlet capaz de algo así.

Lauro y Cora salieron después, acompañados de los abogados. Afuera los esperaba una multitud: periodistas, mis tíos, primos y curiosos. Los flashes comenzaron a dispararse apenas cruzaron la puerta.

La abogada se acercó a nosotros.

—¿Qué pasa? —preguntó mi madre de inmediato.

Ella dudó un segundo.

—La señorita Arlet está en problemas.

Lo dijo con pesar.

Y en ese momento supimos que nada iba a salir tan bien como creíamos.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play