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Marcas De La Infancia

Marcas De La Infancia

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Centrado emocionalmente / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Heimy Zuñiga

No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.

NovelToon tiene autorización de Heimy Zuñiga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: La fatiga de los materiales

El día siguiente comenzó como todos los demás: sin permiso.

El despertador sonó a las seis en punto. El mismo sonido metálico, la misma vibración breve sobre la mesa de noche. Abrí los ojos con la sensación de no haber dormido, como si el descanso hubiera sido un trámite administrativo que mi cuerpo había firmado sin leer la letra pequeña. Me incorporé despacio. No dolía nada en particular, pero todo pesaba.

La ducha no logró despejarme. Cuando salí del edificio, el aire de la mañana estaba cargado de humedad. Caminé hacia la parada del autobús rodeado de gente con prisa, personas que revisaban sus correos o hablaban por teléfono, ajenas a que el chico que caminaba a su lado sentía que sus huesos eran de cristal. El trayecto a la universidad transcurrió envuelto en ruido: motores, conversaciones ajenas, notificaciones. Yo iba dentro de una burbuja.

En clase de Estructuras, el profesor habló de la fatiga de los materiales.

—No es el impacto lo que derriba un edificio —decía mientras dibujaba una viga en la pizarra—, sino la repetición constante de pequeñas cargas mal distribuidas. El material no falla de inmediato. Primero aguanta. Luego se adapta. Y finalmente… cede.

Sentí un escalofrío. Hazel estaba sentada varias filas más adelante. Podía ver el perfil de su rostro cuando se giraba para hablar con una compañera, o la forma en que su mano se movía sobre el papel. En la cafetería, la vi rodeada de su círculo social, riendo de algo que dijo Andrés, cumpliendo con su papel de heredera. Ella también estaba usando su máscara. Saber que ella estaba ahí y no poder acercarme era como tener una salida de emergencia visible pero clausurada.

El campus siguió girando sin notar mi desajuste. Risas, grupos, planes. Yo atravesé los pasillos como quien cruza una ciudad extranjera sin dominar el idioma.

El turno en el supermercado empezó a las cinco. Había mucha gente; era el día de ofertas y el murmullo de los clientes se mezclaba con el sonido de la música ambiental que repetía el mismo ciclo de canciones pop. Abel me asignó tareas simples: inventario y reposición. Cada ruido me sobresaltaba: el chirrido de un carrito de compras, el golpe seco de las cajas al apilarse. Todo se acumulaba como una vibración constante bajo la piel.

Pensé en Robert. En su voz. El pasado no aparecía como un recuerdo claro, sino como una presión en el pecho que no se iba. Ayudé a una mujer a bajar un paquete de detergente del estante superior. Ella me dio las gracias con una sonrisa amable; yo le devolví un gesto mecánico, ocultando el hecho de que mis manos estaban empezando a temblar de nuevo.

Pensé en Hazel. Me repetí que protegerla era mantener distancia. La lógica sonaba correcta. Emocionalmente, era un desierto.

Cuando terminé el turno a las diez, ya no estaba cansado: estaba gastado. Caminé de regreso a casa esquivando los grupos que salían de los bares, gente que gritaba y reía, celebrando una noche que para mí era un castigo. El apartamento estaba en silencio, ese silencio que antes me resultaba cómodo y ahora parecía amplificar cada pensamiento. Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría. El tiempo empezó a comportarse de forma extraña. Pensamientos que giraban en círculos: la sensación de no ser suficiente, de estar defectuoso desde el origen.

No estaba triste. No estaba llorando. Eso era lo más peligroso. Era una calma tensa, engañosa. Como la quietud que precede a una tormenta eléctrica.

Miré mis manos. Estaban limpias, pero yo sentía el rastro del roce de Robert en el supermercado como si fuera una mancha de aceite negro. Necesitaba sentir algo distinto. No alivio. No placer. Algo que rompiera la monotonía del miedo contenido. Algo que me devolviera la sensación de control.

Esa idea no llegó como una orden, sino como una sugerencia antigua, conocida. Una puerta que mi mente ya sabía abrir.

Me quedé inmóvil, luchando contra ella. Pensé en Hazel. Pensé en Abel. Pensé en todo lo que podía perder. La lista era larga… y, sin embargo, no lograba atravesar la niebla. Afuera, una sirena de ambulancia cortó el aire de la noche, recordándome que el mundo seguía sufriendo de mil formas distintas.

Comprendí entonces algo que me asustó más que cualquier recuerdo: no quería desaparecer. Solo quería que el ruido parara.

La noche avanzó sin que me diera cuenta. Dentro de mí, las grietas se ensanchaban en silencio, invisibles para cualquiera que mirara desde fuera. Como las estructuras que colapsan sin previo aviso, yo aún parecía entero por fuera. Pero la fatiga ya había hecho su trabajo.

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señorita_cash
.
señorita_cash
que personal..
Yorjany González Rodríguez
bien sigue haci pero trata de que cuando termines un capitulo el siguiente lo continue desde donde se quedo /Slight/
Heimy Zuñiga: Jaja muchas gracias... lo tendré en cuenta de ahora en adelante 👏
total 1 replies
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