La vida de Emma cambia cuando el señor Rodrigo, tras más de 40 años trabajando en la empresa, decide jubilarse. Buscando a alguien joven y conocedor de su área para sustituirlo, elige a su asistente, quien ya tiene más de 10 años de experiencia trabajando a su lado. Aunque su elección podría convertir a Emma en la candidata perfecta para convertirse en la nueva madre de los hijos del presidente.
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Capítulo 15
Cuando Emma llegó a su edificio, decidió tomar las escaleras, ya que el elevador estaba en uso y quería llegar cuanto antes a su apartamento. Tomó las llaves de su bolso y las introdujo en la cerradura. Al entrar, comenzó a desvestirse, dejando un rastro de ropa por su habitación, antes de tirarse agotada sobre la cama.
Justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, su teléfono sonó con una notificación. Ansiosa, salió de la cama para ver el mensaje, y sus ojos se iluminaron al notar que era de Aiden. El mensaje decía:
—Hola, cariño. Estoy cerca de tu apartamento, ¿salimos a cenar?
Sin pensarlo dos veces, Emma tomó la camisa que había dejado en el suelo y la falda que llevaba antes. Cuando estaba a punto de salir, se dio cuenta de la enorme mancha de café en su camisa. "No puedo salir así", pensó. Con destreza, se cambió rápidamente, eligiendo una camisa casual de su armario. Al mirarse en el espejo, se sintió satisfecha con su apariencia.
Dejó caer su cabello en suaves ondas y se aplicó un poco de labial en tono durazno. Tras rociarse perfume, salió corriendo del apartamento. El ascensor seguía ocupado, así que optó nuevamente por bajar las escaleras, esta vez con cuidado de no tropezar.
Al salir del edificio y ver a Aiden esperándola, sus ojos se iluminaron. Se lanzó a sus brazos, y él la levantó, fundiéndose en un beso que expresaba cuánto se habían extrañado.
—Mi amor, te amo tanto, te extrañé demasiado —dijo Emma, cubriendo su rostro de besos.
—No sabes cuánto te he extrañado, hermosa —respondió Aiden, tocándola juguetonamente, disfrutando de cada momento.
—¿Y bien? ¿Dónde me llevarás a cenar? —preguntó Emma.
—A un lugar especial. Fui el otro día con mis compañeros, y me encantó —respondió Aiden con una sonrisa.
—¡Perfecto! Tengo muchísima hambre —comentó Emma con entusiasmo.
Tomaron un taxi que los llevó hasta el lugar que Aiden había indicado. Al bajarse, Emma se sorprendió al ver un elegante edificio frente a ellos. Sin embargo, cuando estaba a punto de entrar, Aiden la detuvo suavemente.
—Ahí no, cariño —dijo, con una sonrisa divertida, mientras la guiaba hacia un pequeño puesto de hot dogs en la esquina.
Emma se quedó sorprendida, ya que esperaba un restaurante más formal. Sin embargo, decidió no darle importancia. Lo más importante era la compañía, no el lugar.
—Bien, vamos a pedir cuatro hot dogs —dijo Aiden con entusiasmo—. Tres para mí y uno para ti. Estás a dieta, ¿verdad, cariño?
Emma se quedó perpleja, pero simplemente asintió con una sonrisa. "Debe de tener más hambre que yo", pensó. Además, un poco de dieta nunca viene mal. Mientras Aiden devoraba los hot dogs como si no hubiera mañana, Emma comía el suyo lentamente, intentando llenarse con solo uno.
—Estuvo delicioso —dijo Aiden, chupándose los dedos—. Oye, cariño, ¿quieres el otro? —preguntó mientras ya tomaba el último hot dog, comiéndoselo de un bocado.
Emma apenas tuvo tiempo de responder antes de que él lo devorara. Sonrió nerviosamente, aunque su estómago comenzaba a protestar por la falta de comida.
—¿Qué te parece si caminamos un poco y luego compramos un postre? —sugirió Aiden.
—Sí, claro, me encantaría —respondió Emma, aunque sentía su estómago gruñir de hambre.
Mientras caminaban por la zona, pasaron por un lujoso restaurante, y Emma no pudo evitar preguntarse si algún día cenaría en un lugar así. Quizás, con su nuevo cargo de gerente, podría darse esos lujos en el futuro.
—¡Tía! —gritó una voz familiar.
Emma se giró, sorprendida, y vio a Arabella corriendo hacia ella. La pequeña la abrazó con fuerza, sin intención de soltarla. Emma, emocionada, la levantó y la llenó de besos, aunque su curiosidad aumentó al ver que estaba sola. Miró alrededor y pronto divisó a Dominic, el presidente de la empresa, saliendo del lujoso restaurante, cargando a un bebé que era igual de adorable que Arabella.
—Presidente... —dijo Emma, sorprendida, sin apartar la vista del pequeño bebé en sus brazos.
—Arabella, hija, no es de buena educación hacer eso. Señorita, no esperaba verla por aquí. Mis disculpas.
—Oh, no se preocupe, está bien —respondió Emma.
—Tía, ¿vendrás con nosotros? —preguntó Arabella, con inocencia.
—No, mi amor, no puedo —respondió Emma con una sonrisa.
—En otra ocasión, pequeña. Ella y yo estamos juntos —dijo Aiden, interviniendo.
La niña giró su cabeza para mirar a Aiden con una expresión seria y fría, aferrándose aún más al abrazo de Emma. No fue la única que lo miró así. Dominic también le lanzó una mirada dura, como si quisiera degollarlo vivo.
—Ja, ja, ja... —rió nerviosamente Emma, sin saber cómo reaccionar.
—Nos vemos en la empresa, gerente —dijo Dominic, fijando su vista en Emma con una mirada de desaprobación hacia Aiden.
—Ah, sí, presidente. —Emma dejó a la pequeña en el suelo, le dio un beso de despedida y la observó mientras se marchaba.
Aiden, sin perder tiempo, la atrajo hacia él, tomándola por la cadera. Emma se sintió incómoda, temerosa de que alguien los estuviera viendo, pero al darse cuenta de que no había nadie, se relajó. Sin embargo, Dominic ya había visto todo desde su auto, lo que le generó una profunda rabia.
De regreso al apartamento, Aiden no paraba de besar a Emma al entrar. Claramente, tenía otros planes para esa noche.
—Mmm, cariño, cuánto te amo. No sabes cómo te extrañé —dijo, intentando desvestirla.
Emma lo detuvo rápidamente, alejándose un poco—. No, no puedo... estoy en mi periodo.
—Oh... entiendo —dijo Aiden, tomando sus cosas y dándole un beso antes de girarse para marcharse.
—¿Te vas? —preguntó Emma, deteniéndolo.
—Sí, mañana tengo algo importante que hacer —respondió sin más explicaciones.
Emma no podía creerlo. No estaba en su periodo; simplemente no se sentía lista para tener relaciones con Aiden. Quería pasar la noche con él, ver una película, besarse o divertirse un poco sin que necesariamente tuviera que haber sexo. Pero Aiden claramente quería otra cosa.
Desilusionada y emocionalmente rota, se dirigió a la cocina, muerta de hambre tras no haber comido casi nada. Tomó unas rebanadas de pan y les untó un poco de jalea antes de tirarse en la cama a comer. Un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras sentía la tristeza apoderarse de ella.