Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.
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Capítulo 12
El sirviente, con un resoplido audible, dejó la pila de libros en el suelo, justo dentro de la puerta. Evelyn se agachó para examinarlos. Eran realmente hermosos. Libros de cuentos de hadas, leyendas de héroes y dragones, fábulas con animales parlantes. La niña en ella se sentía genuinamente emocionada. La mujer adulta en ella veía un arsenal.
—Muchas gracias a usted también, señor —dijo Evelyn al sirviente, quien pareció más sorprendido que el Chambelán. Los sirvientes de su ala rara vez la veían, y cuando lo hacían, la ignoraban. Que les diera las gracias era inaudito.
El sirviente se ruborizó ligeramente y murmuró un —De nada, Princesa.
El Chambelán, aparentemente satisfecho con el cumplimiento de su misión, hizo una última reverencia. —Si no hay nada más, Princesa, me retiro.
—Adiós, señor Chambelán —dijo Evelyn, y cerró la puerta con suavidad.
Se quedó de pie, mirando la pila de libros en el suelo. Eran su primer botín, su primera victoria concreta. Se arrodilló, pasando los dedos por las cubiertas, abriendo uno tras otro. Los dibujos eran vibrantes, las historias, fascinantes. La Evelyn niña estaba embelesada. La Evelyn adulta ya estaba pensando en la logística.
Necesitaba leer. Necesitaba aprender sobre este mundo. La novela había sido una guía, pero estaba lejos de ser exhaustiva. Estos libros, aunque infantiles, podrían ofrecer pistas sobre la cultura, la moral, las leyendas locales.
Se pasó el resto del día inmersa en los libros. Leyó sobre la creación de Eldoria por los antiguos dioses, sobre los grandes héroes que habían luchado contra las fuerzas de la oscuridad, sobre la leyenda del Fénix Dorado que había dado nombre a la Casa Aurelius. Leyó sobre princesas valientes y príncipes encantadores, sobre brujas malvadas y hadas bondadosas. Absorbió cada palabra, cada imagen, construyendo en su mente un mapa más detallado de este nuevo universo. La niña disfrutaba de las historias; la mujer analizaba la información.
Mientras leía, se dio cuenta de algo crucial. Los cuentos, aunque fantásticos, estaban arraigados en las creencias y valores de la sociedad de Eldoria. Hablaban de honor, de lealtad, de coraje, pero también de la importancia del linaje, de la obediencia a la autoridad, de la belleza como un arma. Entender estos matices era vital para su juego de supervivencia.
La noche cayó de nuevo. Evelyn, acurrucada bajo las sábanas, rodeada de los libros esparcidos por la cama, sintió una punzada de esperanza. Ya no estaba tan sola. Tenía estos mundos de papel, estas historias que la conectarían con su nueva realidad.
A la mañana siguiente, el ritual del desayuno furtivo en la cocina se repitió. Pero esta vez, Evelyn se sintió más segura en sus movimientos. Había roto el hielo con el Chambelán. Había obtenido los libros. Había ganado un poco de terreno.
Después de "desayunar", volvió a su habitación y comenzó a planificar. El Emperador había ordenado los libros para que ella no lo "molestara". Esa era su percepción. Pero Evelyn podía usar los libros como una excusa para acercarse, para ser "vista" de una manera diferente.
"¿Cómo hacer que un hombre frío se interese por una niña de cinco años que le es ajena?" Esa era la pregunta clave. No podía apelar a un amor paternal que no existía. Tenía que apelar a algo más práctico, algo que resonara con la mentalidad de un gobernante.
Un gobernante valora el orden, la eficiencia, el poder, el linaje. Quizás la educación. O la lealtad.
La novela había mencionado que el Emperador Aurelius era un hombre extremadamente inteligente y un estratega brillante. Era un mago poderoso, y su mente era tan afilada como su espada. También era un hombre que había sufrido una pérdida inmensa con la muerte de la primera Emperatriz, su madre. Ese dolor lo había endurecido, lo había vuelto distante. Pero ¿era un dolor que podía ser tocado? ¿O era una herida tan profunda que estaba mejor dejarla sin remover?
Evelyn, sentada en el suelo de su habitación, rodeada por los cuentos de hadas, comenzó a trazar su estrategia.
Fase Uno: La Niña Inocente y Curiosa.
La "trivialidad" del Emperador era su disfraz. Debía presentarse como una niña dulce, pero con una mente excepcionalmente curiosa. No pidiendo, sino *buscando*. No exigiendo, sino *preguntando*.
"Padre, ¿por qué el dragón en este cuento es tan malvado? ¿Todos los dragones son así?" O: "Padre, ¿es cierto que en el Reino del Sol la magia es diferente? Este libro lo dice." Preguntas que denotaran un intelecto más allá de su edad, pero presentadas con la inocencia de una niña. No confrontar. No desafiar. Solo sembrar pequeñas semillas de intriga.
Fase Dos: La Aprendiz Diligente.
Mostrar interés en cosas que el Emperador valorara. La historia del Imperio. La magia. La estrategia. Esto requería acceso a más libros, y no solo cuentos. Requiere un tutor. El Chambelán, al parecer, era su canal de comunicación.
Escribió su primera nota. Con un trozo de carbón que había encontrado en el hogar apagado y un pedazo de pergamino de uno de los libros viejos que encontró en un cajón olvidado (otro pequeño "robo"), escribió con letra temblorosa de niña, pero con el contenido de una mujer adulta:
*Querido señor Chambelán,*
*Los cuentos son maravillosos. He aprendido mucho sobre Eldoria. Pero me gustaría saber más. ¿Podría conseguirme libros sobre la historia de nuestro Imperio? Y quizás un mapa de Eldoria, si es posible. Me gustaría aprender los nombres de las montañas y los ríos. También me pregunto si podría tener papel y plumas para dibujar lo que leo.*
*Con cariño,*
*Princesa Evelyn.*
"Con cariño" era un toque estratégico. Una niña pequeña y solitaria. El Chambelán, a pesar de su servilismo al Emperador, parecía tener un rastro de humanidad. No podía ser hostil. Tenía que ser la niña que evocara un mínimo de piedad o interés.
Dejó la nota en la puerta, tal como había sugerido el Chambelán. La esperanza, una emoción rara y preciosa, se encendió en su pecho.
El día transcurrió con una mezcla de ansiedad y estudio. Evelyn continuó leyendo sus cuentos, pero ahora con una lente diferente. Analizó cómo los personajes se comportaban, cómo se resolvían los conflictos, qué se consideraba noble y qué despreciable. Su mente adulta buscaba patrones, estrategias, lecciones de vida camufladas en las fantasías infantiles.
A la mañana siguiente, la nota había desaparecido. Y alrededor del mediodía, un nuevo golpe en la puerta.
El Chambelán estaba allí de nuevo, esta vez con dos sirvientes cargados. No solo traían una pila de libros (más gruesos, encuadernados en cuero, claramente de historia y geografía), sino también un pequeño escritorio de madera con una silla, un tintero, plumas y varios rollos de pergamino de alta calidad. También trajeron una lámpara de aceite, para iluminar su sombría habitación.
—Princesa Evelyn —dijo el Chambelán, su voz un poco menos tensa que la última vez. —Sus peticiones han sido atendidas. Su Majestad... considera su interés por la historia del Imperio... adecuado.
Evelyn sintió un escalofrío de satisfacción. "Adecuado". No "maravilloso", no "orgulloso", sino "adecuado". Era poco, pero era un paso más. El Emperador la estaba notando, aunque fuera a través del lente de su función como gobernante, no como padre.
—Muchas gracias, señor Chambelán —dijo Evelyn, su sonrisa era genuina ahora, la emoción de la niña se mezclaba con el éxito de la estrategia. —Son justo lo que necesitaba.