Ella creía tener la vida perfecta, hasta que descubrió que no era así.
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El juego del gato y el ratón
La sala de conferencias del piso superior del Grupo Morales estaba rodeada por imponentes cristales que ofrecían una vista panorámica de la metrópoli bajo un cielo plomizo.
Eran las tres de la tarde. Victoria caminaba a pasos lentos por el pasillo de la alta dirección, escuchando el murmullo de voces que salía del despacho principal. Julián estaba reunido con Natalia Ruiz y Camila.
Victoria no llevaba el atuendo dulce de sus visitas anteriores; vestía un traje cruzado en tono gris marengo, con el cabello recogido en un moño pulcro que enfatizaba la línea severa de su mandíbula.
Sin llamar, empujó la puerta de madera clara y entró al despacho.
Las conversaciones se detuvieron al instante. Julián, que estaba inclinado sobre el escritorio junto a Natalia revisando un plano de activos, levantó la cabeza con una mueca de sorpresa que tardó un segundo entero en convertirse en su habitual sonrisa afectuosa. Camila, sentada a un costado con una tableta corporativa en el regazo, se acomodó la falda con un gesto nervioso.
—Victoria, mi amor —dijo Julián, poniéndose de pie rodeando el escritorio—. No me dijiste que pasarías por la oficina esta tarde.
—Estaba cansada de estar encerrada —respondió Victoria con voz serena, permitiendo que él le diera un beso mecánico en la mejilla—. Así qué decidí venir a visitarte, cielo. Y de paso ver si Natalia tenía listo lo que le pedí.
Natalia acomodó su elegante melena oscura y cruzó los brazos sobre el pecho. Sus ojos afilados estudiaron la postura de Victoria con una desconfianza profesional que no intentó disimular.
—El borrador está casi listo, Victoria —dijo Natalia con su tono frío y modulado—. Sin embargo, requiere varias firmas de validación por parte del comité de auditoría antes de que pueda entregártelo. Hay cláusulas de confidencialidad estrictas que tu padre dejó estipuladas.
—Entiendo —dijo Victoria, dando un paso hacia la mesa donde reposaba una carpeta de cuero marrón abierta—. Aunque me imagino que esas cláusulas de confidencialidad no impiden que como heredera revise los anexos de nuestras inversiones, ¿verdad?
La atmósfera en la oficina se congeló de golpe.
Camila dejó caer el bolígrafo sobre la mesa, produciendo un chasquido agudo que resonó en el silencio. Natalia apretó la mandíbula de forma imperceptible, mientras que los ojos de Julián se entrecerraron con una intensidad helada.
—¿A qué te refieres exactamente, mi vida? —preguntó Julián, manteniendo la voz baja y tranquila, aunque la rigidez de sus hombros delataba una tensión extrema.
Victoria sonrió con absoluta inocencia, haciendo un gesto vago con la mano.
— El otro día mientras almorzaba con tu primo escuche un rumor que decía que el Grupo Morales esta abriendo una filial de inversión. Y quería saber si eso era cierto.
Julián dio un paso rápido hacia ella, tomándola del brazo con una firmeza que bordeaba lo agresivo, aunque disimulada bajo la apariencia de un gesto de contención conyugal.
—¿Almorzaste con Andrés? —inquirió él, con la voz teñida de una rabia subterránea que amenazaba con desbordarse—. Te pedí explícitamente que te mantuvieras alejada de ese hombre, Victoria. Es un tipo peligroso.
—Me abordó en el restaurante, Julián —mintió ella con voz suave y asustada, bajando la mirada como una esposa acorralada—. Intenté rechazarlo, pero empezó a hablar sobre movimientos de dinero y la firma legal de Natalia... Me asusté. Por eso vine directamente a buscarte.
Julián la observó detenidamente, buscando cualquier señal de engaño en su rostro. Victoria sostuvo la mirada con los ojos cristalinos de una mujer confundida y sobrepasada por las circunstancias.
Lentamente, los dedos de Julián aflojaron la presión sobre su brazo. Se giró hacia Natalia, intercambiando una mirada cargada de un mensaje silencioso y siniestro que Victoria captó a la perfección.
—No te preocupes, mi amor —dijo Julián, modulando de nuevo su voz para sonar protector y cálido—. Andrés solo está intentando asustarte para sembrar cizaña entre nosotros. Él no sabe nada de los negocios de nuestra empresa.
—¿De verdad? —murmuró ella, mirando a Natalia de reojo.
—De verdad —intervino Natalia, dando un paso al frente con una sonrisa forzada que no se reflejó en sus ojos—. Para su tranquilidad le prepararé un resumen simplificado de los bienes para que se quede tranquila, señora Estrada.
—Te los agradezco mucho —dijo Victoria, ajustando el asa de su bolso—. Entonces mejor los dejo trabajar. No quiero ser una distracción.
Se despidió con una inclinación de cabeza y salió del despacho.
Mientras caminaba por el pasillo en dirección a los ascensores, escuchó los pasos apresurados de unos tacones detrás de ella. Camila la alcanzó justo antes de que se abrieran las puertas de cristal.
—¡Victoria! Espera —dijo la secretaria, respirando con dificultad y mirando a ambos lados del pasillo para asegurarse de que estuvieran solas.
—¿Pasa algo, Camila? —preguntó Victoria con frialdad calculada.
Camila se retorció las manos, visiblemente alterada. El perfume amaderado que compartía con Julián flotaba intensamente a su alrededor.
—Solo... ten cuidado, por favor —susurró Camila con la voz temblorosa—. Andrés Estrada es alguien muy turbio, pero... la junta directiva está muy tensa esta semana. Julián está bajo mucha presión y Natalia no es una persona a la que le guste que cuestionen su trabajo.
Victoria la estudió con atención. Camila no proyectaba la frialdad calculadora de Natalia ni la sociopatía de Julián; proyectaba pánico. El pánico de alguien que esta metido en un juego demasiado grande y peligroso, sabiendo que es el eslabón más débil de la cadena.
—Gracias por la advertencia, Cami —dijo Victoria con voz suave, tocándole el hombro con un gesto de falsa empatía—. Sé que estás haciendo un gran trabajo. Nos vemos pronto.
Las puertas del ascensor se cerraron, dejando a Camila sola en el pasillo.
Dentro de la cabina de cristal que descendía rápidamente hacia la planta baja, Victoria sacó su teléfono personal y abrió una aplicación de mensajería cifrada. Escribió un mensaje para Marcos Rivas:
«Camila es el eslabón débil. Presiónala con el registro de las llamadas nocturnas de Natalia. Se romperá en cuestión de días.»
A continuación, abrió un segundo chat con un número no guardado. El destinatario era Andrés.
«Necesito verte mañana.»
Victoria guardó el teléfono en el bolsillo de su abrigo mientras el ascensor alcanzaba el vestíbulo principal.
Tenía a Julián paranoico por la presencia de Andrés, a Natalia acorralada en su propia burocracia, a Camila bordeando el colapso nervioso y a Andrés convencido de que podría utilizarla como su marioneta personal.
Todos creían estar jugando su propio juego. Todos creían tener el control.
Pero ninguno sospechaba que la mujer a la que había muerto en un barranco tras perder a su hijo ahora estaba moviendo los hilos de su propia historia.