Ximena Reyes creyó que su matrimonio con Víctor Rivas era lo único que le quedaba después del accidente que la dejó en cama. Pero la verdad era mucho más cruel: su esposo no solo tenía una amante, también había escondido un hijo con ella, había tomado control de su empresa y estaba esperando el momento perfecto para deshacerse de Ximena sin dejar pruebas.
Encerrada en su propia casa, vigilada, debilitada y sin poder mover las piernas, Ximena parecía no tener salida.
Hasta que entendió algo.
Víctor podía quitarle el teléfono, sus documentos, su dinero y hasta su cuerpo.
Pero no podía quitarle la cabeza.
Con ayuda de su mejor amiga Nadia, un médico frío que parece saber más de lo que dice y las grietas que empiezan a abrirse entre sus enemigos, Ximena decide dejar de suplicar.
Si su esposo quería verla muerta, primero tendría que verla levantarse.
Y esta vez, cada mentira, cada golpe y cada traición iba a cobrarse con intereses.
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Capítulo 14
Capítulo 14
Al amanecer ya estaba despierta.
—Marisol, ¿está listo el desayuno? Tengo hambre.
Ella subió enseguida.
—Sí, señora. La ayudo a lavarse.
Cuando terminó, iba a bajar por la comida.
—¿Toño despertó?
—Sí. La señorita Yareli lo llevó por pan dulce.
Entrecerré los ojos.
En la casa había desayuno.
¿Para qué salir por pan dulce?
La respuesta olía a veneno.
Al rato escuché que volvieron. Toño tiró algo, lloró y Yareli lo consoló culpando al mueble.
Así educaba.
Cuando Marisol iba a traerme la comida, Yareli la detuvo.
—¿Xime ya despertó? Dame la charola. Yo se la llevo.
Subió con una sonrisa brillante.
—Xime, te traje tus pastelitos favoritos.
Pan dulce relleno de guayaba.
Mis favoritos.
Qué detalle tan considerado.
—Hace mucho no como —dije, fingiendo alegría.
Yareli tomó uno y me lo acercó.
—Come. Víctor no está. Un pedacito no te hace daño.
Lo tomé.
Ella miró mi boca.
Casi podía verla contando los segundos.
Antes de morder, me detuve.
—¿Y Toño?
—Abajo.
—Tráelo.
Su sonrisa se congeló.
—Está desayunando.
—Desde hoy desayuna, come y cena conmigo. Lo que coma yo, come él. Si va a ser mi hijo, lo educo desde la mesa.
—Pero tú ni puedes moverte.
—Puedo enseñarle a no comportarse como animal. Si en el colegio hace berrinches, lo van a sacar.
Yareli se quedó sin respuesta.
Víctor le había ordenado no provocarme.
Y ella sabía mejor que nadie cómo era su hijo.
—Está bien —dijo, apretando los dientes—. Lo subo.
Cuando volvió con el niño, recogió la charola.
—Entonces estos pastelitos mejor los bajo. A los niños les caen pesados.
—Como quieras.
Ganado.
No podía envenenarme si su hijo comía lo mismo.
Por la tarde llegó Gael.
—Después de mi terapia de ayer, me siento menos pesada —dije.
Quería preguntarle todo.
¿Vio a Nadia?
¿Trajo el testamento?
¿Había un plan?
No podía.
La lámpara nos miraba.
Gael dejó el maletín y, como si nada, sacó una hoja del bolsillo.
Se me heló la sangre.
¿Estaba loco?
—Doctor, me duele el brazo —dije rápido, levantándolo para tapar la lámpara—. ¿Puede revisarlo?
Le hice señas con los ojos.
Gael entendió tarde, pero entendió.
—Claro.
Se acercó, me giró de lado y dejó caer su gafete.
Junto con el gafete cayó la hoja.
La metí bajo la cobija.
El testamento.
—Perdón —dijo él—. Se me cayó.
Recogió el gafete con toda tranquilidad.
No era tan tonto.
Solo demasiado entusiasmado.
Luego sacó una pastilla enorme.
—Tómese esto al final.
La recibí, decepcionada.
¿Eso era todo?
¿Nadia no había mandado ningún mensaje?
Gael trabajó dos horas. Yo pasé todo el tiempo con la cabeza llena de miedo.
Cuando se fue, Marisol subió con agua.
—El doctor dijo que tomara la medicina.
Me metí la pastilla en la boca.
Al morder, algo duro chocó contra mis dientes.
Metal.
No era medicina.
Le pedí a Marisol que saliera. Luego escupí en una servilleta.
Era un dije.
Un corazón pequeño.
Igual al collar que Nadia me había regalado años atrás.
Lo abrí con dedos temblorosos.
Adentro había una pieza diminuta, del tamaño de un frijol.
Me la puse en el oído.
Primero escuché estática.
Luego la voz de Nadia.
—¿Xime? ¿Me oyes? No me digas que todavía no encuentras el aparato, carajo.
Me tapé la boca y lloré en silencio.
—Estoy aquí.
—No manches —dijo ella, y también se le quebró la voz—. Sigues viva.
Sí.
Seguía viva.
Y ahora tenía voz.
Me tomó varios segundos calmarme.
—No hables fuerte —me advirtió Nadia—. No sé qué tan vigilada estés.
—Hay una cámara en la lámpara.
—Qué enfermos.
—Por eso estoy debajo de la cobija.
Nadia soltó aire.
—Escucha. El testamento es real. Lo hizo el abogado como pude. Sirve para asustar a Víctor y hacerle creer que si te mueres pierde una parte.
Toqué la hoja escondida bajo la cobija.
—Lo tengo.
—El dije tiene batería limitada. Úsalo solo cuando haga falta. Lo hice igual al collar que te regalé para que puedas cambiarlo.
Me apreté la boca.
Ella se había acordado.
—Nadia...
—No me agradezcas. Todavía no te saco.
—Necesito que sigas a Yareli. Va a comprar algo para envenenarme.
Del otro lado escuché un golpe.
—¿Después de todo lo que hiciste por esa vieja? Te juro que...
—No pierdas tiempo odiándola. Necesito saber qué compra y cómo contrarrestarlo.
—Lo hago.
—Y Gael. No le cuentes demasiado. Casi me entrega la hoja frente a la cámara.
—Ese güey cree que está en una serie. Lo voy a usar con correa.
Reí apenas.
Me dolió.
Pero era una risa.
La primera en días.
Antes de cortar, Nadia bajó la voz.
—Xime, no estás sola. Aunque no pueda entrar, estoy afuera.
Afuera.
Esa palabra valía más que cualquier medicina.