🚫 Novela en Emisión 🚫
Molly Dumont vive en un mundo de sombras donde nadie puede oírla. Tras un trágico accidente, todos creen que su mente se ha ido para siempre, pero ella está ahí, escuchando cada secreto, cada traición y cada suspiro.
Axel Brunner, el CEO del Holding Arcane, se casó con ella por un pacto de poder, pero ahora se encuentra librando la batalla más importante de su vida: proteger a la mujer que todos llaman "un cuerpo vacío". Mientras la justicia intenta arrebatársela y un tío ambicioso busca destruirla, Axel descubrirá que el amor no necesita palabras, y que Molly está enviando señales que solo un corazón dispuesto a escuchar puede entender.
¿Podrá Axel salvarla antes de que el tiempo se agote? ¿Logrará Molly romper las cadenas de su silencio antes de perderlo todo?
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Capítulo 9: Éxito Silencioso
Axel y Stefan, salían de la sala de juntas tras una jornada maratoniana. Habían pasado diez horas revisando informes mensuales, analizando y discutiendo proyecciones de inversión.
En las pantallas del despacho de Axel, las gráficas de rendimiento mostraban una curva ascendente envidiable; la unión de los Holding's era, sobre el papel y en la práctica, el movimiento maestro de la década en Zúrich.
Axel cerró el informe trimestral y lo dejó sobre la mesa, mirando a Hans, quien permanecía junto al ventanal con su habitual presencia discreta.
—Todo funciona de maravilla, Hans —comentó Axel, cruzando los brazos—. Los activos están integrados, los beneficios se han disparado y Julien Dumont ha demostrado ser un socio impecable, aunque algo distante.
—Es un éxito absoluto, señor Brunner —asintió Hans—. La estructura de los Holding's es ahora más sólida que nunca.
Axel guardó silencio un momento, tamborileando los dedos sobre el escritorio. Su mirada se desvió hacia el rincón donde, una vez más, reposaba el albarán de la floristería.
—Sin embargo, hay un cabo suelto que mi mente no termina de procesar. Seis meses de una alianza perfecta y ni un solo rastro de la mujer que la diseñó. Molly fue quien negoció cada coma en Madrid, quien convenció a mi consejo de administración... y desde que regresamos a Suiza, es como si se hubiera desintegrado en el aire.
Stefan se aflojó el nudo de la corbata y se apoyó contra la pared, observando a su amigo.
—¿Y bien? ¿Ya apareció nuestra ejecutiva fugitiva? —preguntó Stefan, bajando un poco el tono, sabiendo que el tema era una herida abierta para Axel.
Axel suspiró, cerrando los ojos un instante. La imagen de Molly en Madrid, tan llena de vida y determinación, lo asaltaba en cada momento de silencio.
—No, aún no. Nada. Es como si la tierra se la hubiera tragado, Stefan. He hablado con su secretaría mil veces y siempre es la misma respuesta: "asuntos personales fuera del país".
—¿Y sigues enviando las peonías? —Stefan arqueó una ceja, medio divertido, medio preocupado.
—Cada semana —confesó Axel, caminando hacia su escritorio—. Pero es lo que no entiendo. Si estuviera tan enfadada como para no hablarme, me las devolvería. Me mandaría el ramo destrozado a la oficina para dejar claro su desprecio. Pero simplemente... desapareció. No sé qué pensar, amigo. Empiezo a creer que mi comportamiento en la cena fue tan nefasto que le causó un colapso nervioso de frustración. Me siento como un canalla.
Stefan se acercó y le dio una palmada firme en el hombro.
—No te des tanto crédito, tiburón. Eres un idiota a veces, sí, pero no creo que seas capaz de hacer que una mujer como Molly Dumont huya del continente solo por una cena malograda. Hay algo más aquí, algo que no nos están contando.
Axel se levantó y caminó hacia la ventana, observando el perfil de la ciudad.
—Es lo que me causa curiosidad. No es habitual en el mundo de los negocios que alguien gane su mayor batalla, firme el contrato de su vida —aunque lo hiciera su padre en su nombre— y luego no aparezca ni para la foto de la firma, ni para la junta de accionistas, ni para una cena de cortesía.
—Quizás simplemente decidió que su trabajo había terminado con la negociación —sugirió Stefan—. Hay gente que prefiere el anonimato tras el triunfo, Axel. No todos quieren el foco.
—Molly Dumont uno se veía así, Stefan —replicó Axel sin girarse—. Ella tenía fuego, tenía ambición. No encaja con el perfil de alguien que se retira a las sombras justo cuando el mundo está a sus pies. Me intriga que una mujer tan brillante desaparezca del mapa corporativo sin dejar ni una nota de agradecimiento por las flores, ni una crítica, nada. Es un vacío demasiado perfecto, demasiado limpio.
Axel suspiró, más intrigado que preocupado. Para un hombre acostumbrado a controlar cada variable de sus empresas, el enigma de Molly Dumont era la única pieza que no lograba encajar en su rompecabezas de éxito.
El silencio regresó al despacho cuando Stefan salió a buscar un café. Axel se sentó en su silla, mirando un pequeño pisapapeles de cristal. De repente, el intercomunicador zumbó, rompiendo la calma.
—Señor Axel, disculpe la interrupción —era la voz de su secretaria—. Tiene una llamada por su línea privada. Es el señor Julien Dumont.
Axel se enderezó de inmediato. El pulso se le aceleró. ¿Julien? ¿Después de seis meses de silencio absoluto?
—Pásala ahora mismo, Elena.
Hubo un clic estático y luego, una voz que Axel apenas reconoció. Era la voz de Julien Dumont, pero sonaba vieja, gastada, como si cada palabra le costara un esfuerzo sobrehumano.
—¿Julien? —preguntó Axel, tratando de mantener la compostura.
—Axel... soy yo —la respiración de Julien se escuchaba pesada al otro lado—. Necesito hablar contigo personalmente. Tiene que ser ahora.
Axel frunció el ceño, confundido por el tono desesperado de un hombre que siempre fue el epítome de la autoridad.
—No entiendo, Julien. ¿Pasó algo con el contrato?
—No puedo hablar de esto por teléfono —cortó Julien—. Voy a enviarte una dirección ahora mismo. Pero debes venir solo, por favor. Te lo pido como un favor personal, de hombre a hombre.
Axel vaciló. Su mente analítica se puso en guardia.
—¿Y esperas que simplemente acepte una invitación tan sospechosa, en un lugar que no es tu oficina?
—Te lo pido por favor, Axel —la voz de Julien tembló ligeramente—. No pienso hacerte daño. No soy ese tipo de hombre, y además, tenemos negocios en común que dependen de esto. Solo ven.
—Está bien —cedió Axel, sintiendo una punzada de ansiedad en el pecho—. Envíame la ubicación. Estaré allí en treinta minutos.
Axel salió del despacho a zancadas, encontrándose con Hans en el pasillo. Hans, ya tenía las llaves del coche en la mano y la expresión alerta.
—Señor, el coche está listo —dijo Hans mientras bajaban en el ascensor.
—Hans, quiero que investigues esta ubicación mientras conducimos —ordenó Axel, pasándole el teléfono.
Hans tecleó rápidamente en su dispositivo. Tras unos segundos, su rostro, habitualmente impasible, mostró una sombra de sorpresa.
—Señor... es una clínica privada de máximo lujo a las afueras de la ciudad. El Hospital Saint-Moritz —dijo Hans, girando la pantalla—. Pero está registrado bajo una corporación de gestión de activos. A simple vista, parece una exclusiva casa de retiro para diplomáticos o una fundación de arte; es una fachada perfecta para pasar desapercibido ante la prensa y los curiosos.
Hans señaló un punto en el mapa digital.
—En realidad, es una institución de élite para cuidados intensivos y rehabilitaciones prolongadas. Tienen protocolos de seguridad de nivel gubernamental. Si alguien quiere que una persona desaparezca del ojo público mientras recibe el mejor soporte vital del mundo, este es el lugar. No hay registros públicos de pacientes, ni visitas permitidas sin una invitación biométrica del tutor legal.
Axel apretó los puños, sintiendo que el corazón se le detenía. ¿Una clínica?
—Esto está muy raro, Hans. Algo no encaja. Comunícate con el equipo de seguridad; que nos sigan a una distancia prudente, que no se dejen ver. No quiero que Julien piense que he roto mi palabra de ir solo, pero no voy a entrar a ciegas en un hospital.
El trayecto fue silencioso. Axel miraba por la ventana cómo los edificios de la ciudad daban paso a los árboles frondosos de las afueras. Su mente era un caos de teorías: ¿Estaba Julien enfermo? ¿O era todo una fachada para una emboscada?
Finalmente, el coche se detuvo frente a una imponente estructura de cristal y piedra blanca, rodeada de jardines impecables. No parecía un hospital, sino un hotel de seis estrellas.
Axel bajó del coche, ajustándose la chaqueta. El aire de la montaña era frío, pero él sentía que le ardía la piel. Se volvió hacia Hans.
—Quédate aquí. Si no salgo en una hora, entra con el equipo.
Hans asintió solemnemente. Axel respiró hondo y cruzó las puertas automáticas de la clínica. El aroma a antiséptico mezclado con flores frescas lo golpeó de inmediato. Al fondo del vestíbulo, vio a un hombre esperándolo. No era Julien. Era Gerard, el asistente de confianza de los Dumont, que lo miraba con una expresión de duelo que Axel no pudo ignorar.
—Señor Brunner —dijo Gerard, haciendo un gesto hacia los ascensores—. Gracias por venir. El señor Dumont lo está esperando en la planta de neurología. Por favor, sígame.
Axel caminó por los pasillos silenciosos, sintiendo que cada paso lo alejaba más de su vida anterior y lo acercaba a una verdad que estaba a punto de destrozar todas sus certezas.