Rafael Arismendi es un hombre de hielo, un tiburón de los negocios cuya única pasión es el poder. Brisa es una abogada penalista invicta, capaz de desarmar a cualquier criminal con una mirada. No creen en el amor, pero creen en la estrategia. Cuando un ultimátum familiar amenaza con arrebatarle a Rafael la presidencia de su empresa, y la presión materna asfixia la carrera de Brisa, ambos deciden reactivar una vieja promesa de juventud: casarse para que el mundo los deje en paz. Seis cláusulas, un año de duración y una regla de oro: prohibido enamorarse. Pero entre cenas familiares orquestadas y besos fingidos que saben a verdad, el contrato que juraron proteger está a punto de convertirse en su sentencia más peligrosa.
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Capitulo 19: compartimos cama
El agua del Índico era un abrazo de seda líquida. Me sumergí profundamente, dejando que el frescor borrara por unos instantes el cansancio acumulado de meses de litigios y la extraña pesadez de mi nuevo apellido. Al salir, sacudí mi cabello y pedí una piña colada en el bar de la playa; ya que el destino —o mejor dicho, la ambición de Rafael y la insistencia de nuestras madres— me había obligado a este exilio dorado, supongo que lo mínimo que podía hacer era surfear las olas con estilo.
Cuando estuve a punto de desplomarme sobre la arena fina, sintiendo el sol de Maldivas, disfrutando del primer momento de paz auténtica en años. Escucho
—Disculpa... —una voz masculina, suave y con un acento extranjero, me hizo abrir un ojo—. Mi teléfono se ha quedado sin batería y he perdido la noción del tiempo. ¿Tendrías la hora?
Era un hombre joven, bastante atractivo, con esa piel bronceada de quien no tiene que preocuparse por facturar horas en un bufete. Estaba a punto de responder cuando una sombra imponente se proyectó sobre mí. Antes de que pudiera articular palabra, sentí una mano firme y posesiva rodeando mi cintura, atrayéndome hacia un pecho sólido y conocido.
—Hola, mucho gusto. Soy Rafael, el esposo de Brisa —dijo mi "marido", con una voz que destilaba una autoridad que no admitía réplicas.
El desconocido parpadeó, sorprendido por la súbita aparición del "propietario".
—Hola, amigo... igualmente. Así que Brisa, ¿eh? Bueno, gracias por la hora de todas formas. Disfruten su estancia.
—No fue nada, un placer —alcancé a decir mientras el hombre se alejaba casi trotando.
En cuanto estuvimos solos, me solté de su agarre con un movimiento brusco, aunque mi corazón latía un poco más rápido de lo normal.
—¿Haciendo más amigos, Brisa? —preguntó Rafael, cruzándose de brazos mientras me observaba desde su altura.
—¿Y tú no seguirías trabajando? —le devolví el golpe, ajustándome las gafas de sol—. Pensé que tu laptop era tu única prioridad en este paraíso.
Rafael suspiró y se sentó en la reposera de al lado, dejando caer una toalla.
—Decidí acompañarte. Puedo trabajar desde acá, pero no puedo ser tan mal amigo... disculpa la interrupción.
—No te entiendo, Rafael. Incluso yo logré detener el ritmo del trabajo por hoy, y tú estás aquí actuando como un hombre distinto —comenté, observando cómo se acomodaba.
—Tienes razón —admitió, mirando hacia el horizonte turquesa—. Es un poco extraño esto. El contrato, la boda... y el cómo tratarte a ti también. Pasamos de ser los niños que corrían por el patio de tu madre a ser... esto.
—No debe cambiar nada, Rafael. No lo repienses tanto —sentencié, tratando de convencerme a mí misma—. Somos socios en una farsa, nada más.
—Bueno, continuaré aquí con el informe que me falta —dijo él, abriendo de nuevo su computadora, aunque esta vez se quedó a mi lado.
Pasaron las horas. Yo continué sumergida en mi lectura y en el sopor del sol, sintiendo cómo mi piel adquiría un tono canela que me hacía lucir más saludable que nunca. Sin embargo, podía sentirlo. En ciertos momentos, Rafael clavaba su mirada en mí por encima de la pantalla de su laptop; eran vistazos rápidos, intensos, que esquivaba en cuanto yo hacía el amago de girarme. "Este tonto", pensé con una sonrisa interna. A pesar de su arrogancia ejecutiva, Rafael estaba muerto de miedo por el compromiso asumido, aunque fuera falso. La cercanía forzada estaba rompiendo sus esquemas de control.
El atardecer empezó a teñir el cielo de violetas y naranjas incendiarios. Era una vista que te robaba el aliento.
—Parece mágica esta vista —murmuró Rafael, cerrando finalmente la tapa de su ordenador.
—Si lo es —respondí, sintiendo por primera vez en el viaje que la tensión bajaba un par de grados.
Nos regresamos a la habitación para quitarnos la sal y la arena. Tras una ducha reparadora, me puse un vestido de lino blanco, sencillo y vaporoso, que resaltaba mi nuevo bronceado. Salimos a cenar al restaurante del hotel, un sitio diseñado para el romance: antorchas, luces tenues y el sonido de las olas rompiendo a pocos metros de nuestra mesa.
Tras pedir la cena y una botella de vino blanco, la charla fluyó hacia terrenos que habíamos evitado durante años.
—Cuéntame, Brisa... ¿qué hiciste realmente todos estos años? —preguntó Rafael, observándome bajo la luz de las velas—. ¿Por qué una mujer como tú nunca se enamoró seriamente?
Me encogí de hombros, jugando con el tallo de mi copa.
—No sé. Conocí varios chicos durante la universidad, incluso algunos colegas en el bufete, pero nunca pasaba a más. Siempre me concentraba en ser la mejor, en las notas, en ganar los casos... El trabajo se convirtió en mi refugio. No tuve mucho chance para el drama romántico. Y bueno, desde hace dos años mami Julia empezó con su presión constante. Sentiré este año como unas vacaciones de sus interrogatorios, aunque al final mi expediente quede como "divorciada". ¿Y tú? ¿Ninguna modelo o ejecutiva te atrapó?
Rafael soltó una risotada seca.
—Doña Julia es un caso serio. La verdad... no sé cómo decirlo para que no suene mal, pero las mujeres ciertamente eran mi distracción favorita. Nunca llegué a sentir ese sentimiento de querer quedarme fijo en una relación. Sentía que todas, de una manera u otra, querían "atraparme" por el apellido o la cuenta bancaria, lo que me hizo ser muy precavido. Al final, prefería huir antes de que las cosas se pusieran reales.
—Claro, el gran Rafael Arismendi no podía permitir que le robaran el corazón —bromeé, aunque algo en su mirada me dijo que su soledad no era tan voluntaria como quería aparentar.
—Jajaja, bueno, en fin... aquí estamos. ¿Quién diría que llevaríamos a cabo esa promesa de niños? —añadió él, suavizando el tono.
—Nunca se me pasó por la cabeza, honestamente. Estamos locos, Rafael. Por cierto... ¿cómo haremos cuando regresemos?
Rafael se puso serio de nuevo, retomando su modo estratega.
—Pienso decirle a mis padres que tú continúas con tu trabajo en tu ciudad y yo con el mío en la capital. Diremos que nos veremos los fines de semana hasta encontrar una "solución habitacional" definitiva. Como ellos viajan pronto a Japón, será más sencillo mantener la distancia.
—Ni tan sencillo —le recordé—. Recuerda a mami Julia. Ella no se va a creer que un "recién casado tan enamorado" como tú no quiera estar con su esposa cada noche.
—Si... por eso tendré que seguir viajando constantemente. Pero ya veremos cómo lo sorteamos paso a paso.
Terminamos la cena en un silencio cómodo, compartiendo un postre que sabía a gloria. Regresamos a la habitación, donde la enorme cama matrimonial nos esperaba como un recordatorio mudo de nuestra mentira legal. Rafael se dirigió hacia el sofá con una almohada bajo el brazo, pero me detuve antes de entrar al baño.
—Rafael... —lo llamé. Él se giró—. Si quieres, compartimos la cama. La verdad es tonto que te quedes en el sofá y mañana amanezcas con la espalda destrozada. Somos adultos, nos conocemos de siempre. Es imposible que pase nada entre nosotros porque no hay ese tipo de interés, así que... tranquilo. Puedes dormir de tu lado.
Rafael se quedó inmóvil un segundo, procesando mi propuesta. Sus ojos oscuros brillaron bajo la luz de la lámpara.
—¿Segura, Brisa? No quiero que te sientas incómoda.
—Si, estoy segura —respondí con una seguridad que no sabía de dónde venía—. Solo es una cama, Rafael.
Él asintió lentamente, dejando la almohada sobre el colchón. Esa noche, mientras el sonido del mar inundaba la villa, dormimos uno al lado del otro. Por primera vez en años, la cama no se sintió vacía…
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