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Secretos Y Pecados.

Secretos Y Pecados.

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Reencuentro / Amor-odio / Mundo de fantasía / Amor a primera vista / Romance
Popularitas:324
Nilai: 5
nombre de autor: Estefaniavv

Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.

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Capítulo 14: Gabriela

...Gabriela ...

La cena transcurrió con esa rapidez incómoda que se instala cuando hay demasiadas cosas sin decir sobre la mesa. Apenas pude terminar mi plato, sintiendo la mirada de Julián como un peso de plomo sobre mis hombros, una presencia que parecía succionar el oxígeno de la habitación. Me despedí con un hilo de voz y me refugié en mi cuarto, el único lugar de la hacienda donde las paredes no parecen juzgarme. Sin embargo, no estuve sola por mucho tiempo.

—¿Gabriela? ¿Estás despierta, primilla? —La voz de Sofía me sorprendió en el umbral.

—¿Sofi? ¿Qué haces aquí a esta hora? —pregunté, sentándome en la cama mientras trataba de ocultar el rastro de cansancio en mis ojos.

—Quiero quedarme a dormir contigo hoy, ¿puedo? —Su tono era inusual, una mezcla de protección y algo más que no logré descifrar.

—Esto es muy extraño... —admití, esbozando una pequeña sonrisa—. Pero, ¿sabes qué? No lo pienso desperdiciar. Hagamos una pijamada de las de antes. Ve buscando una película en la laptop mientras yo preparo palomitas de maíz, ¿sí?

Sofía asintió con una risa suave que no llegó a sus ojos. Mientras caminaba hacia la cocina, mi mente trabajaba a mil por hora. Algo le pasaba a Sofía. Ella es la mujer más independiente que conozco, ama su soledad y su espacio casi tanto como su microscopio. Dudo que se quede conmigo solo porque cree que estoy triste por los desplantes de Julián; ella sabe que soy fuerte, o al menos eso intento aparentar. Creo que esta es apenas la segunda vez en años que dormiríamos juntas. Quizás ella también necesitaba un refugio esta noche.

Vimos una película de acción, una elección extraña para una noche de confidencias, pero servía para llenar el silencio con explosiones y diálogos rápidos. Nos quedamos dormidas entre el olor a mantequilla y el sonido de la lluvia empezando a golpear las tejas.

A la mañana siguiente, el sol apenas empezaba a teñir de rosa el horizonte cuando me levanté. Tenía un plan: ir al pueblo vecino para seguir aprendiendo las artes culinarias de las señoras mayores, esas recetas que no están en los libros pero que guardan el alma de nuestra tierra. Sofía ya se había ido a su cuarto para iniciar sus obligaciones con Rances y el laboratorio. Me vestí rápido, tomé las llaves de mi carro y salí con la esperanza de que el aire fresco del camino despejara la opresión de mi pecho.

Todo iba bien hasta que, a media hora de la casa, el motor empezó a toser. Un sonido metálico, seco, y de repente, el silencio total. El carro se detuvo por inercia a un lado de la vía.

—No ahora, por favor, ahora no —supliqué, golpeando el volante.

Abrí el capó, pero mis conocimientos de mecánica son nulos; para mí, el motor es solo un laberinto de mangueras y metal caliente. Suspiré, resignada, y saqué el teléfono para llamar a la hacienda. Sin señal. Caminé unos metros buscando una rayita de cobertura, levantando el brazo hacia el cielo, pero nada. Estaba barada en el "camino medio", ese tramo de la carretera que nadie transita a menos que sea estrictamente necesario.

Pasaron las horas. El sol subió hasta y luego empezó su descenso lento y cruel. El hambre empezó a punzarme el estómago y la sed me secaba la garganta. Pero lo peor era la soledad. Ese silencio del campo que, cuando estás a salvo, es poético, pero cuando estás sola y desprotegida, se vuelve siniestro. El cielo empezó a tornarse de ese gris plomizo que anuncia el final del día, un color que asusta porque es el preludio de la oscuridad total.

De repente, un aullido lejano me heló la sangre. Lobos. O perros salvajes, daba igual. La histeria empezó a ganar terreno en mi mente. ¿Por qué a mí? ¿Por qué hoy, cuando parece que ni un alma transita por este sendero? Ya estaba al borde del llanto cuando, a lo lejos, divisé un par de luces.

Bajé del carro como una loca, agitando los brazos, gritando aunque sabía que no me oirían por el ruido del motor. El vehículo se detuvo y la luz de los faros me cegó por un momento. Cuando la puerta se abrió y vi la silueta que bajaba, mi corazón dio un vuelco.

Era Julián.

No lo pensé. No medí las consecuencias ni recordé nuestro último altercado. Corrí hacia él y lo abracé con todas mis fuerzas, hundiendo mi cara en su pecho. Me sentía tan pequeña, tan perdida en medio de la nada, que verlo fue como ver a mi salvador, a un ángel enviado para sacarme del infierno. Lloraba con hipos, aferrada a su chaqueta, sintiendo su calor. Lo abrazaba tan fuerte que creo que apenas lo dejaba respirar.

Por un segundo, sentí que él se tensaba, pero luego, algo increíble ocurrió. Me agarró la cara con una suavidad que nunca le había conocido.

—Tranquila, chiquilla. No llores —dijo, y sus dedos largos limpiaron una lágrima de mi mejilla—. Ya todo está bien, tranquila. Agarra tus cosas, vamos a casa.

Me quedé paralizada. Sus ojos no tenían ese brillo de odio habitual; había una chispa de algo parecido a la preocupación. Mis brazos seguían alrededor de su cintura, negándome a soltar la única seguridad que tenía, hasta que un carraspeo me devolvió a la realidad. Rodrigo, el amigo de Julián, estaba apoyado en la puerta del copiloto observando la escena.

Me separé de Julián de golpe, sintiendo que las mejillas me ardían de vergüenza.

—Lo siento... no volverá a ocurrir —murmuré, refiriéndome al abrazo—. Hola, señor Rodrigo.

—Lo que digas. Vámonos ya —soltó Julián, y en un parpadeo, esa aura protectora se evaporó. Su voz volvió a ser áspera, cargada de ese fastidio crónico que siente por mi existencia—. Siempre tú metiéndote en problemas, Gabriela. No puedes pasar un día sin ser una molestia.

Entré al carro, apretada entre el silencio de Julián y la cortesía de Rodrigo.

—¿Desde cuándo estabas allí, Gabriela? —preguntó Rodrigo mientras arrancábamos.

—Desde la mañana. Nadie pasó por aquí en todo el día.

—Llevas horas sin comer —notó él—. Debe estar hambrienta. Por suerte, nosotros íbamos a la ciudad a buscar una encomienda. Al llegar, nos puedes esperar en un restaurante mientras terminamos el trámite.

Asentí, agradecida por la amabilidad de un extraño que parecía tener más tacto que mi propio "hermano". Julián iba enmudecido, con la vista fija en la carretera y una mandíbula tan apretada que parecía de piedra.

Al llegar a la ciudad, me dejaron frente a un restaurante acogedor.

—No te muevas de este sitio. Regresamos pronto —sentenció Julián antes de cerrar la puerta—. Más te vale quedarte tranquila, ya has sido suficiente molestia por hoy.

Tragué saliva y entré. Pedí el menú del día: un asado jugoso con ensalada César. Estaba exquisito, o quizás era el hambre de diez horas la que le daba ese sabor a gloria. Estaba terminando mi comida cuando un hombre de unos cuarenta años, con los ojos vidriosos y un fuerte olor a alcohol, empezó a decirme groserías y "piropos" de mal gusto desde la mesa de al lado. Intenté ignorarlo, pero su insistencia me ponía nerviosa. Decidí pagar y esperar afuera, pensando que el aire libre sería más seguro.

Me equivoqué. El tipo me siguió hasta la acera.

—Déjeme tranquila, por favor. Váyase —le dije, tratando de que no se me notara el miedo.

—Lindura, no seas así. Nos podemos ir juntos, te aseguro que la pasarás de maravilla conmigo —dijo, acercándose demasiado, invadiendo mi espacio personal.

En ese momento, todo estalló. El Jeep de Julián frenó en seco frente a nosotros. Antes de que el carro terminara de detenerse, Julián ya estaba afuera. Era una furia desatada. Sin mediar palabra, le propinó un golpe al borracho que lo mandó al suelo. El hombre respondió como pudo, y se armó una pelea descontrolada en plena calle.

—¡Julián, basta! ¡Detente! —gritaba yo, tapándome la boca con las manos.

—¡Ya, Julián! No vale la pena, el tipo está ebrio —intervino Rodrigo, tratando de separarlos.

Julián tenía la cara desencajada, los ojos endemoniados. Cuando finalmente soltó al tipo, me agarró de la muñeca con una fuerza que me hizo daño y me llevó casi a rastras hacia el carro.

—¡Hasta cuándo tengo que aguantar tus tonterías! —rugía mientras conducía de regreso a la hacienda—. ¡No puedes estar sola ni cinco minutos sin causar un desastre!

Julián tiene el puesto oficial de hacerme sentir la persona más insignificante del mundo. Durante los cuarenta minutos de camino, me hundí en el asiento, dejando que sus insultos rebotaran en mi mente. No iba a llorar delante de él. No le daría ese gusto.

Al llegar a la casa, Rodrigo se bajó rápido para abrirme la puerta, un gesto caballeroso que Julián cortó de raíz.

—¿Qué haces, Rodrigo? Deja a esa niñata. Que crezca de una vez y se baje sola. No le sigas el juego.

Bajé del carro sin mirar a nadie y salí corriendo hacia mi cuarto. Al cerrar la puerta, la humillación me golpeó con más fuerza que el hambre o el miedo de la carretera. Sentía un odio profundo, un desajuste en el alma que no sabía cómo calmar. No quiero seguir aquí. No quiero seguir encontrándome con ese hombre que un momento me salva y al siguiente me destruye. Julián Videla es el veneno que está acabando con la poca alegría que me queda.

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Estefaniavv
🥰🥰👏
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