*PRÓLOGO*
*Sonya Smith*
El “lo siento” de Noa sonó a disparo antes que el disparo.
Sonya no bajó el arma. No por él. Por Lucía, que estaba detrás, llorando como si no fuera ella quien había puesto el veneno en su café esa mañana. Amigas. Amantes. Traidores.
“Eran los mejores diez años de mi vida,” dijo Noa. Tenía el dedo en el gatillo. No le temblaba. A Sonya siempre le gustó eso de él.
“Fueron,” corrigió ella.
El estruendo reventó la habitación. Dolió menos de lo que pensó. El suelo estaba frío. El techo, blanco. Lucía se arrodilló y le sostuvo la mano mientras se iba. Qué detalle.
Sonya Smith, 30 años, la mujer que desarmó carteles y tumbó gobiernos, murió en el piso de su cocina por confiar en dos personas.
Lo último que pensó no fue en venganza. Fue en silencio.
Por fin, silencio.
Y luego, luz.
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*CAPÍTULO 17* *Hierro y Sangre*
Los ingenieros llegaron una semana después.
No en carruajes dorados. En carretas de lona, cubiertas de barro y polvo del camino norte.
Ocho hombres. Sin armas visibles. Con las manos manchadas de grasa y carbón.
Y uno que no miraba el hierro. Miraba a Elira.
Valemot olía a madera recién cortada y a humo de fragua.
La limpieza había dejado la casa quieta. Las minas, no.
Desde que Elira tomó el ducado, la producción subió un 40%. Los hombres comían mejor. Trabajaban más rápido. Tenían miedo de fallar. Y ganas de ganar.
“Duquesa Valemot,” dijo el jefe del grupo, un hombre calvo con cicatrices en los antebrazos. Se inclinó sin exagerar. “Kaden Voss. Traigo las órdenes del Emperador y los planos que no puedes leer.”
“Entonces me los explicas,” dijo Elira. “Sin tecnicismos. Sin secretos. Yo firmo lo que pasa en mis minas.”
Kaden asintió. Le gustó eso.
Los otros descargaron cajas. Pesadas. Marcadas con el sello imperial roto.
Hierro nuevo. Aleaciones que no existían en Valemot hace un mes.
Esto no era para arados.
El que la miraba no se presentó.
Alto. Delgado. Treinta y pocos. Cicatriz vieja en la ceja. Ojos que habían visto la muerte.
Se quedó atrás, cargando una caja que pesaba más que él.
No dijo nada. Pero cuando Elira pasó a su lado, sus ojos se clavaron en los de ella.
Miedo.
*La fragua.*
Elira los llevó al nivel inferior de la mina vieja.
Lugar frío. Seco. Silencio perfecto para trabajar sin oídos.
Kaden desplegó los planos sobre una mesa de piedra.
“Motor de sitio,” dijo. “Pequeño. Móvil. Capaz de romper murallas de piedra en una noche. El Emperador lo quiere en tres meses.”
“¿Y por qué en Valemot?” preguntó Elira.
“Porque aquí hay hierro limpio,” dijo Kaden. “Y porque aquí nadie hace preguntas.”
Miró a Elira. Esperó la mentira.
No llegó.
“Haré las preguntas,” dijo Elira. “Y las responderás. Si no, esto se detiene hoy.”
Kaden la estudió. Luego asintió.
“Justo. Pero rápido. El norte se mueve.”
Trabajaron hasta la noche.
Mira se quedó en la puerta. Sin entrar. Observando al hombre callado.
Él la notó. Y no apartó la mirada.
Cuando la reunión terminó, Elira se quedó.
“¿Nombre?” preguntó al hombre callado.
Él no respondió de inmediato.
“Ryn,” dijo al fin. “Ryn Kess.”
“¿Kess?” Elira levantó una ceja. “Como el contador de Havel.”
“Hermano,” dijo Ryn. Su voz era ronca. “Medio hermano. Él me vendió a el emperador hace cinco años. Para pagar una deuda.”
Ahí estaba.
“¿Y por qué me miras como si me conocieras?” preguntó Elira.
Ryn tragó. Miró a Mira, luego a Elira.
“No es que la conozca solo que siento que usted es una persona con una mirada imponente, me causa curiosidad."
El aire se fue del cuarto.
Silencio.
Mira contuvo el aliento.
Elira sonrió. Lenta. Peligrosa.
“Y si digo que te equivocas, Ryn Kess,” dijo, “¿qué haces?”
Ryn se arrodilló. Una rodilla en el suelo.
“Nada,” dijo. “Porque así es ,el Emperador tiene razón. Y si eres una mujer de armas tomar y muy peligrosa para sus enemigos. Y yo le sirvo.”
Elira lo miró largo rato.
“Levántate,” dijo.
Ryn se levantó.
“Desde hoy,” dijo Elira, “ Hablas de hierro. De plazos. De hombres. Si rompes eso, te entierro aquí y le digo a el emperador que fue un accidente.”
“Sí, mi señora,” dijo Ryn.
No dijo ‘duquesa’. Dijo ‘mi señora’.
Lo entendió.
*Noche.*
Elira salió de la mina con las manos manchadas de grasa.
No le molestaba.
Mira la esperaba afuera.
“Entonces mañana,” dijo Mira, “le decimos a Kaden que el primer motor sale en dos meses. No en tres.”
Elira sonrió.
“Le decimos que sale en seis semanas.”
“¿Y si fallamos?”
“Entonces fallamos rápido,” dijo Elira. “Y aprendemos.”
Afuera, el cuervo graznó once veces.
La fragua de Valemot ya no hacía arados.
Hacía guerra.
Y Sonya Smith sabía exactamente cómo se ganaba.
Quién se atraviese primero y por qué... Montclair o el trono.🤨😈😏😈🙎♀️