Itzcelina Bocanegra dejo todo por el amor de Luca Harrison.
Adrian Stuart ama a su esposa.
una noche unidos por la traición se encuentran.
¿Que pasará entre ellos dos?
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Capitulo 6
Adrián Stuart era un hombre frío y serio en los negocios. Dueño de una cadena de hoteles de lujo repartidos por el mundo y con acciones en una aerolínea privada, era reconocido por su inteligencia, su tenacidad y su carisma. Había trabajado desde joven para construir el imperio que ahora tenía, y a sus treinta años podía decir que lo tenía todo: fortuna, reconocimiento, poder… y a Laura.
Laura Serrano era la mujer que muchos admiraban, y otros tantos envidiaban. Modelo de alta costura, portada de revistas internacionales, musa de diseñadores, y sobre todo, con veintiocho años de edad era la esposa perfecta de Adriá. Su matrimonio había sido una de esas bodas que acaparan portadas, de esas en las que se combina el glamour con la elegancia, y en las que todo parece un cuento de hadas. Y para Adrián, lo era.
Él la amaba. Desde el primer momento en que la vio desfilar en aquella pasarela benéfica, no pudo apartar los ojos de ella. No le importaron las advertencias de sus socios, ni las murmuraciones de las lenguas viperinas. Laura le robó el aliento, el sueño y el corazón. Con ella se sentía vivo, completo, y aunque sabía que había diferencias entre ellos, también sabía que el amor que le profesaba era verdadero.
Laura disfrutaba de su vida con Adrián. Viajaban constantemente, se hospedaban en los hoteles más lujosos “propiedades de él”, y vivían rodeados de arte, fiestas, y cenas exclusivas. Tenía todo lo que cualquier mujer soñaría. Sin embargo, había un tema que había provocado varias discusiones en los primeros años de matrimonio: los hijos.
Adrián deseaba tener un heredero. Alguien a quien enseñar todo lo que había construido, a quien pasarle el legado de la familia Stuart. Pero Laura era clara desde el principio: no quería hijos. No porque no le gustaran los niños, sino porque su carrera como modelo dependía de su físico, y un embarazo lo cambiaría todo. Además, la maternidad no era algo que la hiciera soñar. La adopción tampoco era una opción que contemplara, pues según ella, un hijo debía ser biológico o ninguno.
Adrián intentó convencerla al principio, con ternura, con paciencia. Pero con el tiempo, comprendió que insistir solo provocaría un distanciamiento entre ellos. Y él prefería mil veces tenerla a su lado, feliz, antes que imponerle algo que ella no deseaba. Así que enterró el anhelo en lo más profundo de su corazón y se concentró en amarla más cada día.
Adrián Stuart se miró en el espejo del baño de su suite presidencial, justo antes de salir a la gala benéfica. La luz tenue resaltaba el brillo de sus ojos oscuros y la mandíbula firme que años de determinación habían cincelado. Ajustó su corbata con cuidado y respiró hondo, sintiendo una mezcla de nervios y entusiasmo que pocas veces lo visitaba.
—Hoy es el día —murmuró para sí mismo.
Desde hacía semanas esperaba esa noche. No solo porque sería un evento importante para su fundación, sino porque sabía que Laura estaría ahí, deslumbrante, como siempre.
Laura Serrano bajó la escalera con la elegancia que la había hecho famosa. Su vestido azul, esa noche, parecía hecho de seda líquida que se movía con cada paso suyo. Cuando Adrián la vio aparecer, el mundo pareció detenerse.
—¿Lista para conquistar el mundo? —le dijo él, ofreciéndole su brazo.
—Solo si tú estás a mi lado —respondió ella con una sonrisa que le iluminó el rostro.
Salieron juntos y fueron el centro de atención. Adrián sentía el orgullo de tenerla a su lado, la mujer que había cambiado su vida desde el primer instante en que la vio desfilar por aquella pasarela.
Esa noche, mientras brindaban por el éxito del evento, sus manos se entrelazaron bajo la mesa, y Adrián sintió una punzada en el corazón. Quería hablar con ella sobre algo que llevaba meses rondando su mente, pero no encontraba el momento adecuado.
Días después, en la privacidad de su Penthouse, con la ciudad iluminada a sus pies, Adrián se atrevió a abordar el tema que siempre evitaban.
—Laura —comenzó con voz suave—, he estado pensando mucho en nosotros, en el futuro.
Ella lo miró desde el sofá, su rostro sereno pero con un brillo de curiosidad.
—¿Sí? —respondió.
—Sabes que te amo, que no hay nada que quiera más que hacerte feliz. Pero también hay algo que deseo... —hizo una pausa, buscando las palabras justas—. Quiero que tengamos un hijo. Nuestro propio heredero.
Laura frunció ligeramente el ceño, como si una sombra cruzara su mente.
—Ya hemos hablado de esto, Adrián —dijo con calma—. Sabes lo que pienso. Mi carrera, mi cuerpo, todo eso cambiaría si tuviera un hijo.
—Lo sé, lo sé —interrumpió él con urgencia—, pero podemos encontrar la manera. No tienes que abandonar todo lo que amas. Yo estaré contigo, apoyándote en cada paso.
Ella suspiró, mirando hacia otro lado, como si buscara respuestas dentro de sí misma.
—No es solo eso —confesó—. No siento ese deseo de ser madre. No ahora, y quizá nunca.
La confesión golpeó a Adrián con fuerza, aunque intentó disimularlo.
—¿Nunca? —preguntó con voz apenas audible.
—No quiero mentirte —respondió Laura con tristeza—. No quiero hacer algo solo para complacerte.
El silencio se instaló entre ellos, pesado y denso, como una barrera invisible que parecía crecer cada día.
En los días siguientes, Adrián se sumergió en su trabajo, tratando de alejar el dolor que sentía cada vez que imaginaba un futuro sin un hijo que llevara su apellido. Pero la verdad era que cada vez que veía a Laura, su corazón se encogía al pensar que quizás nunca compartirían esa experiencia.
Una noche, mientras cenaban en un restaurante italiano que ambos adoraban, Adrián decidió intentar una vez más.
—Laura —dijo mientras tomaba su mano—, ¿has pensado en la adopción? No se trata de quién lleva la sangre, sino del amor que podemos darle.
Ella apartó la mirada, visiblemente incómoda.
—Te he dicho que no —respondió con firmeza—. Un hijo debe ser biológico, de nuestra sangre, y no quiero tenerlo.
—Pero... —Adrián buscaba convencerla—, ¿y si algún día cambias de opinión? No tienes que decidir ahora, solo piensa en ello.
Ella sonrió con tristeza.
—Eres el hombre más paciente que conozco, Adrián. Pero este es un tema que me duele. No quiero que me presiones.
—Nunca lo haría —aseguró él—. Solo quiero que seas feliz.
Pero la herida estaba abierta, y cada palabra parecía rasgarla más.