Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 7
Dante
Aquella noche lluviosa, cuando el cielo parecía querer tragarse la finca completa, Tobías me escribió.
Necesito que vengas a la ciudad. Urgente.
Le pregunté por qué.
Insistí.
Exigí una explicación.
Su respuesta fue vaga. Demasiado.
Es algo importante. Algo que debemos atender.
Nada bueno empezaba así.
Después de ver las marcas extrañas en el suelo y decirle a Vera que no se quedara en la casa —ni siquiera sé por qué lo hice, jamás había sido cuidadoso con nadie—, me subí al auto. Me molestaba admitirlo, pero me había preocupado. Y eso ya era un problema en sí mismo.
Conduje ocho eternas horas hasta la empresa que ahora dirigía Tobías. El lugar olía a dinero nuevo y decisiones mal tomadas.
Entré directo a su oficina.
—¿Qué pasó? —pregunté sin saludar.
Él ni siquiera levantó la vista del escritorio.
—Hola, estoy muy bien, ¿y tú?
—¿Me hiciste venir hasta acá para eso? —gruñí—. ¿Qué pasa?
Señaló una esquina.
Ahí estaba.
Mi sobrino.
Marcus.
—Hola, campeón —dije automáticamente.
Me quité la chaqueta, la tiré en el sofá y me senté en el suelo. Marcus se lanzó a mis brazos como si no hubiera pasado un segundo desde la última vez que nos vimos.
—¿Lo puedes cuidar esta semana? —preguntó Tobías, como si me estuviera pidiendo que le regara una planta.
Lo miré lento.
—¿Esa era la urgencia? —dije—. ¿No me jodas. Debo volver a más tardar pasado mañana.
—Es solo una semana.
Del baño salió Marcela.
Elegante. Dulce. Demasiado amable para estar casada con mi hermano.
—Dante —dijo con una sonrisa cansada—. Por favor. Tenemos que hacer un viaje y Sonia está resfriada, no puede cuidarlo.
—Claro —respondí—. Y el cambio de clima le va a sentar fenomenal al niño.
—Dante, por favor… Marcus ama estar contigo.
Miré al niño. Luego a ellos.
—¿Y me lo dejan así? —dije—. ¿No sean descarados. Yo no sé nada de niños.
—Es práctica —sonrió Tobías—. Para cuando tengas los tuyos.
—No, gracias —bufé—. Prefiero adoptar un perro.
Dos días después, estaba en la ciudad consiguiendo pararrayos. Compré todos los que había disponibles. No solo para la casa, sino para cada punto donde íbamos a construir algo. No sabía por qué me estaba tomando tanta molestia, pero no iba a dejar la finca vulnerable.
Volvimos de noche.
Al llegar, me sorprendió verla.
La casa no parecía la misma.
Los muebles estaban mejor organizados. Había flores. Velas encendidas. El lugar tenía… vida. El toque de Vera, aunque me negara a admitirlo, hacía la diferencia.
Subí las escaleras y acosté a Marcus.
—Duerme, campeón —murmuré.
A la mañana siguiente, escuché movimiento.
Vi a Vera salir con documentos en la mano. Cuando cruzó hacia la parte trasera y me vio con Marcus en brazos, su rostro cambió.
Dolor puro.
Se detuvo en seco. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Luego desapareció dentro de la casa sin decir una palabra.
Me quedé inmóvil.
—¿Pasa algo? —preguntó Marcus, señalándola con su manita—. ¿Ella… ella es?
—No, campeón —respondí—. No es nada.
—¿Es tu novia? —preguntó con voz infantil, arrastrando las palabras.
—No —dije—. Es la bruja del bosque.
Marcus frunció el ceño.
—No… no parece bruja —dijo muy serio—. Es bonita.
Me quedé callado.
Vera no salió en todo el día.
Eso… no era normal.
La inquietud empezó a molestarme más de lo que quería admitir.
Después de acostar a Marcus para su siesta de la tarde, fui hasta la habitación de Vera. Toqué la puerta.
Nada.
Volví a tocar.
Silencio.
Giré el pomo y entré.
Ella estaba sentada en la cama, llorando. No en silencio. De verdad. Como si algo se hubiera roto por dentro.
No entendía por qué.
Ella había sido la causa de que Marcela casi perdiera a Marcus cuando Tobías le fue infiel.
Ella había sido la otra…
Pero la cara que puso esa mañana al ver al niño no era de culpa.
Era de sorpresa.
De alguien que acaba de descubrir algo que no creía cierto.
—Vera… —dije, por primera vez sin sarcasmo.
Ella levantó la mirada.
Y supe, en ese instante, que si no hablábamos ahora…
Esto iba a explotar de la peor manera.