André es un beta bastante trabajador y soñador, pero que la vida no le ha sonreído jamás, desde muy chico tuvo que empezar a trabajar para cuidar de su madre y hermana menor, arreglárselas con varios trabajos para poder pagar las deudas de vicios que les dejó su difunto padre.
Además de esto por su manera de ser y personalidad complicada se mete en muchos problemas.
Tras salvar a un extraño de unos matones su mundo como lo conoce se viene abajo, no solo es la clase de persona que él más odia, sino se ve obligado a quedarse a su lado por el bien de los que ama, además ¿le empieza a gustar?
La llegada de este desconocido, pondrá más de una cosa de cabeza para este beta.
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Secreto revelado٭
No me di cuenta en qué momento me quedé dormida. Quería esperar despierta a André para que me diera noticias de Abel, pero…
—Despertó antes. Por favor, guarde la calma y no será necesario volver a dormirla.
No reconocí esa voz. Además… ¿estamos en un auto?
Miré alrededor con rapidez. Mamá seguía dormida. Ninguna de las dos estaba atada y, por la forma educada y pulcra de hablar de aquel hombre, no me sentía realmente amenazada. Sin embargo, su calma y serenidad me perturbaban. Cuando lo miré a los ojos, tuve la certeza de que podría cortarme la garganta sin pestañear.
—¿A dónde nos llevan? ¿Por qué nos secuestraron?
—Disculpe nuestro trato descortés, pero fueron órdenes de nuestro maestro. Era la forma más discreta de traerlas.
—¿Dónde está mi hermano? ¿Quién es su maestro? ¿Qué quiere de nosotras?
—Su hermano está bien. Viene en el segundo auto. En cuanto a nuestro maestro y lo que desea, pronto lo sabrá. Descuide, nada malo va a pasarles.
Como si fuera a creerle.
Intenté despertar a mamá, pero estaba profundamente dormida. Cuando por fin comenzó a reaccionar, ya habíamos llegado a… ¿Qué demonios…? Este lugar era del tamaño de todo mi barrio.
—¿Su maestro vive aquí?
—Así es. Esta es una de sus propiedades favoritas.
¿Una de sus propiedades? ¿Quién demonios es esta persona? ¿De verdad vamos a estar bien?
—Nay, ¿qué está…? —mamá se quedó en silencio.
No supe si fue por la edificación frente a nosotras o por el hecho de estar dentro de un auto desconocido, custodiadas por dos hombres que irradiaban peligro.
—Dejen a mi hija —pidió mamá con voz temblorosa —Ella no ha hecho nada malo.
—Tranquila, señora. Nadie va a lastimarlas… todavía. Nuestro maestro solo quiere hablar.
¿Todavía? Entonces sí planean lastimarnos.
Ya era demasiado tarde para reaccionar. Nos abrieron la puerta y afuera había dos filas de hombres armados formando un pasillo hasta la entrada.
—Sean bienvenidas. El maestro las espera.
No tuvimos opción. Bajamos del auto. El hombre dejó de hablar, pero mientras avanzábamos, estábamos rodeadas por ambos costados. Ni siquiera sabía dónde diablos estábamos.
—Todo va a estar bien, hija —susurró mamá —Tranquila.
Sé que ella tenía más miedo que yo, pero agradecí que intentara animarme. A diferencia de ella, yo no sabía fingir calma.
Nos abrieron una enorme puerta y nos invitaron a pasar. El interior estaba en penumbra. El hombre del auto habló con un tono mucho más respetuoso.
—Hemos traído a la señora Daira y a la señorita Nay, tal como lo pidió, maestro.
—Buen trabajo.
La voz era áspera. La luz se encendió un poco.
No era un viejo verde con intenciones turbias como había imaginado. Esta persona parecía tener mi edad… y, por alguna razón, me recordaba a alguien.
—¿Quién eres? —pregunté.
Se levantó. Era alto. Mucho más intimidante de pie. ¿A quién me recuerda…?
Mamá avanzó un paso, luego dos
—Tú… tú eres… —rompió a llorar.
¿Mamá lo conoce?
No se decidía entre avanzar o quedarse temblando. Era un manojo de nervios. Temí que se desmayara y la sujeté.
—Mamá, tranquila. ¿De dónde conoces a esta persona? ¿Quién es?
—Nay… —sollozó —Esta persona es mi hijo. Es tu hermano. Estoy segura. Dios… deseé tanto ver este día.
¿La droga que usaron para dormirnos provoca alucinaciones? Tiene que ser eso.
—Mamá, ¿de qué estás hablando? Tú solo tienes dos hijos. Y ese no es André… aunque… —lo observé mejor —se parecen un poco. ¿Otro mellizo? Mamá, ¿qué está pasando? Tú… ¿de verdad eres algo nuestro?
—Eso dice la información que recolectaron para mí —respondió él con frialdad.
Mamá, hecha un mar de lágrimas, lo abrazó. Él ni siquiera intentó corresponder.
Yo estaba enojada. Con mamá, por no decirme que éramos tres. Y con él, porque nuestro hermano no creció con nosotros.
Por su expresión, entendí que él también tenía dudas. Más que eso: estaba furioso.
Mamá se separó de él y nos contó la verdad.
Pero no esperaba descubrir que teníamos dos hermanos más.
¿Fuimos cinco?
Dios… crecer siendo dos ya fue difícil con todo lo que nos hizo papá. Si hubiésemos sido seis, creo que habría sido tres veces peor.
Y aun así… la idea de tener tantos hermanos me hacía ilusión.
Todo fue culpa de nuestro padre.
Aunque él no parecía creerlo.
No nos había traído para un reencuentro familiar feliz. No soy tonta. Basta ver esta casa y la seguridad de afuera para notarlo. Además, que no le creyera a mamá me preocupaba.
—¿Qué es lo que pretendías al traernos aquí?
—Quería saber por qué una madre vende a sus hijos —respondió —Aunque, viendo las condiciones en que estaban y la suma que le ofrecieron, la decisión no debió ser difícil.
Eso sí me hizo hervir la sangre.
De mi padre esperaría eso y más. De mamá, nunca.
Estaba a punto de decirle todo lo que pensaba cuando mamá le dio una bofetada.
Su expresión se volvió pura furia. El hombre que nos había escoltado sujetó a mamá con brusquedad.
—¡Suéltala, maldito infeliz!
Tras un gesto del maestro, el hombre la soltó.
—Sé que no me crees —dijo mamá entre lágrimas —y sé que me odias, pero durante estos dieciocho años no he dejado de pensar en ustedes ni de rezar por su bienestar…
—No han servido de mucho sus oraciones, señora.
Ahora sí quería golpearlo yo.
—Escúchame bien, estúpido —dije avanzando —Nuestro padre era basura. Y aunque estoy molesta con mamá por no decirnos que fuimos cinco, también entiendo por qué no lo hizo. Tú tuviste una buena vida. O al menos tu padre no intentó venderte a los doce, ni casi mató a tu hermano mayor frente a ti. Tampoco tuviste que ver como lo mataban a balazos, porque era la unica forma de detener su violencia.
—Nay, basta —pidió mamá —Tu hermano tiene razón. Debí hacer más.
—¿Qué podías hacer estando inconsciente? —repliqué —Esos acuerdos son confidenciales. Y sin el dinero que el vago de nuestro padre se gastó, no podías contratar a un investigador.
—Pero…
—Pero nada, mamá. Este tipo no sabe nada de nosotros. No sabe cuánto luchaste, ni cuánto te dolió no poder encontrarlos. Si lo que quería era desahogar su mala fortuna, está buscando en el lugar equivocado.
Lo miré con desprecio.
—Si quieres quejarte, te daré la dirección del cementerio de nuestro padre. Puedes ir cuando quieras. Cuando de verdad quieras conocer a tu familia, sabes dónde encontrarnos. Mamá, vámonos.
—Nay, por favor… —sollozó —Llevo dieciocho años esperando este momento…
La abracé.
—Lo sé. Pero él no quiere lo mismo. Y no voy a permitir que te falte al respeto ni que te lastime.
—Hijo… lo siento… —murmuró mamá.
Él no respondió. Es un infeliz.
Cuando llegamos a la puerta, los guardias nos bloquearon el paso. El hombre del auto apareció de nuevo.
—Nuestro maestro desea que lo acompañen a desayunar.
¿Qué demonios quiere ahora?
Mamá se veía feliz. Yo no.
—Supongo que no tenemos opción de negarnos.
—No. No la tienen.
—No respondo si mi vaso termina en su cara.
—Nay, basta —pidió mamá —Es tu hermano.
—Es un estúpido niño rico sin modales. Eso es.
—Compórtate, por favor. Te lo suplico.
—Bien. Pero no me quedaré callada si vuelve a hablarte en ese tono.
Nos dirigimos al comedor para acompañar a mi odioso nuevo hermano.