Aline Shnaider está acostumbrada al lujo, a las órdenes de su hermano y a salirse siempre con la suya. Pero nada la prepara para Deslumbria: la inmensa hacienda perdida en el fin del mundo donde su hermano decide "protegerla", entregándola al cuidado del hombre más peligroso que ha pisado esas tierras.
Lo llaman el Gitano. Dueño de todo lo que alcanza la vista, frío como el filo de una navaja y con un pasado que nadie se atreve a mencionar, Santiago Nicolaisen no cuida a nadie: domina. Desde el primer choque —él desnudo, ella incapaz de apartar la mirada— queda claro que entre ambos no habrá tregua, solo una guerra de deseo que ninguno de los dos sabe perder.
Él tiene el doble de su edad, un imperio construido sobre secretos y una regla absoluta: jamás tocar a la hermana de su mejor amigo. Ella tiene el orgullo de una Shnaider y la certeza de que ningún hombre la doblega. Los dos están a punto de descubrir hasta dónde son capaces de llegar por lo que juraron no querer.
Pero el placer tiene un precio. Detrás de la fantasía hay un hijo que odia a su padre, un hermano que regresa de entre los muertos para cobrar venganza, un secreto de sangre capaz de encender una guerra y un amor prohibido que amenaza con arrasar con todo lo que ambos intentaron proteger.
En un mundo donde la lealtad se paga con balas y la traición se castiga sin piedad, entregarse al Señor de la Lujuria puede ser la perdición… o la única salvación.
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Capítulo 13
Ella lo supo por su mirada, por la forma firme pero atenta en que la condujo de la mano dentro de la casa: no había camino de vuelta, ni espacio para arrepentimientos… y, en realidad, ella ni siquiera los tenía. Nunca había estado tan segura de lo que quería en sus recién cumplidos dieciocho años de vida. Aline lo quería, con todas sus fuerzas; desde el primer instante en que lo vio, algo en ella ya se había entregado. Él era mayor, cargaba un aire de peligro y experiencia, y aquella sonrisa rara y seductora bastaba para dejarla temblando, húmeda por dentro.
—Creo que siempre lo supiste, ¿verdad? —preguntó él, con una voz fría, profunda, que hacía temblar la columna—. Siempre supiste que esto terminaría así.
Aline permaneció en silencio, sintiendo el agarre seguro de sus manos. Santiago abrió la puerta de su cuarto… no un cuarto cualquiera, el suyo, el espacio más sagrado y aislado de la finca. Era la primera vez que una mujer atravesaba aquella puerta para acostarse en su cama; nadie jamás había estado ahí antes que ella.
—¿Por qué tan callada, Red? ¿Con miedo? —se acercó, la respiración caliente cerca de su rostro—. Parecías muy valiente hace un rato, cuando me hiciste perder el juicio.
—Vas a lastimarme.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
—Si me tomas así, con esa furia. No soy ingenua. Cálmate antes de tenerme por entero.
Santiago soltó el aire despacio, reconociéndolo: ella era inteligente, perspicaz, distinta de cualquier otra que hubiera conocido. Le sujetó el mentón con suavidad, obligándola a mirar hondo en sus ojos oscuros.
—Juro que traté de hacer lo correcto. Mantenerte lejos de mí.
Aline sonrió, un brillo desafiante en los ojos.
—Nunca fui fan de lo «políticamente correcto», grandote. Es lo prohibido lo que me enciende.
Santiago sonrió a su vez… una sonrisa cargada de deseo, peligrosa y bella. Se quitó su propia camisa, luego la desvistió a ella despacio, admirando la piel clara que se erizaba bajo su mirada; aun con todo su valor, el cuerpo de ella delataba un leve temblor.
—No tienes que temerme, Aline. Lastimarte no está en mis planes. Pero ¿hacerte acabar bien rico, sintiendo cada centímetro de mi cuerpo? Eso sí es todo lo que quiero ahora.
La acostó con cuidado sobre el colchón, le besó la boca con hambre y malicia, antes de caminar hasta el mueble en el rincón del cuarto. Agarró un condón, pero se fue soltando los pantalones desteñidos por el camino… dejando a la vista el porte fuerte, rústico, enteramente entregado al deseo.
—Va a arder un poco, mi pequeña. Pero te garantizo: con el tiempo se pone rico.
Aline cerró los ojos al sentir el calor del cuerpo grande cubriendo el suyo. Él bajó con la lengua: rodeó los senos, recorrió el vientre, descendió hasta su intimidad con una destreza que la hizo delirar de entrada… gimiendo, retorciéndose, entregándose al éxtasis que él sabía provocar. Estaba mojada, abierta, el sabor de su placer en la boca de Santiago, que no paró hasta arrancarle todo el estremecimiento posible. Duro, palpitante, se posicionó entre sus piernas, la jaló con firmeza contra sí y le dio una cachetada leve en la cara, dominante.
—Iba a tomarte a mi manera, como los sementales toman a una yegua… ¿no era eso lo que esperabas? ¿Que te cojan como mereces?
Ella abrió los ojos, brillantes de osadía.
—Las cosas no siempre salen a tu manera, grandote. No esta vez.
Él frunció la frente, confundido… y fue empujado de espaldas contra la almohada. Aline se subió sobre él, firme.
—Si alguien va a dominar esta noche, soy yo. Quiero cabalgarte.
—Carajo… —susurró él, sorprendido, pero con una sonrisa admirada—. ¿Sabes cuánto va a doler? Aun más despacio, siendo tu primera vez…
Miró hacia abajo: su miembro estaba erecto, grueso, casi tocándole el ombligo. Aline se inclinó, le besó la boca, le mordió el labio con dulzura y malicia.
—No soy de huir de la pelea, Santiago. Voy a hacer que nunca me olvides. Que te acuerdes de mí en cada toque, cada noche que pases.
Le invadió la boca con la lengua, intensa. Él la observaba en silencio, ardiendo de pasión; cuando ella empezó a contonearse despacio sobre él, le dio una nalgada con fuerza, arrancándole un grito. Sus manos grandes esparcieron la humedad de ella, preparándola, acariciando el clítoris con pericia. Al encajarse, Aline gimoteó… él era grande, grueso, le rasgaba la virginidad con la entrada. Gimió su nombre, con la boca entreabierta, mezclando dolor y placer; poco a poco, encontró el ritmo: subía y bajaba, dominándolo como había prometido.
—Tú… carajo, no puedes ser real, niña… —gruñó él, echando la cabeza hacia atrás, apretándole la cintura fina.
Santiago se irguió para besarle el cuello, mamar de sus senos; veía que le dolía, pero que no paraba… ella quería marcar a ese hombre, clavarse en su alma vacía. El coño de ella, apretado y caliente, lo envolvía con una fuerza que lo dejaba sin aliento.
—Y pensar que yo juraba mantener la distancia… —murmuró él, apretándole el rostro con cariño y furia—. Desde que te vi, no te saco de la cabeza. No tienes idea de cuánto deseé esto.
La volteó bruscamente a cuatro patas, dominante. Su miembro rígido y latiente rozó la entrada de ella… húmeda, ya manchada de sangre y placer. Olvidó el condón, arrastrado por la urgencia; entró hondo, de una vez, haciéndola gritar.
—Ay… ¡Aaah…! —el sonido ronco, sufrido y delicioso llenó el cuarto.
Él depositó besos suaves por la espalda de ella, mientras avanzaba cada vez más, rompiendo cualquier barrera restante.
—No te estoy lastimando, ¿verdad? Mi niña sabría decírmelo si así fuera.
El apretón de ella era delicioso, casi insoportable de placer para él. Aline sonrió, los ojos llenos de lágrimas y el brillo de la victoria. No era como las historias tristes de sus amigas… estaba en las manos de un hombre de verdad.
—¿Te doy pena? —susurró ella, atrevida—. Parece que tienes miedo de ir a fondo…
Él sonrió, desafiado.
—Tienes valor de sobra, ¿no? Este coño apretado apenas me soporta. Mañana vas a sentir cada movimiento, Red.
Le susurró al oído palabras sucias y calientes, mientras una mano jugaba con sus pezones, la otra guiaba el ritmo. Estaba completamente enterrado, y los gemidos de ella hacían eco junto a los suyos.
—Santiago…
—Así… me gusta así. ¿Dónde quedó tu arrogancia ahora, hija de puta?
Él iba cada vez más fuerte, más hondo; le masajeaba su punto más sensible con los dedos, dejándola sin aliento.
—Si hubiera sabido que eras tan deliciosa, no habría esperado tanto.
Rugió, embistiendo con todo; Aline sintió el cuerpo derretirse en el segundo en que acabó, en olas intensas que tomaron todo su ser. Él no paró: la volteó de frente, le sujetó los brazos por encima de la cabeza, le besó el pecho con hambre y siguió… más rápido, más duro, sin piedad. Cuando salió y entró de una vez, gimió alto, los dos perdidos en el éxtasis; él se derramó dentro de ella, sin contención, agotado, cayendo a su lado en la cama, piel con piel, respiraciones jadeantes.
—¿Puedes levantarte? —preguntó él, recuperando el aliento.
Ella intentó, pero negó con la cabeza. Él tenía razón: no tenía fuerzas.
—Guarda energía… para la próxima vez.
Él rio, disfrutando de su osadía.
—No me pongas a prueba, Red. Si te llevo al baño ahora, juro que mañana no caminas ni con ayuda.
Aline sonrió, escondiendo el rostro en la almohada. Sentía dolor, el cuerpo entero sensible, exactamente como él había previsto. Santiago se levantó, y solo entonces notó el condón intacto sobre la cómoda.
—Me olvidé de esta mierda…
—¿Qué?
—Nada. Después lo resuelvo.
Se vistió deprisa, volvió a la cama, la cargó en brazos envuelta en la sábana y le besó la frente con un cariño inesperado.
—Descansa ahora. Yo cuido de ti, mi pimienta.