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La Heredera De Espinas Y El Duque Monstruo

La Heredera De Espinas Y El Duque Monstruo

Status: Terminada
Genre:Época / Traiciones y engaños / Villana / Completas
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Una joven condenada como villana renace antes de su muerte y, al descubrir el legado oculto de las Espinas, deberá aliarse con el temido Duque Raven para enfrentar una antigua conspiración que amenaza al Imperio.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13. El Juramento de las Espinas

La cámara permaneció en silencio después de las palabras de Aldric.

El aire parecía más frío que antes.

Las antorchas continuaban ardiendo, pero su luz ya no alcanzaba a disipar por completo las sombras que rodeaban la estatua de Evelyne Espina Negra. El medallón seguía en las manos de Aria, tibio, como si aún conservara el eco de la visión.

El Trono de las Espinas.

El nombre resonaba en su mente una y otra vez.

No sonaba como una simple reliquia.

Tampoco como un objeto perdido.

Sonaba como algo que había esperado durante siglos a ser encontrado.

Aria cerró los dedos alrededor del medallón.

—Cuéntame todo.

Aldric no respondió de inmediato.

El viejo Cuervo permaneció mirando la estatua de Evelyne con una expresión difícil de descifrar. Había respeto en su rostro, pero también dolor. Como si aquella cámara no solo guardara secretos antiguos, sino también heridas que él había intentado enterrar.

—No sé toda la historia —dijo finalmente.

—Entonces cuéntame la parte que sí sabes.

Liam miró a uno y luego al otro.

—Por favor, que sea la versión corta.

Aldric le lanzó una mirada seca.

—No existe una versión corta para una guerra que lleva siglos.

Liam cerró la boca.

Aria no apartó los ojos de Aldric.

Necesitaba entender.

Desde que había despertado en el pasado, cada paso la había llevado más profundo en un misterio que parecía crecer con cada respuesta. Primero la hoguera. Después las ruinas. Luego el diario de Elara. La Rosa Negra. La Orden del Sol Escarlata. Evelyne.

Y ahora el Trono.

Aldric respiró lentamente.

—Hace mucho tiempo, antes de que el Imperio se consolidara como lo conocemos, existieron familias encargadas de proteger ciertos secretos. No eran familias comunes. No se limitaban a gobernar tierras o asistir a la corte. Su deber era mucho más antiguo.

—¿Los Espina Negra? —preguntó Aria.

—Sí. Los Espina Negra eran una de esas familias.

Aria observó el símbolo grabado en el medallón.

Una espina rodeada por un círculo.

Tan simple.

Tan peligroso.

—¿Qué protegían?

Aldric se acercó a una de las paredes cubiertas de runas.

Pasó los dedos sobre una inscripción casi invisible.

—Un legado. Una verdad. Un poder. Depende de quién cuente la historia.

—Eso no aclara demasiado —murmuró Liam.

—Porque nadie lo sabe con certeza —respondió Aldric—. La mayor parte de los registros fue destruida. Lo que sobrevivió son fragmentos, leyendas y advertencias. Pero todos coinciden en algo.

Aria sintió que la garganta se le secaba.

—El Trono de las Espinas.

Aldric asintió.

—El centro de todo.

Durante unos instantes nadie habló.

La estatua de Evelyne parecía escucharlos.

Aria imaginó a aquella mujer caminando entre rosas negras, dejando mensajes para una heredera que quizá nunca llegaría. Pensó en Elara escribiendo su diario con miedo. Pensó en todas las personas que habían desaparecido por acercarse demasiado a la verdad.

—¿La Orden quiere encontrarlo? —preguntó.

—Desde hace generaciones.

—¿Para usarlo?

—O para destruirlo.

Aldric volvió la mirada hacia ella.

—Tal vez ambas cosas.

Liam se frotó los brazos.

—Me gustaría mucho que, por una vez, el enemigo buscara algo sencillo. Como oro. O una corona normal. Algo que no suene a muerte antigua.

Aria casi sonrió.

Casi.

Pero el peso del medallón en su mano le impidió hacerlo.

—¿Por qué la Orden mató a Elara?

La expresión de Aldric cambió.

Fue apenas un movimiento.

Una sombra en los ojos.

—Porque ella descubrió demasiado.

—¿Y Evelyne?

—Evelyne fue peor para ellos.

—¿Peor?

—Evelyne no solo descubrió. Evelyne resistió.

Aldric miró la estatua.

—Según las viejas historias, cuando la Orden intentó tomar el Trono, Evelyne selló el camino. Destruyó registros. Ocultó llaves. Separó pistas. Convirtió la búsqueda en un laberinto que solo alguien de la sangre correcta podría seguir.

Aria sintió un escalofrío.

—Alguien como yo.

Aldric no respondió.

No hacía falta.

La respuesta estaba en el medallón.

En la visión.

En la inscripción que había esperado siglos bajo tierra.

Liam tragó saliva.

—Entonces, si la Orden nos sigue…

—Nos seguirá hasta cada pista —terminó Aria.

Aldric asintió.

—A menos que nosotros lleguemos primero.

Aria caminó lentamente hasta la base de la estatua.

Evelyne sostenía la cabeza alta, tallada en piedra como una guardiana eterna. Había algo poderoso en su postura. No arrogancia. No orgullo vacío.

Determinación.

Aria la entendía.

Quizá más de lo que quería admitir.

En su primera vida, ella no había tenido oportunidad de resistir. Había sido acusada, arrastrada, condenada y quemada antes de comprender siquiera cuál había sido su verdadero error.

Confiar demasiado.

Esperar demasiado.

Callar demasiado.

En esta vida no podía repetirlo.

—Entonces debemos encontrarlo —dijo.

Liam abrió mucho los ojos.

—¿Perdón?

Aria se volvió hacia ellos.

—El Trono.

—Sí, entendí esa parte. Lo que no entiendo es por qué lo dices como si fuera una excursión razonable.

—No lo es.

—Eso me tranquiliza muchísimo.

Aldric observó a Aria con seriedad.

—Buscar el Trono de las Espinas no es solo peligroso. Es una sentencia de muerte para cualquiera que falle.

—Ya conozco las sentencias de muerte.

Las palabras salieron más frías de lo que pretendía.

Aldric entrecerró los ojos.

Liam también la miró, confundido.

Aria se obligó a respirar.

Había hablado desde el recuerdo de la hoguera. Desde el humo. Desde las llamas. Desde aquella versión de sí misma que había muerto sin comprender la verdad.

—Quiero decir —continuó con más calma— que, si la Orden está buscándolo, detenernos no nos salvará. Solo les dará ventaja.

Aldric permaneció en silencio.

Luego, lentamente, asintió.

—Eso es cierto.

Liam levantó una mano.

—Me gustaría dejar constancia de que estoy en contra de cualquier plan que incluya “sentencia de muerte” como posibilidad principal.

—Consta —dijo Aldric.

—¿Eso significa que no iremos?

—No. Significa que tu queja ha sido escuchada.

Liam suspiró con dramatismo.

—Maravilloso.

Aria volvió a mirar la base de la estatua.

Algo le llamó la atención.

Una línea fina.

Casi invisible.

No era una grieta natural.

Se agachó y retiró el polvo acumulado con la manga.

Aparecieron palabras talladas en la piedra.

—Aquí hay algo.

Aldric y Liam se acercaron.

La inscripción estaba escrita en la misma lengua antigua que ella apenas conseguía comprender, pero esta vez las palabras se ordenaron con mayor facilidad en su mente.

Como si el medallón la ayudara.

Como si Evelyne aún guiara su lectura.

Aria pronunció la primera línea:

—“Cuando llegue la última heredera, el camino volverá a abrirse.”

Liam se quedó completamente quieto.

Aldric no dijo nada.

Aria continuó limpiando la piedra.

Debajo apareció una segunda línea.

Más desgastada.

Más profunda.

—“Busca donde nacen las sombras del amanecer.”

El silencio llenó la cámara.

—Eso no tiene ningún sentido —dijo Liam.

Aldric, en cambio, había palidecido ligeramente.

Aria lo notó de inmediato.

—Tú sabes qué significa.

El maestro tardó unos segundos en responder.

—Tal vez.

—Aldric.

Él cerró los ojos, como si confirmara una sospecha que prefería negar.

—Hay un lugar al norte. Entre montañas. Un valle donde el sol apenas toca la tierra durante unas horas al día. Las sombras allí se alargan de forma extraña al amanecer.

—¿Cómo se llama? —preguntó Aria.

Aldric abrió los ojos.

—El Valle de las Sombras.

Liam soltó una risa nerviosa.

—Por supuesto. No podía llamarse Valle de las Flores o Valle de la Buena Suerte.

Aria ignoró el comentario.

El corazón le latía con fuerza.

El Valle de las Sombras.

El siguiente paso.

La siguiente pista.

El camino hacia el Trono de las Espinas.

Pero entonces algo resonó en las profundidades del monasterio.

Un golpe seco.

Metálico.

Lejano.

Los tres giraron al mismo tiempo.

Aldric ya tenía una mano sobre la espada.

—No estamos solos.

Otro sonido llegó desde la oscuridad.

Más cerca.

Pasos.

Varios.

Liam apagó de inmediato una de las antorchas, reduciendo la luz de la cámara.

Aria guardó el medallón bajo su capa y tomó la espada corta que Aldric le había entregado semanas atrás.

Sus dedos temblaron apenas.

No de cobardía.

De conciencia.

El peligro ya no era una idea.

No era un nombre escrito en un diario.

No era un símbolo dibujado sobre un papel.

La Orden del Sol Escarlata había llegado.

Y esta vez no venía a observar.

Venía a reclamar lo que consideraba suyo.

Aldric se colocó delante de Aria y Liam.

—Escuchen bien —susurró—. Si digo que corran, corren.

—¿Y tú? —preguntó Aria.

—Yo ganaré tiempo.

—No.

La respuesta de ella fue inmediata.

Aldric la miró de reojo.

—No era una sugerencia.

—Tampoco mi respuesta.

Por un instante, incluso en medio del peligro, algo parecido al orgullo cruzó la mirada del viejo Cuervo.

—Terca.

—Buena alumna.

Liam soltó un suspiro casi inaudible.

—Me alegra que ambos tengan tiempo para discutir mientras nos van a matar.

Los pasos se acercaron.

Sombras aparecieron en la entrada de la cámara.

Capas oscuras.

Armas desnudas.

Y sobre el pecho de cada enemigo, bordada con hilo negro sobre tela carmesí, una rosa oscura.

Aria sintió que el medallón ardía contra su piel.

El líder de los recién llegados avanzó entre las sombras.

Su rostro permanecía oculto bajo una capucha.

Pero su voz fue clara.

—Entréguennos el medallón.

La cámara pareció contener la respiración.

Aria dio un paso adelante antes de que Aldric pudiera detenerla.

Sus ojos verdes se clavaron en la figura encapuchada.

—No.

El hombre inclinó la cabeza.

Como si aquella respuesta lo divirtiera.

—Entonces Evelyne eligió mal a su heredera.

Aria apretó los dedos alrededor de la empuñadura de su espada.

Por primera vez desde que despertó en el pasado, no se sintió como una joven huyendo de su destino.

Se sintió como alguien que acababa de aceptarlo.

—No —dijo con voz firme—. La eligió demasiado bien.

Aldric sonrió apenas.

Liam tragó saliva.

Y los hombres de la Orden desenvainaron sus armas.

La guerra por el Trono de las Espinas acababa de comenzar de verdad.

1
Chel Garcia
muy bonita historia 👌🏽 felicidades
Selene: Gracias, que bueno que te haya gustado ☺️
total 1 replies
Jemima Cassares
Esperaba que fuera Liam
Jemima Cassares
Jajajajaja literal
Carlos contreras rojas
hermosa historia 👏
Quica Romero
Será, "están relacionadas con su muerte en el pasado y en su posible futuro".🧐🤔
Quica Romero
Ése no suena a apellido.🙄
Más bien parece apodo como: Roberto Gómez Bolaños "Chespirito",
Javier López "Chabelo", Yolanda Montes "Tongolele", Roberto Cobos "Calambres", Germán Valdés "Tin Tan", Gaspar Henaine "Capulina", Manuel "Loco" Valdez, Jorge "Burro" Vanrranqui, etc.🤷‍♀️🙎‍♀️
Selene: 🤣🤣🤣🤣😂😂😂😂😂😂
total 1 replies
Quica Romero
¿Pero cuáles dos vidas?.🧐🤷‍♀️
Si apenas estás viviendo la segunda "según".🤨 "🤷‍♀️"
A no ser que ya tuvieras vivido otra antes de la de la higuera. Y entonces está sería la tercera y ya tendría sentido la frase de " sus dos vidas". 🧐
Selene
🤭
Selene
gracias 🤭
lioness
me dejas con la intriga 😭...
lioness
me está gustando como va la historia 🤭
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