Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 13
Capítulo 13: Se pasó de la raya
Y al fondo del pasillo, Adrián la esperaba.
Valentina caminó hacia él sin bajar la mirada.
El pasillo del piso treinta y dos estaba cubierto por una alfombra gris que apagaba los pasos. Detrás de Adrián, la puerta de la suite presidencial permanecía abierta. No había música, ni invitados, ni testigos útiles. Solo Joaquín quedándose junto al elevador y el hombre que acababa de poner a temblar proveedores de su padre para obligarla a subir.
—Reactive las órdenes —dijo ella antes de saludar.
Adrián la observó de pies a cabeza.
—Ya están reactivadas.
Valentina se detuvo.
—¿Qué?
—En cuanto entraste al elevador.
La rabia le subió más rápido que el alivio.
—Entonces era un teatro.
—Era un mensaje.
—Era coerción.
Joaquín bajó la vista al piso. Adrián no.
—Era efectivo.
Valentina soltó una risa sin humor.
—Qué orgullo debe darle.
—Ninguno.
La respuesta, seca y sin defensa, la descolocó.
Adrián dio un paso hacia ella.
—Te pedí venir.
—Me amenazó con mi familia.
—Sí.
—No se atreva a decirlo como si fuera una cifra en una hoja de cálculo.
Por primera vez, algo duro se movió en su mandíbula.
—No vuelvas a bajar la paleta por Regina.
Valentina parpadeó.
—¿Perdón?
—Querías el collar.
—Eso no le da derecho a comprarlo por mí.
—No lo compré por ti.
—¿No?
—Lo compré porque nadie en esa sala iba a usarlo mejor que tú.
La frase cayó donde no debía.
Valentina apretó el bolso contra el cuerpo.
—No me compre cosas para compensar que se pasó de la raya.
—¿Qué raya?
—La de mi familia. La de mis decisiones. La de mi trabajo. La de todo lo que cree que puede tocar porque tiene dinero suficiente.
Adrián se quedó inmóvil.
Detrás de ella, el elevador se cerró. Joaquín se había ido.
Valentina no supo si sentirse abandonada o agradecida.
Adrián miró algo sobre sus hombros.
—¿De quién es ese saco?
Valentina tardó un segundo en entender. Bajó la vista.
El saco negro no era suyo. En medio del caos de llamadas, un miembro de la fundación panameña se lo había puesto sobre los hombros al verla temblar bajo el aire acondicionado del salón. Ella ni siquiera recordaba su nombre.
—No importa.
—Sí importa.
—No empiece.
—Quítatelo.
Valentina abrió mucho los ojos.
—No.
Adrián extendió la mano.
—Huele a otro hombre.
—Huele a hotel y desesperación. Suéltelo.
Él tomó la solapa y tiró lo justo para que el saco resbalara de sus hombros. Valentina lo atrapó antes de que cayera.
—¡Adrián!
—Eso tampoco te queda.
—No es un vestido, es un saco.
—Peor.
—Está celoso de una prenda prestada.
—Estoy irritado.
—Qué diferencia tan profunda.
Adrián la tomó de la muñeca y la hizo entrar en la suite. No la lastimó, pero la decisión de su mano fue tan rápida que Valentina sintió el calor del enojo mezclarse con algo más peligroso.
—Suéltame.
Él cerró la puerta.
—Dime que quieres irte y te vas.
Valentina lo miró. Esa frase otra vez. La salida abierta en medio de una jaula hecha de poder.
—Quiero que deje de usar mi mundo para traerme al suyo.
Adrián soltó su muñeca.
—Eso no fue lo que pregunté.
Valentina respiró hondo.
Quería irse.
También quería empujarlo.
También quería entender por qué, cuando él se acercaba, el cuerpo le traicionaba todas las convicciones.
—No voy a irme hasta que me prometa que no volverá a tocar los negocios de mi papá por mí.
Adrián bajó la mirada a su boca.
—Negocia incluso furiosa.
—Conteste.
—No los tocaré si vienes cuando te llame.
—Eso no es una promesa. Es chantaje con corbata.
La comisura de su boca se movió.
—Aprendiste rápido.
El teléfono de Valentina vibró dentro del bolso. Lo sacó sin apartar la vista de Adrián, como si él pudiera desaparecer o hacer otra llamada en el segundo en que ella parpadeara.
Era Roberto.
"Ya reactivaron las órdenes. ¿Qué está pasando, Vale?"
El alivio le aflojó las rodillas y la rabia se las volvió a tensar de inmediato. Adrián había detenido el daño tan rápido como lo había provocado. Eso no lo hacía mejor. Solo probaba que todo había dependido de su humor desde el principio.
Valentina apagó la pantalla.
—Mi papá no vuelve a ser parte de esto.
—No si tú no me obligas.
—No se atreva a poner eso sobre mí.
Valentina levantó la mano para empujarlo.
Adrián la atrapó, la llevó contra su pecho y se detuvo a un centímetro de su boca.
No la besó.
Ese segundo fue peor que el beso.
—Dime que no —murmuró.
Valentina sintió el pulso en la garganta.
—No quiero que me compre.
—No estoy comprándote.
—No quiero que me controle.
—Estoy intentando no hacerlo.
—Lo intenta pésimo.
Adrián soltó aire por la nariz. Casi una risa. Casi un fracaso.
Valentina pudo haberse apartado.
No lo hizo.
Entonces él la besó.
Fue el primer beso de verdad.
No un roce en el cuello, no una marca, no una advertencia. Boca contra boca. Calor, presión y un hambre tan contenida que a Valentina se le doblaron los dedos sobre su camisa. Adrián no entró como quien pide permiso, pero sí se detuvo cuando ella dejó de respirar.
—Respira —dijo contra sus labios.
Valentina obedeció por orgullo, no por él.
Error.
El segundo beso fue peor. Más lento. Más claro. Valentina sintió el sabor oscuro de su whisky, el roce de su mano en la cintura, la pared de la suite detrás de su espalda. El saco ajeno cayó al suelo sin que ninguno mirara.
Cuando por fin se separó, ella tenía la boca sensible y la rabia desordenada.
—Se pasó de la raya —susurró.
—Sí.
La aceptación le quitó fuerza a la acusación.
Adrián miró el saco en el piso.
—Báñate.
Valentina se quedó helada.
—¿Qué?
—Báñate. Esa tela huele a él.
—¿Está loco?
—Probablemente.
—No voy a desnudarme en su suite.
—El baño tiene seguro. No voy a entrar.
Valentina no sabía si gritar o reírse.
—¿Me trajo a una suite presidencial para que me bañe?
—También para que dejaras de hacerme enojar.
—Eso no va a pasar con agua caliente.
Adrián fue hacia el clóset, sacó una camisa blanca limpia y la dejó sobre una silla junto a la puerta del baño.
—Tienes diez minutos. Después te llevo abajo.
Valentina miró la camisa.
Miró a Adrián.
Miró el saco culpable en el piso.
El cuerpo entero le ardía como si el beso siguiera ocurriendo. Su cabeza, en cambio, empezaba a imaginar demasiadas cosas para una mujer que acababa de ser enviada a bañarse como castigo de celos.
—Si cree que voy a salir de ahí y... —se interrumpió, horrorizada por su propia imaginación.
Adrián la miró.
Lento.
Luego entendió.
Por primera vez desde que lo conocía, su expresión rozó una diversión abierta.
—Valentina.
—No diga mi nombre así.
—Solo vas a bañarte.
La humillación le subió hasta la raíz del cabello.
—Lo sabía.
—No, no lo sabías.
Ella tomó la camisa y entró al baño con toda la dignidad que pudo rescatar.
Antes de cerrar la puerta, lo escuchó decir:
—Y tira ese saco.
Valentina cerró con seguro.
Apoyó la espalda contra la madera, se cubrió la boca con la mano y soltó una risa muda, desesperada, furiosa.
Adrián Castellán acababa de besarla como si fuera a devorarla.
Y luego la había mandado a bañarse.
excelente
Gracias.