Clara Robles murió la noche en que dio a luz.
El Alpha Adrián De la Vega, el hombre que juró amarla, le arrebató a su cachorro para salvar a Valeria, la falsa hija del linaje Robles. Antes de cerrar los ojos, Clara descubrió la verdad: ella era la verdadera hija de Luna Elena, la heredera de sangre que todos habían dejado sufrir.
Pero la Diosa Luna le dio otra oportunidad.
Al despertar años antes de su tragedia, Clara ya no quiere amor, promesas ni un segundo vínculo impuesto. Quiere salvar a su madre, recuperar su lugar y hacer pagar a Valeria, Mireya y Adrián por todo lo que le quitaron.
Lo que no esperaba era cruzarse con Gael De la Vega, el temido Alpha del Umbral: frío, peligroso, marcado por una maldición de sangre... y unido a ella por un antiguo pacto de luna.
Adrián quiere recuperarla.
Valeria quiere robarle el destino otra vez.
Pero esta vez Clara no será la loba sacrificada.
Esta vez será la Luna que todos debieron temer.
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Capítulo 13
Capítulo 13
Teresa no quiso quedarse más tiempo en el patio.
Después de herir a Elena delante de todos, tomó a Valeria de una mano y a Eugenio, el cachorro de Eugenia, de la otra. Caminó hacia su ala sin mirar atrás, hablando con ellos como si la Luna del linaje principal no existiera.
Elena se quedó quieta.
Inés se acercó en silencio.
—Luna, todavía no encontramos a Clara.
Elena cerró los ojos un instante.
—Sigue buscando. Si alguien la retuvo, quiero saber quién fue.
En el ala de la Matriarca, el aroma era pesado y familiar.
Resina lunar.
La favorita de Teresa.
—Qué olor tan viejo —murmuró la Matriarca al entrar—. Mireya, al menos tú sí tienes memoria.
Mireya sonrió, lista para recibir el mérito.
Pero al cruzar el umbral, todos vieron a Clara arrodillada junto al brasero ritual. Movía una pantalla de palma trenzada para avivar la resina. Alzó la cabeza y apoyó una mano en el piso.
—Clara Robles saluda a la Matriarca Teresa.
El rostro de Teresa se endureció.
—¿Qué haces en mi cuarto?
Valeria no perdió la oportunidad.
—¿Viniste a robar algo de la abuela?
Clara bajó los ojos.
—Anoche, mamá Elena temió que la Matriarca volviera cansada del santuario. Me pidió preparar la resina que a usted le gusta, para que pudiera descansar. Entré sin permiso. Aceptaré el castigo.
Teresa miró a Mireya.
—¿Tú la mandaste?
Mireya abrió la boca, feliz de apropiarse de la intención.
Clara habló antes.
—Fue mamá Elena. No la compañera Mireya.
El aire cambió.
Teresa estudió a Clara. No le gustaba esa niña. Pero la niña estaba arrodillada, dócil, oliendo a resina y a sangre joven contenida. No parecía ladrona. Parecía alguien que sabía dónde colocar cada palabra.
—Levántate.
Clara obedeció despacio.
—Elena —dijo Teresa cuando la vio en la entrada—, ¿por qué no explicaste? Hiciste que juzgara mal a Clara.
Elena no respondió.
Clara inclinó la cabeza.
—Quizá mamá Elena no quiso crear esperanza antes de saber si yo conseguiría la resina. Servir a la Matriarca es voluntad mía. Igual que el Alpha Rodrigo sirve a usted.
El nombre de Rodrigo suavizó a Teresa.
—Tienes lengua dulce. Elena, al menos sabes educar a una niña cuando quieres. Pero no olvides a Valeria. Ella es tu hija principal.
—Lo recordaré —dijo Elena.
Teresa agitó una mano.
—Eugenio y Valeria se quedan. Los demás, fuera. Tanta gente me da dolor de cabeza.
En cuanto salieron, Mireya dejó escapar una risa baja.
—La compañera Robles sí que sabe moverse. Eugenia tiene un hijo. Con eso tiene agarrada a la Matriarca. Hasta llevarla al santuario le salió redondo.
Eugenia, la madre de Eugenio, sonrió sin pelear.
—Yo más bien envidio a Mireya. Siempre cerca del Alpha Rodrigo. Si un día le diera otro cachorro, sería más favorecida que yo.
Elena no escuchó más. Llevó a Clara a su ala.
Cuando cerraron la puerta, Clara se arrodilló.
—Mamá Elena, no se enoje conmigo.
Elena tenía los ojos rojos.
—Sé que no buscas robar afecto. Dime qué pasó. Te pedí que estuvieras en la entrada cuando volviera Teresa. Inés te buscó y no te encontró.
Clara alzó la manga.
En el brazo blanco tenía marcas rojas.
—Alguien cerró mi puerta por fuera. No podía llegar a la entrada. Escalé el muro del patio y fui al ala de la Matriarca. Pensé que, si ella encontraba la resina preparada, quizá no descargaría su enojo sobre usted.
Elena tomó su brazo con cuidado y limpió las marcas con un paño.
—¿Te duele?
—No.
Clara sonrió. Después de la otra vida, ese ardor era nada.
Pero Elena fruncía el ceño como si cada rasguño le doliera a ella.
—Mamá Elena, ¿está triste?
Elena suspiró.
—Valeria y yo estamos cada vez peor. Cuanto más intento acercarme, más la lastimo. Clara, ¿qué debo hacer?
Clara le apretó los dedos.
—Dele lo que le gusta.
Elena soltó una risa amarga.
¿Qué le gustaba a Valeria?
Joyas. Atención. Sangre.
Y Elena casi no tenía dinero.
Se levantó, sacó un envoltorio pesado y se lo entregó a Clara.
—Llévalo a la Casa del Umbral. Es para Gael.
Clara lo tomó. Pesaba demasiado.
—¿Qué es?
Elena sonrió con cansancio.
—El frío empeora el Fuego Negro en su cuerpo. Es remedio.
Clara tocó el cilindro oculto dentro de la tela.
Sus dedos temblaron.
No era remedio.
Era sangre.
Sangre de su madre.
—Iré ahora.
Salió antes de quebrarse. En el corredor, se apoyó contra el muro y resbaló hasta quedar en cuclillas.
Rosa se inclinó a su lado.
—Mi niña, ¿qué pasa?
Clara abrazó el cilindro contra el pecho.
—Nada. Vamos.
La Casa del Umbral quedaba al norte de Obsidiana. Dos calles privadas y un camino de piedra separaban ese territorio del resto de la capital.
En la entrada, los guardias le cerraron el paso.
—No se puede entrar.
Antes de que Clara respondiera, César apareció desde el muro lateral.
Sus ojos se abrieron apenas.
—Clara Robles.
—Vengo por encargo de Luna Elena. Traigo algo importante para Alpha Gael.
César miró el paquete. Entendió.
—Sígame.
Luego se volvió hacia los guardias.
—Cuando ella venga, entra. Sin preguntas.
El territorio del Umbral era amplio, silencioso, demasiado frío. César la llevó hasta un ala interior.
—Espere aquí. Avisaré al Alpha.
Clara pidió a Rosa que se quedara fuera.
Entró.
El despacho olía a madera oscura, copal negro y tinta. No vio a Gael junto a la mesa. Oyó pasos detrás de una cortina.
Se giró demasiado rápido. El lienzo que llevaba en la espalda tiró de ella y la hizo perder el equilibrio.
—¡Ah!
Abrazó el cilindro de sangre y se preparó para el golpe.
Un brazo fuerte la atrapó por la cintura.
Gael la sostuvo contra el borde del escritorio. Su voz bajó junto a su oído.
—¿El suelo de mi casa se movió, o tú siempre entras cayéndote?
Clara sintió el calor subirle al rostro.
—No... no fue eso.
Y como ve, no hizo ninguna de las dos.°~😌~° Y es posible que se enteró que ya se deshizo del "dolor de ovarios" y por eso regresó.🤷♀️😏😅😆😄😉
😈😈
Y no por cachetear a la "cucazorra"sale impoluto de esa cuestión. 😒 Así que no te desquites con la "cucaracha" porque tú también tienes cola que te pisen.🤨🤷♀️😒🙎♀️
👋🤨🖖
¡Ni que fuera perro o "burro sin mecate!.°\/°🙎♀️😒
Elena y Rodrigo
😍😍😍😍